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MURIÓ EL MEJOR ALIADO SUDAMERICANO DEL COLONIALISMO BRITÁNICO EN EL ATLÁNTICO SUR

Publicado el 14 de diciembre de 2006 / Archivado el 30 de enero de 2007

La muerte de Pinochet deja muchas cuentas abiertas. Entre otras, la de su alianza activa con el Reino Unido en contra de la Argentina, en 1982  

 

MURIÓ EL MEJOR ALIADO SUDAMERICANO DEL COLONIALISMO BRITÁNICO EN EL ATLÁNTICO SUR 

Augusto Pinochet no sólo fue un personaje controversial, controvertido y complejo, fue también un hombre que sobrevive a su muerte en la polémica de su trabajo político y de control del Estado chileno. Además con proyección de su influencia en la región, como ejemplo también controversial. Una de sus determinaciones más complejas fue su actitud de aliado neutral, solapado aunque beligerante, con la corona inglesa y en contra de la Argentina durante el conflicto por Malvinas. De esa posición derivaron verdaderos actos de guerra contra su vecino que generaron una cuenta la cual, como otras de Pinochet, aún no ha quedado saldada.  

El  titular  de facto chileno, desde el golpe de septiembre de 1973,   tuvo la oportunidad de rearticular el aparato del Estado con un alto costo social en un comienzo pero con resultados aceptables en el largo plazo, aplicando esquemas de desarrollo tradicionales en cuanto a estímulo a la acumulación de capital, reducción del aparato estatal y desarticulación de los esquemas de contestación social. En ese marco, el reordenamiento buscó sanear el llamado desorden que dejó la pugnacidad política previa, en especial el periodo que encabezó la Unidad Popular contra cuyo gobierno se rebelaron las fuerzas armadas chilenas, bajo su arbitrio. 

Los defensores del régimen han señalado con insistencia que, sin ese proceso, al margen de la democracia,  no hubiese sido posible un retorno racional al juego democrático e, incluso,  que la izquierda “civilizada” llegase, como ha ocurrido, de nuevo a la máxima magistratura del Estado. En el costo social señalado deben incluirse el aplastamiento sistemático de la oposición con violaciones constante de los derechos humanos y crímenes de lesa humanidad que incluyó el secuestro, la desaparición y el asesinato de personas. Pero ese no fue el único precio que se pagó. 

Lo cierto es que el militar aguantó de manera porfiada las casi dos décadas de gobierno de fuerza y dejó una significativa influencia con electorado, dentro y fuera de su país. Él resistió el tour de force  aunque,  la que salió vapuleada y desprestigiada fue la institución militar que le sirvió de  apoyo permanente para acceder y permanecer con las llaves de control del Estado, al margen de la democracia. Ese debilitamiento institucional es uno de los mayores precios que deben pagar quienes atentan contra el estado de derecho.  

 La historia, con pasión o sin ella, deberá balancear si la pacificación y el sacrificio del proceso democrático frente a la estabilización económica que se alcanzó, valían el alto precio de la pérdida de capital y tejido social durante más de tres lustros

De lo que no cabe duda es que fue un jefe de Estado. Para el protocolo no es un horizonte considerar si fue bueno o malo, pues el mundo lo trató en su momento, y más allá de cualquier reserva, con esa condición de dirigente máximo de su país. Por eso, es un grave error de la presidenta  Michele Bachelet llamar a la reconciliación y, al mismo tiempo, negarle los funerales con la altura correspondiente. Era esta una ocasión de oro para comenzar a transitar el camino que aspire a cicatrizar las heridas, por encima del curso de los juicios tanto del derecho como de la posteridad.  

En ese mismo escenario ha sido certero retirar de las filas del Ejército de Chile al capitán Augusto Pinochet Molina, por hacer un discurso político en honor de su abuelo desaparecido. Eso está prohibido para un soldado en mérito a la subordinación debida. Allí se estaba incubando un futuro golpista y dictador.    

 La polémica sobre su figura podría haber sido más vigorosa si no se hubiese destapado el manejo económico por debajo de la mesa de familiares y protegidos del presidente de facto, la acción criminal de los aparatos de inteligencia y el compromiso probable de estos con el asesinato de un expresidente del país. Esto acabó con uno de los mitos que mantenían el prestigio del viejo general y lo blindaban contra el revanchismo político: el de su incorruptibilidad. 

En todo caso, su protagonismo extenso en la dirección de su país generó una  manera  subalterna de bipolarismo, una polaridad de dictadores. En el centro del Caribe, la añeja y gastada figura de Fidel Castro y, en el cono sur del Continente, Augusto Pinochet. Ambos uniformados y ambos concentrando el poder con desdén  y, en cierta medida, con la  proscripción embozada o abierta sobre el desarrollo de una civilidad moderna. 

Los defensores de la gestión del militar desaparecido insisten en que su conducción estratégica le evitó a Chile una guerra desastrosa y de imprevisibles consecuencias y expansión en toda América del sur. La confrontación armada con la Argentina, en 1978, pretendía hacer un ajuste de cuentas de centenarias tensiones y aspiraciones geopolíticas a ambos lados de la Cordillera de Los Andes. 

Las condiciones territoriales de Chile, un país sin retaguardia, aconsejaban no esperar un ataque argentino, tal como estaba planeado para diciembre de ese año y anticiparse, como se hizo con Bolivia y Perú un siglo antes. Contra todo consejo de sus asesores aguardó de manera pertinaz, testaruda,  la intervención de El Vaticano y su mediación, que hizo derivar el seguro enfrentamiento hacia el acuerdo y la paz.

Se jugó en esa apuesta contra la historia todo su capital de estratega militar, que dilapidó cuatro años después con una neutralidad que fue en verdad, según lo indicó años más tarde Margaret Tatcher, una "alianza" activa en contra de su vecino, durante la crisis del Atlántico sur. Ello  mediante un apoyo a Gran Bretaña que fue un verdadero acto de guerra, en nombre de Chile, aún no sellado. Ese respaldo hizo responsable a Santiago de la mayor parte de las pérdidas en vidas de pilotos y material de combate en vuelo de la Fuerza Aérea Argentina. Fue una actividad beligerante que aportó a que la victoria se inclinaria en favor de los ingleses.    

Es una curiosa jugada del destino que, en la señalada bipolaridad ideológica de bajo perfil, una de las puntas del juego haya dejado este mundo hace apenas una semana, mientras la otra ya se está despidiendo (aresprensa.com) 

EL EDITOR 

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