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MURIÓ EL REY "MOMO", EN RÍO

Publicado el 14 de febrero de 2018 // 11.30 horas, en Bogotá D.C.

MURIÓ EL REY “MOMO”, EN RÍO

Vivió pocos días en este febrero, como lo hace desde antaño, y murió como siempre, pero revivirá el año que viene para mostrar de nuevo una de las mayores tradiciones brasileñas: el carnaval de Río de Janeiro. El mayor del mundo y el que atrae más  de un millón de turistas en cada temporada  para dejar la bicoca de más mil millones de dólares para los cariocas, en ese abrir y cerrar de ojos que se presta para los excesos que puedan ser posibles, mientras el cuerpo aguante y la ley lo permita. Todo esto en una ciudad tan atribulada como el resto del Brasil por la inquietud social creciente  y los problemas que impactan a la sociedad del país más extenso de Sudamérica. Pero Río, cualquiera  que sea el nivel de sus  tribulaciones, no se resignaría a perder o atenuar algo de intensidad en la celebración icónica de su cultura. Para eso es la “cidade maravilhosa” que supo ser capital del imperio lusitano y jamás se resignó a perder su sitial de gran metrópoli de una nación que siempre aspira a ser mucho más y tiene potencial para ello.

En este año la actualidad de todo aquello que mella el  ánimo de los habitantes de Río, los turistas que llegan, y lo que es tendencia en el mundo, fue mostrado por las distintas comparsas y “escolas do samba” que son el  corazón de esta celebración. Algunos de los “blocos” -como también se les llama a las asociaciones que conforman cada unidad de presentación para los  desfiles, en las ruas diferentes al Sambódromo, que trabajan a veces todo el año para llegar bien puestos al fugaz jolgorio- tomaron para los disfraces y el lenguaje de conjunto de los festejos esos temas que están presentes en ánimo y consideración de los ciudadanos. La corrupción de la política local, la inseguridad que horada la confianza pública, los temas de género y el asalto al pudor, el empoderamiento femenino y los riesgos que atenazan al mundo estuvieron allí, a la vista de todos, deformados, satirizados y convertidos en ironía durante los días de jolgorio desmedido que hace que cada carnaval de Río valga la pena ser vivido.

Es por eso que tantos brasileños como extranjeros disfrutan de esos días con los desfiles y con todo lo que les permitan las circunstancias de fugacidad y oportunidad en la permisiva celebración. Es por ello que las autoridades municipales distribuyen de manera gratuita más de cien millones de profilácticos en las jornadas previas a la apertura del carnaval carioca y, como es obvio, para prevenir consecuencias indeseadas en los cruces de euforia que se dan en la ciudad durante los días de exaltación pagana. Porque nadie puede poner en duda durante este lapso que “la carne vale”. La tradición exalta la libertad sin límites y es lícito hasta cierto punto que todos los sentidos se pongan en sintonía con lo más fuerte de los instintos y en desmedro o puesta en segundo plano, de una racionalidad que le ponga estancos a la pasión, si se quiere, desenfrenada. Ese “todo está permitido” en carnaval tan solo tiene el freno de aquello que disponga la autoridad o que cada quien en su individualidad esté dispuesto a limitar.

El propio alcalde -prefeito- de Río debió dar marcha atrás con su actitud limitante del carnaval local, que se puso de manifiesto de manera vertical el año pasado, y en este 2018 inauguró los festejos con menores restricciones de ánimo, entregando las llaves de apertura de la gran fiesta, el viernes pasado. En 2017 Marcelo Crivella, el máximo responsable de la urbe que tiene al  Pão de Açucar y al Corcovado como emblemas máximos de su geografía, le había restado una buena parte del presupuesto municipal a su mayor fiesta y tradición. La abierta oposición de las participantes y organizadores del carnaval carioca pusieron el grito en el cielo y el resto de la ciudadanía hizo coro con el rechazo generalizado. Eso hizo recular al alcalde, quien fue obispo de una de las principales congregaciones evangélicas del país, la cual considera al carnaval como una “festividad  diabólica”, coherente con los principios de los protestantes noreuropeos.

Es en efecto la evocación pagana una de las fortalezas del carnaval y en ella se ponen en juego y tensión la condición “apolínea” y “dionisíaca” de la cultura occidental, dentro de las categorías que plantea Friedrich Nietzche, en su obra “El Origen de la tragedia”. Entre la posición de Crivella y la pugnacidad de quienes defienden el carnaval pervive la sanción que impone el cristianismo al espíritu de la tradición grecolatina en sus desfogues anuales. Las prohibiciones a lo “pagano” como pecado que se impuso desde que el cristianismo tomó cartón de oficialidad en el imperio romano, llegó hasta las olimpiadas, que quedaron canceladas por pecaminosas hacia fines del año 300 de la era en la que aún se  contabiliza el tiempo occidental. Pero así como renacieron los juegos olímpicos también pervivió el espíritu del carnaval por encima del tiempo y con el hedonismo griego como un bien y una ética legítima del buen vivir y de lo lícito del goce,  según lo que se supone que escribió Epicuro. Crivella justificó su paso atrás en la voluntad tardía de “no perjudicar la fiesta”.

En el miércoles de ceniza quedan para la historia que, en este 2018, los recuerdos de una escuela de samba como Mangueira, que tomó como eje temático las restricciones de Crivella y desfiló bajo el lema “Con dinero o sin dinero, disfruto del carnaval” y el estribillo de marcha “pecado es no disfrutar”. El director de esa escola, LeandroVieira, afirmó: “un evangélico puede pensar que el carnaval es fiesta del diablo, pero no el alcalde de Río”. Los desfiles de la avenida Marques de Sapucaí abordaron como temas los tiempos difíciles en las finanzas de la ciudad, la pugnacidad política y el recurrente de la corrupción de los políticos y de los empresarios. También en alusión a la corrupción una de las escolas más famosas, Beija Flor, se engalanó con representaciones de Frankenstein para aludir al fenómeno de  los corruptos como el carnaval de los monstruos. Otra representación semejante fue la de Paraíso de Tuiutí que, con el vampiro como emblema, personificó al actual presidente Michel Temer, quien impuso severas reformas económicas y de recortes, considerados “neoliberales”. Así se castigó en el carnaval de Río a los dirigentes del Brasil actual (aresprensa).   

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VÍNCULO DIRECTO: MISTERIOS DE GUATEMALA  
Actualizado: martes 20 febrero 2018 10:26
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