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OSCAR 90, IMPUGNACIÓN AL BUEN CINE

Publicado el 06 de marzo de 2018 // 16.00 horas, en Bogotá D.C.

OSCAR 90, IMPUGNACIÓN AL BUEN CINE

Fue el triunfo de lo inesperado, o al menos de lo aceptado con dificultad.  El galardón máximo entregado por la Academia a “La Forma del agua”, del director mexicano Guillermo del Toro, como mejor película; además de la chilena “Una Mujer fantástica”, de Sebastián Lelio -en tanto película galardonada en el rubro de filme en lengua distinta a la inglesa- es un motivo de orgullo sobresaliente no obstante que relativo para la filmografía de esta región del mundo, habitada por los iberoamericanos. Eso es así, pero permanecen las dudas sobre las motivaciones ciertas de estos premios de la edición 90 del Oscar, que parecen más bien dar satisfacción a razones de coyuntura y tendencias de circunstancia más que a la calidad cinematográfica. Las lógicas de Hollywood han sido descentradas en varios momentos de su historia y esas circunstancias no lineales que determinan el premiar a la producción universal del año anterior, dejan incomodidades difíciles de resolver, como a veces ha sucedido también y por ejemplo, con el Nobel de literatura o el de la Paz. Esto es lo que ha pasado con estas entregas de premios 2018, que debieron lucir más de lo acostumbrado por la cota  del aniversario que se aproxima al centenario -apenas falta una década- de celebraciones anuales en el principal centro de producción fílmica del mundo.

Dos días después de conocida la lista de  ganadores no son pocos los que consideran que la película del director azteca fue un premio que cedió a las corrientes que alientan los  temas de género y de reclamo de minorías, aunque menos en lo que hace al mérito del séptimo arte, como arte. Porque es difícil imaginar que merezca un máximo premio esa mezcla  reforzada de realismo fantástico, que es la trama  de la obra galardonada, y de castigo simbólico a la discriminación recurrente de una parte importante de los norteamericanos hacia sus minorías. Sobre todo, resulta siempre dudoso  que se distinga en forma de premio el rechazo social que provoca aquello que ellos -esa parte de los norteamericanos- consideran inferior y que ese discurso aparezca como un pasaporte válido para que un pastiche mayúsculo gane el Oscar a la mejor película. Eso, un pastiche, es en realidad la película de Guillermo del Toro y de su rebuscado argumento, que tiene más de absurdo bien intencionado que de un desborde de creatividad argumental. Todo esto sin desconocer las actuaciones magistrales de Sally Hawkins y Olivia Spencer.

Es una lástima que el razonable rechazo a las posiciones del presidente Donald Trump les permita a los electores de la Academia justificar ese culebrón telenovelero del rococó mexicano que es “La Forma del agua”. Una mezcla burda entre la recordada “Avatar” y una revolcada al cuento infantil de Blanca Nieves, que evocando un beso del príncipe ahora bestial y pez de agua dulce, no despierta a la princesa pero la hace hablar. El bodrio del realizador azteca que empezó bien con su carrera hacia el Oscar y cosechó varios premios previos ya antes de la gala californiana, había comenzado a adelgazarse en su marcha hacia la velada máxima. En Londres, durante el Bafta, en esa  fría víspera del tercer domingo de febrero, esta película que prometía más no ganó tanto como se esperaba en los pronósticos, por la simple razón de que no podía ser: “La Forma del agua” de Guillermo del Toro salió en aquel último paso previo bastante mal, aunque se hubiese impuesto en buena parte de los dichos de los augures de oficio para los grandes certámenes.

No fue tan grande lo que recogió la película del director hispano en aquel Bafta londinense: apenas se alzó con el galardón principal como timonel del trabajo, pero hasta ahí no más fue, porque su filme tan solo se llevó  otros dos premios secundarios. Fue un corto paso, casi una justa trastabillada ese tránsito desde el Bafta hacia  las doradas estatuillas, las cuales hace  casi un siglo se inventaron para reacomodar la mala fama que cargaba Hollywood en sus primeros años, por lo disoluto de unas costumbres entre protagonistas de la industria, que provocaban escándalo y condena en la para entonces pacata sociedad norteamericana. El largo recorrido no pierde su encanto, más allá de las demoledoras críticas que siguen y se dirigen de manera mecánica a la meca mundial de la industria. En efecto, en esta ocasión se siguen produciendo escándalos internos, como en los primeros tiempos, y sin embargo los más recientes pasaron ahora de agache, para continuar con los oportunos golpes a la otra mala fama que son las políticas de Washington.

SEBASTIÁN LELIO

La injusticia en el otorgamiento de los premios, con base en las condiciones de contexto, ha sido una constante en los tiempos recientes y es por eso que no debería asombrar de mala manera el que hayan quedado frustradas unas obras superiores, sin discusión, a la que resultó ganadora en esta edición 90 de los Oscar. Ahí quedaron por el camino del desencanto y sepultadas por el novelón de factura con irrealidad mágica, trabajos de mérito absoluto como han sido, por ejemplo, “The Post” o “Three Billboards outside...”, por mencionar solo a dos de las nominadas. En ese orden ganaron el año pasado y en el 2014, películas que fueron homenajes a la migración afrodescendiente de los Estados Unidos y a sus problemas pasados y vigentes, porque era lo políticamente correcto incluso antes de la llegada de Donald Trump y su racismo, apenas simulado. Ahora sucede esto de 2018, cuando se trata de dar un estímulo  a los dreamers, que están en la mira de la administración y se pretende, además, castigar a los excesos de la ciencia así como a aquellos que acompañan al presidente haciendo ocaso omiso al cuidado del medio ambiente y los recursos naturales.

El discurso bien pensante se ha vuelto reiterativo hasta el cansancio en estas premiaciones de la Academia y en sus adormecedoras veladas. Algo parecido, aunque no tanto como para el escepticismo absoluto que deja  como sensación el premio a mejor película y mejor director, debe decirse de la película chilena “Una Mujer fantástica”. Al margen de su título, que podría sonar equívoco para el prejuicioso, esta realización produce una mejor impresión aunque haya dudas en lo que hace a su mérito concreto para alcanzar el título de mejor película producida en lengua no inglesa. El director del filme, Sebastián Lelio, hizo también su apuesta por los derechos de las minorías de género y se cuelga de la oportunidad que en ese sentido le brinda la tendencia social vigente, que es casi universal. Una apuesta que ha sido exitosa para este cineasta nacido en Mendoza, Argentina, y que le permitió a Chile en su segunda llegada histórica al lote de nominados, llevarse la dorada estatuilla. La vez anterior fue hace poco, en 2012, con el protagonismo de Gael García Bernal y la recordada “No” que trajo al presente la derrota de Augusto Pinochet, en la intención de perpetuar su propuesta política en el final de los años 80 (aresprensa).

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VÍNCULO DIRECTOETERNO RAFAEL
Actualizado: martes 06 marzo 2018 15:25
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