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OTRA VEZ FRIDA EN CINE

PATRIMONIOS CULTURALES  //  CINE  //  ARTES VISUALES  //  Publicado el 27 de noviembre de 2019  // 15.45 horas, en Bogotá D.C.

 

 

OTRA VEZ FRIDA EN CINE

 

La pintora mexicana se ha convertido en una leyenda viva más de medio siglo después de su muerte y de una vida atormentada por su condición física, su lucha por un reconocimiento que llegó tardío y una condición personal de conflictos que nunca se resolvieron. Vuelve al cine y no es la primera vez. Su vida ya había sido retratada por Salma Hayek, pero si así no hubiese sido igual el crecimiento de su figura post mortem hubiese seguido teniendo un primer plano de visibilidad, no solo por haber sido la mujer de Diego Rivera, el más grande artista plástico entre los mexicanos durante la primera mitad del siglo XX. El nuevo trabajo fílmico que retrata la figura y saga de la creadora es un documental que focaliza y subraya en particular los conflictos ya indicados, que soportó Frida Kahlo sin descanso y con una resistencia y determinación que jamás amainó hasta el epílogo de su existencia golpeada. No es novedad esto de los artistas con traumatismos a lo largo del ciclo vital y creativo; es más, eso le agrega un condimento especial o se convierte en un legado que, sin duda, aporta desde lo negativo al reconocimiento de los contemporáneos y de quienes les sobreviven. ¿Quién no recuerda a los “malditos” poetas franceses en lista con nombres como Rimbaud o Baudelaire?; sin duda nadie los ha sepultado más de un siglo después de su paso por el mundo.

 

La cámara y el relato fílmico recorren dos de los museos de su país natal, los que guardan en objetos la memoria y donde Kahlo pasó la mayor de su vida, salvo los dos lapsos en que se trasladó a los Estados Unidos, acompañando a su marido. El trabajo fue dirigido por el italiano Giovanni Troilo, bien conocido por realizaciones sobre la vida de grandes artistas. Entre ellos, El Jardin secreto de monet. Participan también la actriz Asia Argento y la sobrina nieta de la pintora, Cristina Kahlo. Esta última como referente de la artista, en tanto que Argento como relatora en pantalla de la saga. El relato arranca desde una infancia en el México profundo, que la hizo testigo como niña de los vaivenes de la revolución mexicana, hecho histórico que le marcó por primera vez la vida y la determinó en términos ideológicos. Ese soporte de visión anclado en la cultura rural e indígena se articuló después con una vivencia intensa en la capital del país, aún agitado por las consecuencias de los hechos revolucionarios y las transformaciones que generaron en la sociedad mexicana, hasta bien entrado el siglo pasado. 

Aquella violencia idealizada incluía la estela que nimbaba por la época lo ocurrido en la Rusia que había dejado de ser un imperio zarista para convertirse en Unión Soviética. Después sobreviene el accidente callejero que la invalida de por vida, aunque siguió caminando con el auxilio de aparatos y prótesis, con otra marca que estaba más allá de las dificultades para moverse por sus medios. Eso fue la imposibilidad para ser madre, algo que pudo intuir pero de lo que no tenía certeza afirmada hasta su matrimonio con Diego Rivera, el sol de México por aquel entonces en el campo de la pintura. El gran muralista azteca de la primera mitad del siglo XX era un comunista convencido y militante, tanto como lo fue en paralelo y por migración ideológica, esa compañera de ruta que fue en estos planos de la vida pública su mujer, Frida Kahlo. En esos vaivenes del andar ideológico construyeron una fuerte amistad con el exiliado León Trotsky y eso no excluyó a ambos cónyuges de quedar bajo sospecha de complicidad en el asesinato del líder soviético, todo hace suponer que ordenado por Josef Stalin. 

El amplio prestigio de Rivera como artista trascendía las fronteras de aquel México entre moderno y vanguardista tanto como como bárbaro explícito o larvado, una de cuyas muestras había sida la reciente revolución. Eso llevó a los cónyuges a residir en los Estados Unidos, donde Nelson Rockefeller se convirtió en su mecenas. Kahlo detestaba esa vida también profunda en lo urbano pero distante del México rural que ella añoraba y evocaba en una parte de sus pinturas, aun cuando era opacada en su trabajo por el gigantismo de la sombra que proyectaba el reconocimiento al marido célebre. Eso y los abultados cheques en dólar que embolsillaba Rivera, justificaban y hacían tolerable la presencia en el seno de una sociedad industrial, que ellos impugnaban tanto como a las luces del éxito capitalista. Allí tuvo uno de los embarazos frustrados que como tajo moral y emocional quedaron reflejados en sus pinturas. También se maceró en ese caldo uno de los dos divorcios que tuvo con Diego Rivera, en un vida marital acezada por las infidelidades de lado y lado, entre otros traumatismos. 

El segundo pacto matrimonial se convino ya en la etapa crepuscular de la vida de Kahlo, quien se fue del mundo antes que Rivera y cuando ya su fama que había crecido de forma autónoma, comenzaba desbordarla. No pudo disfrutarla por mucho tiempo, pero fue testigo de aquello que había realizado durante largos años acompañando la gloria que se tributaba a su esposo. Aquellos cuadros entre barrocos y surrelistas en los que Kahlo figura como tema central, cargando con sus dramas vitales, no excluyeron el imaginario entre fatalista y festivo de aquel México al que la artista siempre rindió homenaje y que era razón de su orgullo. Una simbiosis entre tosudez alemana y lo recóndito tanto como a veces festivo de la mentalidad indígena, de lo cual Kahlo jamás renegó y fue por el contrario parte de su actitud afirmativa en permanente rebeldía. Incluso en sus maneras cotidianas de vestir y a contrapelo de toda crítica, las tradiciones de su país fueron un estandarte a mostrar. Aquellas piezas hoy de museo se muestran en el documental. 

Aquella imagen femenina de cejas bien marcadas y contorno florido, propio del folclorismo tropical mexicano, se mezcla con el drama personal extenso a lo largo de su devenir personal que sobrevive a su propia tragedia, hasta el presente. El conjunto queda a la vista de todos, tanto en el filme como en los museos que son base del relato: el Frida Kahlo en la Casa Azul del D.F., y el Anahuacalli, en la residencia que mando a construir Rivera. El guión se complementa con los testimonios de la fotógrafa Graciela Iturbide y la bailarina Laura Vargas. La música que ambienta el recorrido visual es de Remo Anzovino. Eso es “Frida Kahlo. Viva la vida”, en la nueva experiencia cinematográfica. El título del trabajo reproduce la leyenda escrita en uno de los cuadros postreros que produjo la artista antes de morir, en 1954. La cinta será vista en las principales salas de Cinecolombia, a lo largo del país cafetero, entre el 28 de noviembre y el primero de diciembre. Aún está presente en la memoria la labor interpretativa de Salma Hayek en el papel de Frida, hace casi dos décadas.  Esto otro es bien diferente (aresprensa).

Actualizado: miércoles 27 noviembre 2019 15:18
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