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PARAGUAY: CRISIS CON RIESGO DE CONTAGIO

Publicado el 05 de julio de 2012 // 17.16 horas, en Bogotá D.C.

PARAGUAY: CRISIS CON RIESGO DE CONTAGIO *

El presidente Fernando Lugo no manejaba los poderes del Estado de su pequeño país, entrañable para los sudamericanos. No era difícil entonces acelerar una salida que, en el proceso, incluye un factor que no debiera contar en las democracias serias: su cuestionada vida personal y privada. De lo que no cabe duda es que para precipitar el marginamiento del mandatario guaraní se salvaron en buena medida las formalidades democráticas, al menos en eso que se asemeja a una institucionalidad y que en el Paraguay no ha terminado de consolidarse además de estar siempre en riesgo, tal como acaba de verse. Aunque también es cierto que no todas las formalidades se respetaron y que, en la suma, es verdad que sus posibilidades de defensa estuvieron limitadas, al tiempo que es tangible que no hubo casi resistencia del inculpado para acatar el fallo de los legisladores. No al menos en el momento crucial, ya después tuvo menos validez acompañar en coro a la prodigalidad verbal de sus amigos y vecinos de patio.   

En ese plano, la histeria de algunos gobiernos sudamericanos y el señalamiento de un complot extenso con oscuras motivaciones, pierde sustento. Más bien, la protesta de algunos de esos gobiernos se asemeja a un enojo militante frente a un imprevisto traspié, con las acusaciones de pancarta de siempre, las cuales en realidad se entienden como un cuestionamiento a los procesos internos del Paraguay. Algo impensable si se respetase la norma tácita y tradicional de que la manera como cada país maneja sus cosas, es de su propia incumbencia. 

Pero ya se sabe que los militantes no respetan soberanías tal como tampoco lo hacen los estados dictatoriales en la simetría de éstos con los primeros, en parte porque el concepto de soberanía se asimila a lo que desde las riberas del maximalismo ideológico se denomina “democracia burguesa”. La descalificación implícita le hace suponer al desvarío militante que la simple descalificación otorga patente de corso para meterse en la cocina de los países que desafían a los “revolucionarios” de viejo y nuevo cuño, que en realidad es el mismo, incluso en el siglo XXI.  

En ese sentido la denuncia paraguaya al gobierno venezolano y la expulsión de su embajador en Asunción son parte de una tela que recién comienza a cortarse. A lo anterior debe sumarse que una exclusión del vigente gobierno paraguayo tanto del Mercosur como de la Unasur aparece como ilegítima, además de arbitraria y “patotera”, conducta esta última frecuente de la llamada militancia política que, en función y razón de Estado se torna cuando menos, impresentable.  

La pericia política del elefante en la cristalería está vaciando ahora de legitimidad a esas dos intenciones de unidad en Sudamérica y las está ideologizando para convertirlas en inviables, más allá de los discursos de “unidad” que se les conocen tanto en el llano como en función de gobierno. ¿Terminarán ahora estos dos bloques sudamericanos visitando al dictador sirio y dando aliento al baño de sangre que se propicia y amplía en Medio Oriente?  

Alguna vez dijo Borges sobre los militantes, para la época de esa expresión borgiana enfocada a la militancia peronista: “no son buenos ni malos, son incorregibles”. Eso parece demostrar, en sus andanzas, el canciller Nicolás Maduro por el presunto llamado a los hombres de los cuarteles paraguayos para que impidiesen la salida de su cargo del presidente Lugo. Reniegan ellos, los incorregibles, de lo que suponen son intromisiones en la política interna venezolana y están siempre alertas al respecto, con menos razones que paranoia, pero no dudan en meterse en los asuntos internos de los otros y siempre suponen que esa intervención a despecho de las lógicas del derecho y el sentido común, son “una exigencia justa” de su colorida visión mesiánica. 

Al respecto no debería olvidarse que el denostado Plan Cóndor de las igualmente denostadas administraciones militares del Cono Sur, en los años 70, estuvo precedido por la alianza de los distintos grupos irregulares de Argentina y Uruguay, en conjunción con los embrionarios movimientos armados ilegales de Chile, Bolivia y el Perú. Algo que no desconocen las FARC y el ELN de Colombia, pero sí desconocen con intencionada desmemoria aquéllos que desempolvan la ficta gloria de los movimientos subversivos de los años 70 y 80.  

En esa lógica perversa es legítimo que aquello que en su momento fue llamado “internacionalismo proletario” extienda la violencia de los grupos armados al margen de la ley a cualquiera y a todas las sociedades posibles, pero no lo es el que los estados unifiquen sus esfuerzos para combatirlos. Bonita ecuación de esa alambicada y termocéfala visión de mundo para parece extenderse hoy en la América Latina. 

En realidad Lugo llevaba el curso de su administración con más prudencia que el derrotero maximalista de colegas como Cristina Fernández, Rafael Correa o Hugo Chávez.  Su trabajo al frente del gobierno de Asunción se acercaba a posiciones de mayor prudencia y manejo cauteloso de las crisis, con discursos moderados más próximos a los de Montevideo o Brasilia. La situación desbordada del control policial sobre un grupo de exaltados campesinos reclamantes, que produjo la muerte de 17 personas en los días previos a su defenestración del cargo, parece una gota que rebalsa las condiciones de manejo interno más que un oscuro complot internacional, tal como pretenden ver los impugnadores de lo sucedido en Asunción.  

Es claro que la respuesta, esa sí desbordada, de algunos de los vecinos sudamericanos y de lo que se presume es un golpe a la Unasur y al más serio y consolidado Mercosur, no ha contribuido para mantener el equilibrio en un subcontinente que aún ve con cierta aprensión la evolución de los procesos democráticos que siguieron a los gobiernos militares, hace ya más de veinte años. El no reconocimiento de la continuidad institucional, tal como lo establece el marco jurídico institucional paraguayo, dice más de los cuestionadores al proceso interno de ese país que de la propia crisis guaraní. De inmediato, esos consuetudinarios impugnadores han alertado sobre potenciales amenazas a sus propios procesos internos y a la presunción de maniobras golpistas desde las hegemonías mundiales.  

En realidad, a lo que se deberían prestar atención estos hirsutos críticos  de micrófono y cámara de televisión, es a los recortes de libertades fundamentales y restricciones o bloqueos a la expansión y consolidación de las democracias reales y de las mentalidades que son propicias a su modelamiento en el subcontinente. Porque nada es menos democrático que la cooptación a los distintos poderes del Estado, la persecución sistemática a medios de comunicación o el recorte al uso de los recursos propios e individuales a través de los “cepos” y nuevos “corralitos”.  

Ese es el fenómeno antidemocrático concreto que hoy viven ciertos países de la región, con medidas restrictivas incluso sobre los fondos en moneda extranjera y el avance totalitario sobre el manejo individual de las cuentas familiares, en lista parcial de lo que como negación de la democracia se está desarrollando en más de una de las sociedades cuyos mandatarios ven ahora con escándalo lo que ocurrió en Paraguay.  

Más bien, lo que debería mirarse con cuidado es esa creciente movilización social y sindical o los cacerolazos que, en ambos casos, son expresión de la inconformidad y protesta directa del ciudadano, que cree más en su compleja realidad de a pie que en el inflamado discurso de lo que, se presume, es una revolución mentirosa. Esos sí son hechos que dan pistas sobre el errático y peligroso rumbo esos “revolucionarios” del presente que olvidan las lecciones del reciente pasado. Deberían entonces poner sus barbas en remojo y prestar más atención a la disconformidad del por ahora paciente ciudadano que les llama la atención porque su manejo del Estado no es el más adecuado (aresprensa). 

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* La columna Doxa expone la posición editorial de la Agencia de Prensa ARES.  

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