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PATAGONIA AMENAZADA

Publicado el 22 de septiembre de 2017 // 12.30 horas, en Bogotá D.C.

PATAGONIA AMENAZADA

Las acciones violentas autoasignadas  por grupos que se reconocen como de resistencia mapuche en el oeste de  la Patagonia argentina y que operan bajo la sigla de “RAM”, expandieron sus ofensiva al propio centro de Buenos Aires, pocos días antes del comienzo de las definiciones electorales de medio término, en el pasado agosto de 2017. El asedio golpea la credibilidad y la gobernabilidad de la administración de Mauricio Macri y desafía en discurso y acción al estado argentino, aunque también al chileno donde la violencia de estos grupos es más fuerte y recurrente. El primer país, Argentina, sufre golpes de coyuntura pero ambas repúblicas son desafiadas en términos macro por esta rediviva impugnación, ahora con dos caras: reedita la añeja resistencia de esos pueblos patagónicos a lo que consideran extraño e invasor, al tiempo que retorna la  inestabilidad a un territorio que siempre fue visto con apetencia desde fuera del continente americano.

Escribe: Néstor DÍAZ VIDELA

Aparece como anacrónico el reclamo de Facundo Jones Huala, actualmente preso en Bariloche, en su desconocimiento de los estados, tanto chileno como argentino, y el llamado de este sujeto a acudir  a “todas las formas de lucha” para establecer una nación araucana, o mapuche, en toda la extensión de la Patagonia Argentina, al sur del río Colorado, que incluso alcanza a parte de la barriga de la provincia de Buenos Aires.  Una extensión que cubre nada menos que 5 provincias y unos 2 millones de kilómetros cuadrados, sólo del lado argentino. Agregado a esto también se hace el reclamo del territorio que pertenece a Chile, al sur del río Bío bío, emblemático curso de agua al otro lado de la cordillera como territorio que fue límite de confrontación histórica tanto con los incas, como después con españoles y republicanos. Acceder a esas exigencias sería como retrotraer las  fronteras argentinas a los albores de su surgimiento como nación en 1816. En tanto que, según el delirio del libertador “lonco” * del neomapuchismo, se le agregarían otros kilómetros cuadrados que corresponderían al sur de la ciudad chilena de Chillán, hasta más allá del Estrecho de Magallanes.

Por ahora los libertarios de la reivindicación, ancestral en el supuesto, acuden al ataque terrorista  de puestos de “estancias” -fincas y haciendas- al tiempo que en oficinas públicas, de las provincias de Chubut, Neuquén y Río Negro -también en la capital argentina-  además del hostigamiento a propietarios, autoridades y simples turistas. Los asesinatos ya empezaron. Además, los impugnadores tienen el apoyo de militantes anarquistas extremos del grupo Quebracho, entre otros, operativos en el ataque a la sede de la Casa del Chubut, en pleno centro de Buenos Aires. En lo que hace a asesinatos, entre ellos el de un policía de origen mapuche en la provincia de Río Negro se pregona como amenaza latente que esto es parte de la lucha reivindicativa.  Estos otros mapuches de última hora con discurso de “ación directa” leninista y de evocación marxista ortodoxa -cercano al estalinismo cerrero- aunque más parecida a las formas operativas del fascismo musoliniano, pretenden recoger también la leyenda de aquellos caciques chilenos que resistieron primero al español y después a las repúblicas que fundaron San Martín y O´Higgins.

Se consideran herederos de Colo-Colo, Caupolicán y Lautaro, que en su tiempo impidieron la consolidación del imperio español al sur de Chillán, cuando destruyeron ciudades como Concepción y que, en definitiva nunca fueron asimilados a plenitud por la hegemonía de Santiago, -en el lado oriental de la nevada montaña- hasta bien avanzado el siglo XIX y con grandes traumatismos para afirmar soberanía. En un marco histórico más reciente, Chile y  la Argentina estuvieron a punto de ir a la guerra en varias  ocasiones por esa geografía. La última vez fue no hace mucho tiempo: apenas en 1978 se produjo el último conato de enfrentamiento disuelto por la intervención del Papa Juan Pablo II. Fueron al menos 4 amenazas  de  choque fratricida por la jurisdicción sobre la Patagonia, entre dos países que construyeron juntos su acervo de herencia hispana.

Ambos países se demoraron medio siglo más más allá del tiempo de independecia en incluir los territorios del sur como propios, en la confrontación con los pueblos originarios y las amenazas de los otros, los de ambiciones e intereses mundiales. Uno de  ellos Francia de manera indirecta, el otro, Gran Bretaña, desde su base estratégica en las Islas Malvinas. Pero no han  sido ni son los únicos riesgos extracontinentales sobre el inmenso territorio, ni han perdido vigencia sobre ese espacio geopolítico cuyas costas son bañadas por ambos océanos y tiene la llave del paso alterno a Panamá, al tiempo que se proyectan con presencia nada menos que sobre la Antártida. Esos elementos  conforman un simple detalle de lo que se cierne sobre la Patagonia y, como amenaza permanente, baste recordar que en después del caso Alfred Dreyfus en esa Francia que fue derrotada por el naciente Reich alemán -el segundo antes de Adolfo Hitler- Theodor Herzl, dirigente judío fundador del movimiento hebreo conocido como “sionismo”, escribió el libro “El Estado judío”.

Allí se señala a esa región del fin del mundo donde aún por entonces se escamoteaban soberanía chilenos y argentinos enfrentados a los indígenas, como una posibilidad viable para la fundación del anhelado nuevo país irredento de esa comunidad mundial entonces errante. Pueblo que en definitiva alcanzó  en 1948 su anhelo en el Medio Oriente y, hasta hoy, no tuvo  un día de paz integral con sus vecinos.  Agregado a lo anterior en 1860 un francés, Orélie Antoine de Tounens, se proclamó desde la zona austral chilena como “rey” de la Patagonia y reclamó con cierto éxito el apoyo de los mapuches que estaban bajo jurisdicción de Santiago, cruzó la cordillera y reclamó el favor similar de los tehuelches que eran nómades y milenarios pobladores del espacio disputado, con favorabilidad menor y también con relativa menor pugnacidad frente a la hegemonía de Buenos Aires, que ya expandía por entonces su estrategia manifiesta de ocupar el amplio territorio desértico entre la cordillera y el mar.  

También algunos de los galeses que colonizaron el valle del río Chubut, en 1865, pidieron al gobierno británico de Malvinas, ocupar el espacio que ellos colonizaban en nombre del gobierno argentino.  Fue Julio Argentino Roca quien avanzó con el ejército que envió Buenos Aires sobre el reclamado “desierto” y logró someter de manera definitiva a los grupos de indígenas que resistían con distinto impulso, desde antes de  1810. Las administraciones porteñas, desde la independencia, siempre trataron de avanzar sobre el aquel espacio habitado por indígenas en resistencia. Lo hicieron con las armas y también por la vía de la negociación contingente con distinta fortuna hasta el avance estratégico de Roca, quien aprovechó la guerra que Chile sostenía en el norte con Perú y Bolivia para imponer la soberanía argentina desde la frontera sobre la cordillera hasta la costa del Atlántico y desde el sur de Buenos Aires y Mendoza hasta el cabo de Hornos, en Tierra del Fuego.   

Así, la Argentina compensó en parte las pérdidas territoriales que sufrió durante la independencia. Siempre se vio con desconfianza desde la capital argentina la eventual fidelidad de los indígenas a la bandera celeste y blanca, aparte de la que tenían con ellos mismos. En realidad existía desde tiempos remotos una conexión de esos pueblos con Chile, con el paso de los mapuches desde la disputada zona chilena del Arauco hacia la otra vertiente de la montaña. Las correrías del caudillo santiaguino José Miguel Carrera en alianza con los indígenas del sur argentino y en paso de batalla hacia Chile para disputar a  O´Higgins y San Martín la marcha de la guerra contra el rey  dejaron una marca| indeleble en el recién formado imaginario de los argentinos. Varias décadas después la presencia del cacique chileno Calfucurá acaudillando la resistencia y el ataque contra propiedades y ciudades en la “frontera con el desierto”, reforzaban la desconfianza de Buenos Aires sobre las reales intenciones de esos naturales en lo que hace a lealtad a un pabellón republicano.

Esa disputa terminó por afirmar el imaginario de desconfianza a unos pueblos a los que se sospechaban partidarios de Chile. La “limpieza” que hizo Roca en el territorio patagónico también tenía el motor de un rechazo vertical a esa parcialidad imaginada. La llamada Conquista del Desierto -así se llamó al despliegue realizado por el jefe militar argentino -que después fue presidente del país- no tuviese concesiones y se produjera con marcada discriminación “civilizatoria”. Eso es parte de la historia austral pero nada puede llevar a pensar que un siglo y medio después pudiese ser posible hacer reclamos por vía violenta para instigar a la secesión con intención fundacional de un remedo de estado que retroceda a una presunta pureza de las costumbres, a la oralidad, usos religiosos y estructura de clanes -o linajes como les llaman ellos- en reminiscencia tribal, que podría llevar a poner de nuevo sobre la mesa y de forma manifiesta los apetitos extracontinentales, como bien podría sospecharse.

Bastaría para alimentar esa sospecha, para nada implícita, que la rebelión mapuche tiene su espacio oficial en la red mundial, con sede en Inglaterra y con fondos de ese origen, nada menos. A esto debe agregarse que la dinastía de los franceses que declararon el frustrado proyecto monárquico sobre la Patagonia en el siglo XIX, mantienen un remedo de blasones y han otorgado títulos nobiliarios a los mentores de la rebelión mapuche que residen en el Reino Unido. Es así como existe un presunto conde de “Lul-lul Mahuida” que ostenta un ciudadano chileno, Reynado Mariqueo, quien aparece como cabeza en Europa de los reclamos sobre el espacio con soberanía que comparten los dos países implicados y con extensa costa sobre los dos océanos. No es necesario ser un avisado analista de la geopolítica actual para adivinar hacia dónde se proyectan las intenciones de unos interesados que parecen no coincidir en absoluto. El gobierno chileno se hace el desentendido de la bomba de tiempo que tiene en el sur de su jurisdicción, en tanto que del lado argentino lo que se proyecta desde Chile, con apoyo local, parece tener anestesiadas a las autoridades  de Buenos  Aires. En el entretanto, aumenta la violencia disolvente sobre las dos vertientes de la cordillera (aresprensa).  

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Actualizado: viernes 22 septiembre 2017 12:41
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