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PERÚ ELIGIÓ, SERENO

Publicado el 06 de junio de 2016 / 22.00 horas, en Bogotá D.C.

PERÚ ELIGIÓ, SERENO

La confrontación electoral peruana, como debe ser, tuvo toda la sal y la pimienta propia de la democracia, tal como se vive en el continente por estos días. Por un lado, un metarrelato en retroceso de la izquierda pugnaz y retaliatoria, sedienta de venganza por el repliegue y repudio de la opinión, además de lo impresentable de sus administraciones regionales, infectadas de corrupción y disolución institucional. Incluso, sin olvidar la recurrente tendencia de esa facción a la violencia vigente o nostálgica, y las reiteradas intenciones dictatoriales. Venezuela y Nicaragua son apenas dos botones de muestra al respecto. Por otro lado, emergió y se consolidó en esta segunda vuelta definitoria, una derecha tradicional que con su veterano candidato Pedro Pablo Kuczynski recibió por carambola el apoyo de esa izquierda con oposición cerval y de rechazo a la candidata que parecía con mayores opciones: Keiko Fujimori. Esa pugnacidad de los sectores contestatarios no es demasiado diferente a la que debe soportar el expresidente Álvaro Uribe, en Colombia, por razones parecidas a las que confrontó en su momento el padre de la candidata nisei, Alberto Fujimori, hoy penalizado y cumpliendo su condena en una cárcel peruana.

La agitación por la disputa política que se puso en el escenario inca fue seguida con curiosidad y gran expectativa por los latinoamericanos, quienes pretenden determinar si el péndulo que se comenzó a mover en contra del discurso mesiánico que con distinta fortuna y bastante infortunio determinó a la región durante los últimos tres lustros, sigue con esa tendencia. La ratificación de que la cordura sigue profundizándose en el continente tiene una hinchada vehemente como la de aquellos que suponen que la saga de desastre que va dejando el chavismo y los seguidores que con distintos colores siguen al llamado Socialismo del Siglo XXI y sus variantes, no tiene posibilidades de seguir adelante. Incluso debe suponerse que es la misma hinchada. Esto no porque los diversos colores de los sectores mesiánicos coincidiesen con la parábola que hoy orienta Nicolás Maduro en Venezuela, sino porque el Perú está en condiciones de demostrar que se mantiene el ajuste de tuerca que se inició en la Argentina en diciembre del año anterior.

La ojeriza de esa izquierda vengativa, pacata y reaccionaria se deslindó de sus pretensiones luego de la derrota contundente que le propinaron en la primera vuelta peruana -sólo recibió respaldo en el sur del país-  y prefirió apoyar a su enemigo de clase, el señor Pedro Pablo Kuczynski, ante la posibilidad de espantar los fantasmas del fujimorismo con pronóstico de victoria. No era para menos, el expresidente Fujimori los había vencido en el plano militar al que aquellos habían apostado a inicios de los años 90, con políticas de represión que no ahorraron medios y con desmedro de los derechos humanos. Una bandera que en ese tiempo y después hasta hoy, levantaron sus enemigos como recurrente argumento de la izquierda victimizadora hacia quienes no piensan como ellos. Ese lastre y los desvíos autoritarios del expresidente de ascendencia nipona terminaron condenándolo, primero en términos simbólicos y luego de manera concreta. Es en eso que se parecen las sagas de Álvaro Uribe y de Alberto Fujimori: el odio sin remilgos de los sectores termocéfalos y violentos, con sus idiotas útiles, derrotados por las armas en algunas de sus facciones y también derrotados en la iniciativa política que ellos mismos plantearon, sin respeto a la vida y los derechos de los otros.

La parcialidad de Keiko Fujimori ya tenía mayoría parlamentaria antes de este último acto del pulso electoral, lo cual le garantizaba a priori una gran tranquilidad para el trámite de las leyes que hubiese podido impulsar en el Congreso de este país de algo más de 30 millones de habitantes. Pero la vuelta de timón de la ronda le dio la espalda a quien mostraba en apariencia una mejor opción de triunfo. La candidata por el Frente Popular, que tiene 73 escaños del parlamento peruano sobre un total de 130 legisladores, debe resignar sus opciones otra vez, para mantenerse en oposición legislativa y ayudar o frenar al nuevo gobierno del anciano presidente electo. En el cierre del debate, las acusaciones de alianzas con fuerzas y economías oscuras mancharon el curso del proceso, pues nadie puede ignorar que, en el Perú, la fuerza del narcotráfico y del delito callejero han crecido y son dos de los grandes retos a enfrentar que tendrá el nuevo gobierno. Un cuadro de situación que, en el caso del megadelito arriba mencionado, aqueja al país andino de la misma manera como afecta a sus vecinos, Colombia y Bolivia.

Pedro Pablo Kuczynski - Presidente electo del Perú
2016-2021

Se cierra en esta elección un proceso de tranquilidad relativa que, después del controversial gobierno de Fujimori, siguieron un remozado Alan García y continuaron Alejandro Toledo y el actual presidente Ollanta Humala. En definitiva, en los últimos tramos de la campaña esta se tornó sucia, en particular desde las toldas del opositor de Keiko Fujimori. En efecto, la oposición a la propuesta fujimorista terminó por debilitarla en los cruciales días finales, al señalar a esta mujer derrotada en su segunda intención presidencial, como una lineal continuadora de las políticas de su padre y de la estela de corrupción y manejos escabrosos con los que se señaló a su gestión. Esa insistencia martillando sobre su imagen obligó a la respuesta de la conductora de Fuerza Popular, enfatizando que los hijos “no pueden ser herederos de los errores de sus padres”. En efecto, el golpe bajo repetido de Kuczynski pretendía desconocer que, en general, en el derecho y en el imaginario de los latinoamericanos no existen los delitos de sangre, pero el opositor de Fujimori acudió a la mala práctica de las condenas ancestrales y el golpe de muñeca le dio resultados, pues en las últimas semanas redujo la distancia que en la primera vuelta parecía dejarlo sin opciones.

El apretado resultado, a caballo del empate técnico, muestra la polarización del país y tal como ocurrió en la justa de la Argentina, a fines del año pasado, la propuesta ganadora no podrá decir que cataliza un respaldo de simple mayoría y la favorabilidad plena del país, cualquiera sea la deriva que tengan las decisiones en el poder legislativo. Al margen de esto, los resultados dicen del pugnaz rechazo y el temor que le tienen al menos la mitad de los peruanos al apellido Fujimori y que la convocatoria hecha por los candidatos por un mejoramiento de la tranquilidad ciudadana frente al delito cotidiano, tiene mayor respuesta positiva que otros llamados y en esto Kuczynski hizo una mejor apuesta.  Lo cierto es que el triunfo algo inesperado del candidato de difícil apellido no guarda en el altillo la polémica de la historia reciente del Perú, pero al menos la pliega en la expectativa de un tránsito tranquilo por un periodo de 5 años en los que se espera que el país consolide su complicado recorrido a la estabilidad institucional y económica, por el que corrió durante los últimos tres periodos presidenciales.

El crecimiento sostenido de los últimos años y el hecho de ser uno de los motores de la llamada Alianza del Pacífico, exige eso: previsibilidad, mesura y estabilidad. Ni más ni menos que la promesa ofrecida a su pueblo por el presidente electo. La novel asociación de países se muestra como la más prometedora después del congelamiento de expectativas que sufre el Mercosur y la incómoda presencia en ese grupo de Venezuela. Los del Pacífico, que se agruparon por el llamado del peruano Alan García y del chileno Sebastián Piñera -siendo el primero autor de la iniciativa- sintieron en su puerta el toque de timbre del argentino Mauricio Macri. No es para menos, esta alianza de países con costas hacia el Pacífico es un mercado de más de 200 millones de personas, con un PBI promedio per capita cercano a los 17 mil dólares, además de concentrar un 50 por ciento del comercio regional y atraer un 40 por ciento de la inversión en la zona.  Es quizá por eso que los peruanos hicieron un cambio de timón en la decisión electoral y, parafraseando a una de sus pregoneras tradiciones culturales, votaron “serenos” por lo que consideraron más seguro hacia su futuro inmediato (aresprensa). 

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