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PERÚ EN SU ENCRUCIJADA

Publicado el 16 de octubre de 2011 / 20.00 horas en Bogotá D.C.

PERÚ EN SU ENCRUCIJADA

Perú dio un paso más en su consolidación democrática, pero los temores sobre su futuro inmediato no se han disuelto. El país realizó su reciente jornada electoral máxima con paso firme después de un medio siglo traumático que alternó en periodos de democracia representativa y mandatos autoritarios que  compartieron los uniformados y también los civiles, tal como fue el caso del periodo que controló Alberto Fujimori. Venció en la última liza electoral el candidato Ollanta Humala sobre la hija del hoy detenido expresidente de ascendencia japonesa. En estos últimos 15 años de alternancias y balances de parábola democrática, el país andino dio un salto económico notable insertándose con mayor solidez en las redes internacionales de comercio y aprovechando los favorables precios de los commodities.  Las opciones por el libre mercado, la inversión y el desarrollo en el sentido clásico que siguieron con éxito otros países de la región tiene ahora incógnitas e incluso angustias ante la trayectoria que podría seguir el país en esta nueva etapa. Como es natural las dificultades no han tardado en aparecer. Ya está cuestionada la ministra de la Mujer, Aída García, y se registra para el nuevo presidente una caída de popularidad en las encuestas más recientes.

Escribe: Rubén HIDALGO

El electorado fue temeroso en una doble vía y hasta último minuto, no obstante que se esperaba un triunfo de la hija del expresidente nisei, hubo empate técnico en las expectativas de voto.  Temían los peruanos en alto porcentaje al apellido Fujimori, no tanto por lo que se le pudiese adeudar al mandatario encarcelado en términos de manejo económico y represión a los brotes terroristas en su momento, sino a la autocracia, los abusos políticos agregados, la corrupción y los excesos en la acción del Estado. Temían también al oficial en retiro -contestatario y nacionalista- en principio por lo ambiguo de su discurso, por una alianza probable con un chavismo hirsuto y la puesta en riesgo de una estabilidad y crecimiento alcanzados en medio de las dificultades y el asedio ideológico desde fronteras inmediatas.

Pero no había otra opción y en la apuesta de males posibles el electorado se inclinó por el hombre que había encabezado un golpe militar contra una institucionalidad más débil que fuerte y que una vez manejó Fujimori padre. El Perú se mantiene polarizado casi tres meses después de posesionado el nuevo presidente. La victoria de Ollanta Humala fue clara pero no contundente y debe gobernar con un poder legislativo en el que tiene mayorías adversas y, por lo tanto, debe confiar en la posibilidad esquiva de las alianzas potenciales para sacar adelante sus proyectos. La bancada de Fujimori es la que podría poner en dificultades todo el andamiaje reformista que aspira implementar Humala durante su mandato. Hay preocupación no alarma, eso debe quedar claro, pero los cambios de posición del hoy presidente peruano pueden continuar y eso aún genera prevenciones.

Las relaciones internacionales siguen siendo otra zona opaca de estos primeros pasos de la administración Humala después de tomar posesión y no se aplacan las expectativas frente a las nuevas decisiones que salgan del Palacio de Pizarro. El discurso previo del flamante presidente en este último periodo de su vida y su formación militar básica recuerdan que ha sido persistente impugnador del delicado equilibrio geopolítico que mantiene con Chile desde fines del siglo XIX y como remanente de la Guerra del Pacífico con ese país fronterizo. En la actualidad, la tensión relativa con los chilenos se mantiene por la jurisdicción marítima reclamada en las líneas de demarcación sobre las aguas y por las demandas bolivianas de acceso a las costas y el océano adyacente que alguna vez fueron peruanos y bolivianos, ahora bajo soberanía chilena.

La larga tradición populista y de figuras relevantes por encima de la fortaleza institucional son una razón más también para las dudas, pero éstas no alcanzan para descalificar de antemano los primeros signos de mandato que ha dado el nuevo presidente en ejercicio en estas primeras semanas de su toma de control del país. No obstante, detalles de desprolijidad simbólica como las gestiones realizadas por uno de sus hermanos en Europa poco antes de su posesión -con una desmentida representatividad ficta- más allá de las estrictamente familiares, son tibias pero relevantes señales de aprensión sobre el futuro respeto por la institucionalidad y el pecado de nepotismo. Algo que desprecian varias administraciones de credo populista en la región.

JUAN VELASCO OLLANTA HUMALA

El populismo ha tenido una historia de arraigo en el Perú y en verdad ha sido en este país donde más se aclimató ese sensorium ambiguo, aparte de la Argentina con su peronismo aún a cuestas y bien dividido en las distintas tendencias “movimientistas. Pero es en este país andino donde el análisis y presunción de ideología tiene más recorrido y, de manera paradójica, donde menos odios e impugnación despierta, a diferencia de otros populismos de la zona, incluido el propio peronismo argentino.       

Es cierto que siempre ha sido fuerte esta vocación de los peruanos por una línea política siempre en búsqueda y en presunción de independencia frente a las matrices ideológicas europeas o, en general, del mundo desarrollado e incluso tercermundista superior, tal como pudieron haber sido en su momento la Unión Soviética o China. En esa parábola e intención alterna tuvo a hombres como Carlos Mariátegui y Raúl Haya de la Torre. Pero eso no fue suficiente en lo que hace a líneas fuertes de reflexión, como para impedir que tal pensamiento se expresara en desastrosas administraciones como fueron la del general Juan Velasco Alvarado o la primera de Alan García.

La presencia de Humala marca, eso sí, una forma de reencuentro aun no muy clara -como ha sido siempre el populismo y eso incluye al populismo peruano- con la institución militar, la cual  había quedado rota con el aprismo desde los años 40 y con la civilidad desde el periodo Velasco en los años 60 y 70. Algo que resultó insuperable, incluso cuando el país se preparó en esas dos décadas para una guerra con Chile -al amparo de lo que hiciese Argentina en igual sentido- tal como ocurrió durante la última administración militar del país.

La obsesión política por la inclusión social, cualquiera sea el camino, también estuvo presente en el discurso de Ollanta Humala. No parece inclinarse por la pedregosa y pugnaz senda venezolana pero tampoco será una mímesis del admirado Lula y su izquierda, que se ganó un respeto de los moderados y críticas de pasillo y entredientes de otros gobiernos más radicales en el Continente.

En todo caso en un país de históricas fracturas y desprecios nunca sellados, su llamado a la calma para todos los sectores no puede durar mucho y más temprano que tarde deberá dar muestras que cómo serán sus procesos de cobertura social para aquellos desposeídos que lo votaron y también cómo resolverá la distribución del producto de lo que ha sido hasta hoy la buena hora económica peruana en regiones siempre postergadas. No sólo los pobres de toda pobreza sino también los habitantes de la sierra y la selva peruanas reclaman respuestas de Estado con las que no todos quedarán sonrientes (aresprensa). 

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