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PRIMER AÑO GRIS PARA MACRI

Publicado el 11 de diciembre de 2016 / 10.30 horas, en Bogotá D.C.

La Argentina está en Indefensión

PRIMER AÑO GRIS PARA MACRI *

La administración que abrió un amanecer, el 10 de diciembre de 2015, después de la noche kirchnerista que con toque de brujas y brutalidad de corrupción lideró Cristina Fernández, cierra su primer año de gestión de tumbo en tumbo. Una economía que no arranca y el lastre del engorroso y grueso procesamiento judicial de la expresidenta, además de los campos minados en lo económico e institucional que dejó la anterior administración, embarran el campo de juego y le dan aire de ópera dramática a la trayectoria de apenas un año del presidente empresario que hoy ocupa la Casa Rosada.  La caída pronunciada en la rata de empleo, el debilitamiento de la ilusión sobre una lluvia de inversiones -que hasta al momento no llega y nadie cree que se produzca al menos en lo inmediato- le arrebatan el sueño y le complican la vida al presidente argentino, en tanto que le dan algo de aliento político a Cristina Fernández. Una mujer que no acepta el ocaso de su negra estrella, acosada por los jueces debido a sus crímenes contra el Estado, que no excluyen su responsabilidad quizá indirecta en el posible asesinato del fiscal federal Alberto Nisman. Un ingrediente más para la desazón en este primer año de mandato de Macri es ese cierto grado de autismo que nimba a la administración del atildado presidente argentino, quien además debe afrontar en el 2017 un panorama internacional adverso para su país y rumbo ideológico.

Es cierto que, en sentido opuesto, un sinceramiento parcial pero necesario de las condiciones que debió afrontar la administración Macri le permitieron mantener la credibilidad frente al contraste de trágica caricatura política que rodeó al atroz kirchnerato, negador del pensamiento crítico diverso y apostador de mitos impresentables. Fue aquel un nuevo y repetido ciclo trágico de un gobierno argentino que vació de contenido y envileció la noble causa de los derechos humanos, entre otras, al titularse con cinismo como abanderado de una consigna justiciera que sirvió y sirve para su vil demagogia. La toma de distancias con el autoritarismo de la gestión anterior brindó en este año a la sociedad argentina y al grueso de su dirigencia, un marcado alivio con lo sucedido en el periodo inmediato anterior.  

Pero los inauditos desaciertos del gobierno de Mauricio Macri -como ese del “tarifazo” a comienzos de este año- empañan de manera amenazante tanto su gestión como la eventualidad de un segundo mandato, que permite la constitución del país. La justicia dejó de estar cooptada por la voluntad de la administración central y ha cesado la persecución a jueces que pretenden investigar conductas anómalas de funcionarios del Ejecutivo, algo que fue lapidario, constante y radical por parte de la banda que gobernó a la Argentina hasta diciembre de 2015. En efecto, al despejarse el panorama político y la acción de la justicia, se caratularon y avanzaron anteriores acciones y nuevas causas de los procesos por “asociación ilícita” contra Cristina Fernández, familiares, seguidores y funcionarios de su gestión. Esa forma de asociación por fuera de la ley es lo que constituye una banda de malhechores, y de esa manera han sido considerados los protagonistas de innumerables hechos sucedidos en el mandato de los Kirchner, a la letra del derecho penal argentino

Pero Macri equivocó el manejo de la situación catastrófica heredada, buscando no aumentar el malestar y traumatismos generados por la actividad oficial de la viuda de Néstor Kirchner. Quizá esperando una eventual recomposición de relaciones con la fracción del peronismo que pasaba al llano, evitó dar un diagnóstico integral del desastre heredado, que fue global en perjuicio de los intereses de los argentinos, tales como el aumento geométrico de la pobreza, la caída en la calidad de la educación, o el debilitamiento de la estructura para la atención de la salud pública y de los segmentos pasivos. Esto sumado a un aumento también geométrico de la inseguridad estimulado por la libertad que dejó la administración de Fernández para la instalación y control del tejido social por parte del narcotráfico internacional y la instalación de bandas locales para procesamiento y distribución de alucinógenos.

A ese desastroso panorama debe agregarse el desmantelamiento de la fuerzas armadas y de seguridad, con otro añadido nefasto: la corrupción dentro de las fuerzas, en especial las policiales, como es el caso -aunque no el único- de la policía de la provincia de Buenos Aires, cuyos cuadros a todo nivel y hoy en proceso de depuración, aparecen ampliamente vinculados con todo tipo de delitos y de organizaciones que los potencian, incluido el señalado narcotráfico en crecimiento, en particular, sobre el llamado conurbano bonaerense. Esto es, en el conglomerado inmediato a la capital federal o ciudad autónoma de Buenos Aires. Esa disolución de la fuerza pública no es reciente, ni responsabilidad directa del gobierno de Macri. Es en verdad un proceso que se ha venido cumpliendo desde el inicio de la nueva etapa democrática y los gobiernos civiles posteriores a la última administración militar, hace ya más de tres décadas. Lo cierto es que hoy la Argentina se encuentra en estado de indefensión y, como dicen algunos expertos con sorna, si Uruguay o Bolivia quisieran tomarse a la Argentina, nada podría impedirlo.

Ese cuadro de situación llega a tal extremo que ni siquiera existen aviones para que los pilotos de la fuerza aérea puedan entrenar y eso hace, entre otras cosas, que el presidente del país no pueda desplazarse en aeronaves argentinas y con oficiales de vuelo propios, que en ambos casos no están disponibles. Esa forma de agrietamiento institucional habla de alguna manera de la mediocridad de la clase dirigente argentina en casi todos los planos y ahora los empresarios ensayan su turno, sin que pueda establecerse con claridad si podrán hacerlo con tino y pulcritud, después del primer año de cuatro que la reforma constitucional de 1994 establece como periodo presidencial, con posibilidad de reelección. El derrumbamiento del país en lo que hace a seguridad indica que las fronteras argentinas son un colador de poros amplios y la movilidad de los narcotraficantes es absoluta hacia adentro y hacia afuera del territorio, con la complicidad de algunos gobiernos de provincia.

Está demostrado que eso ocurre en Formosa, el Chaco y en otras provincias cercanas, además de perímetros limítrofes con Bolivia y Paraguay. Aunque se espera que haya una transformación en el plano de la legislación para afrontar el problema de la seguridad interior, nada indica que la capacidad defensiva y disuasiva de la Argentina vaya a recomponerse en los años inmediatos por venir.  Algo inquietante e irracional en un país que maneja en términos integrales los procesos nucleares: tiene tres centrales con combustible centrado en el átomo, produce agua pesada y enriquece uranio, tanto así que si quisiera podría construir armas nucleares. Esa condición la convirtió en víctima estratégica del terrorismo internacional ** y la torna vulnerable a las apetencias de las grandes hegemonías mundiales vigentes y emergentes.  Esto último y en especial sobre los territorios patagónicos, un espacio siempre inestable e incorporado a la soberanía argentina apenas en la segunda mitad del siglo XIX.

Tan inestable, que desde ese momento y por ese espacio total o parcial, la Argentina tuvo tres crisis que la pusieron al borde la guerra con Chile, la última vez en 1978. También por proyección y desde ese territorio el país libró su conflicto armado con la siempre amenazante Gran Bretaña, en 1982. Además, es desde la Patagonia que la Argentina apuesta toda su suerte futura de una posible presencia continua sobre la disputada Antártida. Es por tal causa que resulta incomprensible el estado de indefensión en que hoy se encuentra este país, y menos entendible aun es el hecho de que la administración de Macri le haya quitado beneficios económicos a su población, al eliminar los llamados “reembolsos” por exportaciones a nueve puertos patagónicos. De la misma manera como resulta contrario al uso de razón que el gobierno anterior -el de Cristina Fernández- le haya entregado a la China soberanía en la Patagonia. Eso ocurrió al permitirle a la potencia asiática la instalación de una base de rastreo satelital en Neuquén, con control militar de Beijing.  

Tantos desatinos acumulados, antes y ahora, no deslucen con la presencia de una ministra de exteriores como Susana Malcorra, cuya gestión se manifiesta errática. La titular del Palacio San Martín tiene desaciertos sumados en su gestión de apenas un año: eso fue, entre otras, su apuesta con derrota anunciada a la máxima instancia de Naciones Unidas, la secretaría general; su parcialidad por la candidata derrotada a la presidencia de los Estados Unidos, Hillary Clinton; o las incoherencias ante Gran Bretaña en la disputa por las islas Malvinas, de tan profundo como negativo impacto para las aspiraciones argentinas sobre el archipiélago. Las amistades y entorno familiar -lo primero en el caso de Macri y lo segundo en lo que hace a Malcorra- arrojan suspicacias y dudas para los argentinos que entienden de influencias nefastas en la dinámica internacional, cuyas consecuencias sólo se perciben cuando los hechos negativos ya están cumplidos. Pero todo lo anterior, que es parte de las amenazas estratégicas, a veces pasa inadvertido en el día a día para el argentino medio que recorre las calles de su país tratando de poner el pecho a las crisis recurrentes.

Al menos tres grandes debacles económicas han maltratado a la ciudadanía en sus sectores más débiles, en los últimos treinta años. El declive del país no se ha detenido en ese tiempo, a lo que debe sumarse el arrastre en menos que venía desde las décadas previas, a partir de la mitad del siglo pasado. Esa caída no se detiene aún. Aunque el panorama en lo judicial ha comenzado a recomponerse todavía no se designan jueces probos en los espacios del aparato judicial y sigue operando el apparátchik de la asociación “justicia legítima”, como proyección del bandidaje kirchnerista para garantizar impunidad. Esto, además, en un país donde más de 5 mil condenados están prófugos. En esa sumatoria debe incluirse a una educación de bajo nivel que fue excluida de las pruebas Pisa, una vergüenza para un país con 5 premios Nobel, tres de ellos en ciencia. Por ahora la intención de Macri y de sus colaboradores para superar el desafío sigue siendo un wishful thinking, y el pensar con el deseo sigue siendo insuficiente para enderezar un rumbo que sigue al garete (aresprensa).  

EL EDITOR

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La columna Doxa expresa la posición editorial de la Agencia de prensa ARES

** Al inicio de los años 90 los atentados contra la embajada de Israel y contra la mutual judía Amia, fueron considerados retaliaciones a la interrupción de la colaboración científica argentina con el inicio y desarrollo del plan nuclear iraní y de otros países del Medio Oriente. Esa estela terminó en la misteriosa muerte del fiscal federal Alberto Nisman, en enero de 2015, quien investigaba los vínculos de esos atentados con la pista nuclear y la complicidad de funcionarios argentinos de primer nivel, en todos los casos. Esos hechos hasta hoy permanecen bajo un provocado velo y misterio.

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