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RATIFICACIÓN DE PROCESO POLÍTICO VENEZOLANO

Publicado el 5 de diciembre de 2006

 RATIFICACIÓN DE PROCESO POLÍTICO VENEZOLANO

AUMENTARÁ LA PUGNACIDAD CONTINENTAL 

La continuidad de la actual orientación del Estado venezolano, encabezado por Hugo Chávez se ha iniciado con el señalamiento del énfasis en la socialización de una sociedad que acumula recursos gigantescos de la actual bonanza petrolera. De nuevo también se ha hecho hincapié en el desafío verbal a Washington y la amenaza sobre el suministro de los hidrocarburos que, como se sabe, toca para los norteamericanos el talón de lo que ellos llaman “seguridad nacional”. No obstante, esa ratificación en la línea se hace en el marco de un proceso electoral el cual, a pesar de las sospechas insistentes de la oposición, debe considerarse democrático en cuanto a la posibilidad de expresión  tanto de mayoría como de minorías. La hidalguía manifestada por el candidato opositor Manuel Rosales, al reconocer su derrota, deja por fuera toda sombra en contra del oficialismo, aún cuando las dudas se prolonguen en el tiempo. 

Dudas que apuntan, entre otras perlas, a la centralización electrónicas de los datos y con eso la posibilidad de manipulación, la uniformidad de la abstención en todos los estados del país y la verdadera diferencia en porcentaje entre el triunfador y el derrotado de los comicios.    

Debe suponerse, en ese marco, que la imposición de cambios en las formas de relación del ciudadano con  el Estado y entre los mismos ciudadanos, señala un camino de riesgos institucionales que la conducción de Caracas ha demostrado no tener temor en asumir. Uno de esos riesgos es el control social y una relativa o fuerte militarización de las  costumbres de los venezolanos. Requiere, además, tocar en mayor medida la filosofía de la propiedad privada que es columna vertebral de las creencias del modelo político moderno, así como también lo es  el de la acumulación personal de riquezas.  

En esos términos, es natural que surja una fuerte aprensión en todo el Continente frente al rumbo que podría tomar el proceso venezolano, la suerte de la oposición política e, incluso, un recorte en el ideal de libertad que, se supone, existe en las sociedades democráticas basadas en el ya señalado paradigma  de desarrollo. En contraposición, el llamado capitalismo de Estado con un marcado énfasis distribucionista y la unión presumida del “pueblo con las fuerzas armadas”, son esquemas  que ya se han ensayado en el Continente con suerte diversa en la que es normal que las ilusiones frustradas sean mayores que los sueños cumplidos.  

Desde Juan Perón en Argentina, pasando por Getulio Vergas en Brasil, hasta la misma Cuba, han aspirado a ponerle cortapisas a la concentración del capital en pocas manos, al mismo tiempo que han pretendido reducir vacíos e injusticias que fragmentan a la población entre ricos sin creatividad burguesa y pobres de toda pobreza. Todos aquellos ciclos ocurrieron  bajo un discurso de intención nacionalista que pretendió cerrar fisuras internas y asegurar el cumplimiento de un plan de cambios que, normalmente, acabó en crisis y traumatismos mayores que los que pretendió conjurar.  

Pero el tiempo del nacionalismo popular y la apuesta a un discurso militante de guerra fría es discordante con las corrientes sociales y políticas que han dejado atrás una cierta termocefalia asincrónica, propia de la mitad del siglo XX. Los desposeídos siguen siendo mayoría en América Latina pero la iniciativa política para buscar salidas ingeniosas, y en verdad nuevas para los desafíos, están ausentes y se recurre a las mismas consignas del fracaso previo. La mediocridad de la denostada burguesía parece atravesar, también, a quienes, con másresentimiento que argumento, pretenden impugnarla. 

El presidente Hugo Chávez ha señalado en su discurso del triunfo que la lucha contra la corrupción será una de sus banderas de gestión. Ignora o sabe demasiado bien, que esa es una de las acechanzas radicales en contra de un proyecto reformista e, incluso, revolucionario del latinoamericano tipo en papel de dirigente.  

Uno de los pies de barro de los procesos populistas en América Latina, además de las taras ideológicas sustantivas que arrastra, es la tendencia a suponer que la hacienda es un espacio al que es posible entrar a saco, de la misma manera como lo han hecho las élites a las que han reemplazado de manera transitoria. Nadie olvida la primera experiencia sandinista ni el calvario de Inázio Lula da Silva, antes de su reelección. 

 El hombre nuevo  no deja de ser el mismo hombre en cuanto a las tentaciones mundanas. En buena medida porque nadie que se sepa, entre sus seguidores prominentes, ha cristalizado la consigna guevarista sobre la necesidad de construir distancias éticas entre el sujeto y la noción capitalista de mercancía, cuando de dar ejemplo revolucionario se trata. Si se mezclan ambos elementos (el hombre con el universo de la mercancía) desde una perspectiva contestataria, la ecuación deviene en perversa. 

Si Chávez subraya su palabra sobre ese punto es porque, como se comenta en el resto del Continente, su rancho  arde por varios flancos. Un control social posible y futuro en ese aspecto, junto con la militarización del tejido social no hará otra cosa que aumentar y encubrir la mancha de la corrupción. 

No debe olvidarse que en la etapa primera de la gestión Chávez, el copamiento de las instituciones venezolanas ha sido paulatino y constante. Esa es la cuna de la corrupción: la disolución del control institucional por un unicato o una dictadura que es, en el populismo, el paralelo con el compadrazgo o la clientela tradicional en los vicios políticos latinoamericanos. Así, el umbral de las cadenas de corrupción ya está construido y debe esperarse, en un océano de petrodólares, la profundización y no el combate para erradicar la crónica apropiación indebida de la hacienda pública. 

 Pero lo más grave del panorama, de por sí grave, no está sólo en ese escenario sino también en el de la inestabilidad regional que el viejo discurso de guerra fría (dicho por los mismos antiguos y también los nuevos protagonistas del metarrelato) acecha entre las fronteras de esta zona del mundo.  

Una protección justificada de unos etarras reabre la mirada con ceja levantada sobre el argumento de que Venezuela no es laxo con el extremismo armado. Es esa una duda que se fortalece en la presunción de que podría ser Caracas la que tome las banderas de posiciones maximalistas en reemplazo de la tradición cubana, abanderada natural de lo que alguna vez se llamó tercer mundo y hoy alcanza a  ser apenas mentalidad tercermundista.     Colombia, Perú, Chile y México tienen sobradas razones para sentirse amenazados por su calenturiento vecino, armado de capacidad económica para comprar y brindar beneficios o conflictos en una zona ávida de soluciones y aporreada por  inacabables desgarramientos (aresprensa.com).

EL EDITOR

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AUMENTARÁ LA PUGNACIDAD CONTINENTAL

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