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RUSIA, UN SIGLO DESPUÉS

Publicado el 16 de noviembre de 2017 // 13.55 horas, en Bogotá D.C.

RUSIA, UN SIGLO DESPUÉS

Si Alemania hubiese triunfado en la Primera Guerra Mundial, lo más probable es que tarde o temprano Vladimir Ilich Uliánov -más conocido como Lenin- hubiese pasado a la historia como un vulgar traidor a su patria, Rusia. La revolución de octubre hubiese quedado supeditada a los intereses germanos pues desde el inicio lo estuvo, y tarde o temprano se hubiese cambiado la dirección que le imprimieron sus protagonistas puesto que los germanos triunfantes sobre el imperio de Nicolás II no tolerarían a los sóviets en el tiempo largo. En otras palabras, todo hubiese sido diferente. Pero  la ucronía no es ahora  suficiente para explicar lo sucedido desde el momento en que él, Lenin, con sus compañeros decidió subir al tren que puso a su disposición el emperador alemán para permitirle el acceso a San Petersburgo, con la misión de terminar de minar desde el interior a la monarquía de los Románov y sacar a Rusia de la guerra. Eso sí ocurrió tal como estaba pactado y el resto es otra de las historias imprevistas que cambiaron la cara del mundo y a la forma de mirar la  realidad, durante todo el siglo pasado e incluso el presente.  Un enfoque de transformación que de manera parcial ya había anticipado Carlos Marx algo más de medio siglo antes de la turbulencia de 1917 que, en la confusión y violencia indiscriminada, terminaron copando los sóviets.

Escribe: Néstor DÍAZ VIDELA

El golpe sobre los resortes del Estado en derrumbe  y la encaramada en el poder de un imperio balbuceante antes y después de la caída del zar Nicolás, lo efectuó una minoría con objetivos claros. Apenas unos 13 mil militantes fanatizados de Lenin -no menos fanáticos que los de las otras facciones- incluso opuestas a las directrices del que fue poco después el vencedor del pulso sangriento. Pulso que con mano de hierro permitió poco a poco consolidar el poder de los sóviets a contrapelo de todos y en un ascenso y afirmación de un movimiento político que no estuvo dispuesto a ahorrar sangre. El acuerdo con los aliados de oportunidad, los alemanes, dejó su rédito a los poderosos vencedores de la vieja madre Rusia y el tratado de Brest-Litovsk lo confirmaría. Trotsky debería hacerse cargo del trago amargo de aceptar la presencia del ejército del incómodo aliado germano y de los demás socios de los imperios centrales estacionados en vigilia armada a unos 50 kilómetros de algunas de las principales ciudades rusas, entre otras exigencias no menos vergonzosas.

En aquel octubre de 1917 -noviembre para el calendario occidental-  todo podía pasar en Rusia y en los llamados imperios centrales, fatigados también por una guerra que había estallado por imprevistos caprichos de la historia. Esguinces que habían envuelto a una Alemania, entre otros, que no la había provocado y por la que, a la larga, pagaría todas las cuentas, dejando encendida la mecha de las tragedias venideras del siglo XX.  Fue por eso que Lenin y los suyos se impusieron sin ser mayoritarios en la miríada de fuerzas que se oponían al régimen zarista, sin retorno ni concesiones, puesto que la monarquía ya estaba perdida desde hacía mucho tiempo. El derrumbe para los Románov había comenzado en las evidencias registradas más de diez años antes, para ser precisos en 1905, con el hundimiento de la flota rusa frente a Puerto Arturo, en el lejano Pacífico y ante un enemigo también impensable: Japón.

La humillación sufrida fue devastadora para la vanagloria -la vanidad de la propia gloria- de esa nobleza europea asentada en Moscú y del propio pueblo al que controlaban, a pesar de su miseria ancestral y que confiaba en esos monarcas que los gobernaban con firmeza excluyente desde el siglo XVII. El archipiélago asiático gobernado de manera absoluta por otra monarquía divina desde la llamada Restauración Meiji, a mediados del siglo XIX, no contaba para nada en lo que hace a la posibilidad de enfrentar a lo europeos. Era un imposible. La sorpresa a partir de su inesperada victoria naval hizo asomar a Japón al mundo, al tiempo que inició la cuenta regresiva para los otros déspotas reinantes en Europa. Eso fue la llamada “caída de las águilas”. En esa batalla sobre el Pacífico comenzaron los conflictos armados  entre potencias del siglo pasado y corrieron paralelos al enfrentamiento de los filipinos con los norteamericanos, iniciado en 1898. Esto, después de la derrota de España ante los Estados Unidos tanto en el lejano Pacífico como sobre el Caribe.

Eran esos los anticipos de la Primera Guerra Mundial, que sería fatal para Rusia y para los Románov tanto como lo fue para Alemania, esta última signada por la derrota a lo largo del siglo XX y su destrucción casi absoluta, consumada en 1945. La entrada del imperio zarista en la contienda europea selló el descrédito que la casa  real sufría de manera creciente desde aquella derrota naval del Oriente extremo y la falta de salida a la crisis social y política que ahondaba desde adentro la estabilidad de la monarquía en conjunto con la agitación social creciente e irreversible, tanto como incontenible en los tiempos finales de la hegemonía monárquica. Todo  jugaba en contra de Nicolás y de sus fuerzas,  en un país gigantesco en el cual todas las facciones en contra, por dispares que fueran, coincidían en un punto convergente: el tiempo de los zares llegaba a su fin y todo anunciaba que sería un fin apocalíptico, o casi. Hacia 1917 y con tres años de guerra a cuestas el ejército ruso que había sufrido tremendas derrotas ante sus enemigos estaba tan harto de la guerra como lo estaba la población civil en retaguardia.

Las deserciones y conatos de rebelión en el frente estaban a flor de piel en los meses previos a la caída del zar. La llamada revolución de febrero, en el mismo año del triunfo de los sóviets, simplemente confirmó la pendiente sin control en que se hallaba la autoridad zarista y abrió las puertas a la llegada de Lenin con su reducida pero decidida “vanguardia lúcida” que decía tener claro el camino a seguir para un país al garete. Uno de los atajos a tomar fue el de sacar el país de la confrontación con las Potencias Centrales, que reclamaban las mayorías de manera confusa pero indubitable, en el curso de las revueltas callejeras constantes. La consigna argumentada de “paz, pan y trabajo” terminó de galvanizar a los ya exaltados por el hambre y el desvarío. Para el grupo de Lenin eso fue parte del plan y del compromiso asumido bajo paternidad del imperio alemán. Las condiciones eran onerosas para los revolucionarios pues les rendirían cuentas como vencedores a las tropas del gobierno que ocupaba ya una parte del inmenso país. Un antecedente a tener en cuenta si se revisa lo que ocurrió dos décadas después cuando Alemania decidió, otra vez, invadir  a la Rusia soviética de  Stalin.  

La derrota alemana y de sus aliados en 1918 transformaría como en un juego de azar la asimetría sin remedio que tenían los revolucionarios con sus patrocinadores tedescos y Lenin iniciaría ya sin tutelas el desarrollo de un plan estratégico sin precedentes en el desarrollo de la Modernidad y a contrapelo de las previsiones teóricas, pues la revolución no estaba destinada para una Rusia atrasada hasta el feudalismo sino para países que habían logrado una expansión capitalista y burguesa plena, como lo eran Gran Bretaña  y la Unión Americana. El sufrimiento que exigió el laboratorio ruso después de la caída de los zares y la muerte de Lenin en 1924 daría paso a la etapa más sombría del experimento. La salida de Trostky del panorama -uno de los dos principales pensadores sobre el cómo de una sociedad revolucionaria junto con Lenin- daría curso a las grandes masacres -el democidio- que significó el paso al socialismo tal como lo entendieron los soviéticos, que terminaron aceptando a un Stalin quien se instaló sin contención con el asesinato y la represión generalizada.

No ha sido posible confirmar la cantidad exacta de víctimas fatales que impuso el “socialismo real” estalinista, instaurado mediante el aniquilamiento generalizado de aquello que apenas oliese como atisbo de oposición al régimen de Moscú, desde mediados de los años 20 hasta los inicios de los 50. Se estima en unos 20 millones de muertos fue lo que dejó como saldo la guerra civil impuesta apenas iniciado el sistema de los sóviets, por la invasión de 14 países y la confrontación con el llamado “ejército blanco” que resistió a las fuerzas “rojas” fomadas y dirigidas por Trotsky, antes de su desgracia política en la lucha interna con Stalin. El asesinato de toda la familia real en Ekaterimburgo, aún en vida de Lenin, le puso mayor negrura al panorama. Después, las purgas generalizadas iniciadas en los años 30, y continuadas incluso durante la llamada Gran Guerra Patria contra Alemania, afectaron a las propias filas de integrantes y dirigentes de la facción revolucionaria ampliada.

Una limpieza indiscriminada que no perdonó siquiera a los migrantes norteamericanos que se fueron a Rusia atraídos con la esperanza de una utopía que resultó trágica pues casi todos -que se sepa-  de esos miles de obreros terminaron fusilados o muertos en los gulags del estalinismo, con el silencio cómplice del gobierno de Washington, ante el genocidio de los propios *.  La utopía que se había iniciado con un puñado de bolcheviques dispuestos para la impensable empresa y la consolidación martillada luego a tan elevado costo, convirtió a un imperio antes concentrado en su territorio sin fin en una superpotencia después de 1945, cuando lo que fue una Rusia feudal y atrasada disputó preeminencia en el mundo como imperio orbital con tecnología y nivelación social incorporada. Pero al decir de Marshall Berman el salto y la “quema de etapas” -impensable para un darwinista como Karl Marx- no liquidaron las trazas de atraso en una Rusia que, sin duda, se modernizó en muchos aspectos pero mantuvo formas de servidumbre y subalternización que no acompañaron el modelo de socialización.

Desapareció la genuflexión al déspota pero se mantuvo hacia el partido, es decir, hacia la nomenklatura integrada por déspotas. En criterio de Berman -quien hace el recorrido del porqué de la frustración en su libro “Todo lo sólido se disuelve en el aire”- no hubo una mentalidad “burguesa” previa que acompañase los cambios y su evolución previa a una eventual revolución. No hubo en Rusia ni Renacimiento, ni “burgos”, ni Revolución Industrial, ni Iluminismo. Vale decir, según la sumatoria teórica,  no hubo un necesario cambio anterior a la implantada utopía de Lenin y de sus compañeros. Por eso Marx  desconfiaba de los países atrasados y no los consideraba propicios para empresa revolucionaria de tamaño empuje. Quienes siguieron creyendo que ese proyecto era posible transformaron el sueño de eventual justicia social en una “utopía retrógrada”, al decir del brasileño Fernando Henrique Cardoso, tal como se puede ver en América Latina. En ese marco, existen razones para entender a Vladimir Putin, cuando eludió los homenajes al centenario de la Revolución de Octubre (aresprensa).

 ARTÍCULOS CON RELACIÓN DIRECTAMEDIO MILENIO DE LA REFORMA // PATAGONIA AMENAZADA  

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* Léase al respecto el libro “Los Olvidados”, de Tim Zouliadis  
Actualizado: jueves 16 noviembre 2017 13:29
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