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SAMARA: MEMORIA DE UN GENOCIDIO

Publicado el 30 de mayo de 2018 // 18.30 horas, en Bogotá D.C.

SAMARA: MEMORIA DE UN GENOCIDIO

El 17 de junio, el partido entre Serbia y Costa Rica será el que inaugure las instalaciones del gran estadio en la vieja ciudad de Samara, al sur de las planicies del país eslavo, sobre las orillas del Volga. Para la ocasión, los turistas que lleguen a participar de la fiesta deportiva orbital, muchos de ellos al menos, no podrán sospechar que esa metrópoli hoy de algo más de un millón de habitantes, fue escenario de una de las mayores tragedias de la II Guerra Mundial en lo que hace al asesinato masivo y afectación de civiles. Fue uno de los más grandes genocidios que perpetró el estado soviético, entre tantos similares que se ejecutaron bajo esa bandera, antes, durante y después de aquel gran conflicto. Vale señalar que  hasta hoy permanece el esfuerzo por borrar o al menos atenuar la dimensión de la tragedia, que en el mundo callan tanto los nostálgicos de la parábola  soviética como sus aliados guerra occidentales. Samara fue la capital de lo que durante casi tres siglos congregó a los pueblos alemanes del Volga, aquellos que en tiempos de Catalina “La Grande” fueron convocados para propiciar la población sedentaria en las planicies del sur de Rusia, incorporadas al imperio luego de muchas generaciones de lucha para atemperar el espíritu de cosacos y otras etnias que las recorrían en su extensión interminable, con atavismo nómade.

Allí se cocinó una cultura particular y extraña que no disputaba condiciones de vida con la población local, sobre las que Moscú siempre guardaba gran desconfianza en lo que hace a la lealtad. Eso les permitió a los alemanes recién asentados constituir a la región económica como la más próspera del reino de los zares, en pleno auge de la presencia de los Romanov en la conducción del imperio, en particular desde el reinado de Catalina. Algo que le permitía a la hegemonía rusa asegurar el interior y las fronteras del vasto reino que pretendía afirmarse en el Pacífico y sobre todo en el sur, donde había tensión y conflicto permanente con el imperio otomano y la población islámica, en general. Esa tranquilidad interior que brindaba en el sur la presencia de los colonos alemanes les permitió incluso, proyectarse sobre Crimea y la salida a esas aguas, así como también encaramarse en la Ucrania origen de la identidad rusa. Era una población que no practicaba  el credo cristiano ortodoxo, pero que era necesaria por razones geopolíticas y, en especial, para la provisión de los alimentos básicos que era necesario arrebatarle con el trabajo a una tierra a veces ingrata por la aspereza del clima, aunque más por los vaivenes de la historia.

GABRIEL HEINZE. Jugador argentino descendiente de ruso-alemanes

Vaivenes que para ellos, los alemanes del Volga, fueron fatales de toda fatalidad en el largo plazo y que jamás no podrían ser reparados ni lo fueron con alguna forma de enmienda. Ya en el último tramo de la historia de los zares habían comenzado las grandes dificultades, para esas gentes que habían llegado atraídas por las promesas de Moscú y de la zarina, así como por la posibilidad de dejar atrás las guerras de religión que habían devastado a Alemania y que en el último tramo del siglo XVII, la de los “30 Años”, habían terminado por instituir la nueva idea del estado nación, con poco rédito para los austriacos y los propios alemanes. Esa población de campesinos y profesionales que se convirtieron en agricultores llegaron a la estepa con ventajas superlativas frente a las dificultades históricas de sus países de  origen. Podían mantener el uso de su propia lengua y administrar con buenos márgenes lo que produjese su trabajo en la tierra concedida. Se ubicaron en el Bajo Volga y habían emigrado de Hesse, Renania, el Palatinado y Baviera, entre otras regiones germanas. Corría la segunda mitad del siglo XVII y la primera aldea fundada fue Dobrinka.

 Al poco tiempo ya se habían radicado en la nueva tierra de esperanzas unas 10 mil familias.  No había razones para desconfiar de las promesas iniciales de la zarina que era austriaca y, por lo tanto, tan alemana como ellos.  En ese proceso, Samara como urbe principal de la región se convirtió en el centro de producción de cereales del país, tal como había sido el propósito colonizador de Catalina, con el fin de cerrarle el paso a las hambrunas y a los paréntesis recurrentes de los crudos inviernos rusos. Samara fue la capital de la región ruso-alemana del Wiesenseite, en tanto que Sarátov lo fue de la otra región vecina colonizada: el Bergseite. Después llegaron otras oleadas migratorias a la zona del Mar Negro, pero las dos primeras regiones nunca perdieron su preeminencia en esas zonas rusas con población alemana. Lo distintivo de su cultura no solo fue la conservación de la lengua origianal sino también la religión y las formas de educación; eran protestantes o católicos, según el área de procedencia: seguidores de Lutero si eran del norte teutón o del papa romano si provenían del sur.

 Niños ruso-alemanes en tránsito a la muerte. Samara, circa 1941 

Los sinsabores comenzaron en la segunda mitad del siglo XIX cuando los zares comenzaron a recortar los derechos ejercidos y prometidos por Moscú, hasta el genocidio perpetrado por el gobierno soviético en los años 40 del siglo pasado. Otro de los derehos que propició la migración fue el que los alemanes no tenían que prestar servicios militares en los ejércitos  del zar. El recorte de lo adquirido y con dos siglos  de  tradición familiar en la estepa, comenzó a hacerse intolerable, pues estos ciudadanos aun cuando poderosos  terratenientes eran considerados de segunda  en el imperio, pues no podían ni tenían mayores  libertades diferentes a las  del trabajo, ni podían mantener comunicación con sus ancestros  en tierras alemanas. Bajo esas circunstancias grandes flujos de población ruso-alemana comenzaron a migrar a otros continentes y países: Canadá, Australia, los Estados Unidos, Brasil, la Argentina y Chile fueron asiento de esta nueva migración provocada. Gabriel Heinze un jugador que fue la selección argentina en Corea-Japón 2002 y Sudáfrica  2010, es un descendiente de esa migración alemana que se  fue de Rusia.        

Unos 3 millones de argentinos, casi un 5 por ciento de su población, tiene origen en aquella población a la que pertenece por ancestro el “gringo” Heinze. Pero para los que no migraron a tiempo venía lo peor: el genocidio, en la primera mitad del siglo XX. Justo y junto con otros genocidios que ocurrieron en el mismo tiempo. El gobierno de José Stalin utilizó el exterminio masivo para extirpar a la  población civil rusa de origen germano. Alrededor de un millón y medio de civiles fueron aniquilados por el ejército rojo en menos de un mes durante  agosto de 1041, y otras unidades del gobierno soviético. Era para Rusia el comienzo de la Segunda Guerra Mundial y con ese hecho siguieron la estela de barbarie, como extensión de las hambrunas, y de la colectivización que caracterizaron el paso de los soviets por la Rusia histórica y que quedó atrás como casi ignorada mancha de vergüenza para el género humano. Los sobrevivientes de la primera parte de la matanza fueron los más afortunados pues los restantes debieron realizar largas marchas sobre territorios helados, hacia el Oriente y Siberia, para seguir muriendo como moscas durante las pesadas marchas, casi sin alimentos ni abrigo.

 Estadio mundialista de Samara, 2018

Fueron despojados de toda pertenencia y nunca pudieron regresar a las tierras y residencias que construyeron durante más de dos centurias. En total fueron aniquiladas casi 2 millones de personas sin respeto de edad, género o condición física. Hoy casi nada se lee al respecto cuando se abren reportes  de la moderna Samara, una de las principales sedes de este inminente mundial que se jugará en la orgullosa Rusia. En los años 50 de la pasada centuria, Nikita Krushev reconoció que la masacre de los alemanes del Volga había sido un magno crimen, pero jamás hubo otras formas de reconocimiento ni reparación por ese holocausto. Uno más de los acaecidos en aquellos tiempos de locura colectiva. Entre el 17 de junio y el 7 de julio se jugarán en Samara 6 partidos, 4 de la ronda eliminatoria y los otros 2 en las jornadas finales. Allí, entre los latinos, jugarán Costa Rica y Colombia. Esta última frente frente a Senegal, el 28 de junio. Los fastos de cita deportiva orbital jamás borrarán la tragedia humana que tuvo por escenario a esa ciudad del Volga y que no pocos prefieren seguir ocultando (aresprensa).   

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VÍNCULO DIRECTO: PUTIN, CAMPEÓN MUNDIAL        

Actualizado: miércoles 30 mayo 2018 18:58
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Mundial Rusia 2018 samara

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