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SE FUE TURBAY, UN ANIMAL POLÍTICO

Publicado el 15 de septiembre de 2005 / Archivado el 1 de octubre de 2005 

SE FUE TURBAY, UN ANIMAL POLÍTICO

No está en la línea editorial de ARES apoyarse en los hechos inmediatos para la reflexión sobre aquéllo que afecta a los iberoamericanos. Pero el fallecimiento del expresidente colombiano Julio César Turbay obliga a escribir en caliente.

Su figura y su gestión castigada de manera inclemente durante su mandato, entre 1978 y 1982, siguió sufriendo castigo mucho después de concluida su gestión presidencial. 

Sus adversarios no tuvieron compasión con sus debilidades e hicieron paréntesis en las probabilidades de sus aciertos y, sin embargo, nunca pudieron opacar su andar casino aunque  seguro en la política del país colombiano. Fue un hombre que no respondía con desbordes verbales los agravios a los que era sometido con frecuencia, ni siquiera con acciones políticas retaliatorias.  

Fue, en suma,  uno de esos personajes latinoamericanos típicos, a veces anclados en el folclore y con un cierto toque provinciano para fijar la impronta de su percepción del mundo. A pesar de ello tuvo siempre la astucia suficiente -dotado como estaba de esa cierta viveza criolla que permite sobrevivir- para hacer frente a las condiciones más graves de los tiempos en que vivió. Incluso se mantuvo firme cuando la tormenta política o personal arreció y desarboló a  quienes, enfrentándolo, aparentemente estaban mejor preparados para resistirla. El haber sido gestor e iniciador de procesos de paz en medio de la más dura confrontación armada de su país es el mejor indicio para juzgar su talante como animal político. 

Murió Turbay haciendo política  en la primera línea y eso habla de una fina intuición  que siempre lo mantuvo en el centro de gravedad de la situación, a los casi noventa años, ignorando achaques y la sorna de quienes lo sobreviven desde la otra orilla vital. Una primera línea que cualquiera debe estimar despojada de ambiciones personales inmediatas porque a cada momento demostraba que lo que le interesaba era el bienestar de sus compatriotas en un futuro que él ya no podría ver.  

Todo esto al margen del ajuste de cuentas histórico que le hacen sus críticos, quienes pasan por alto lo que, quizá, fue el mayor paso en falso de su política internacional: haberle quitado a la Argentina el apoyo de Colombia durante el conflicto de Malvinas. Una decisión  que ha quedado indeleble en la memoria americana, imposible de pasar por alto y que, durante generaciones, dejará un sabor amargo. 

Ahora, más de 20 años después, cuando se sabe que Chile,  el otro país de América del sur que declaró una sospechosa neutralidad durante el enfrentamiento de la Argentina con Gran Bretaña, mantuvo en realidad una alianza activa con la vieja potencia imperial, adquiere mayor dimensión de desliz histórico la decisión que el Ejecutivo colombiano tomó en aquellos episodios de recordación en disgusto.El alineamiento chileno en esa oportunidad fue en verdad un innegable acto de guerra contra su vecino. 

Pocos meses después de terminadas las acciones armadas en el Atlántico sur, el presidente Belisario Betancur restituyó la tradición solidaria de Colombia en el Continente, reponiendo a la Argentina el apoyo que le había sido negado de una forma que nunca quedará bien explicada.  

Paz en la tumba del expresidente Turbay Ayala (aresprensa. com).

 

EL EDITOR

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conflicto de Malvinas

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