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SIRIA, ESCENARIO DE SANGRE

Publicado el 03 de agosto de 2012 / 11.45 horas, en Bogotá D.C.

SIRIA, ESCENARIO DE SANGRE* 

Señalar al dictador sirio como un sangriento personaje de un oriental cuento de terror sería insistir en lo conocido y ello haciendo caso omiso de aquéllos que en occidente han rivalizado y rivalizan con aquél en historias sangrientas. Insistir en que la situación del país árabe se ha convertido en un factor más de desestabilización internacional también es repetir lo que ya se sabe. Lo realmente ominoso es que el mundo se mantenga como un espectador impotente del juego geopolítico de las hegemonías, para las cuales el pulso diario de violencia y la sumatoria de víctimas es menos importante que los macro intereses en disputa. Intereses que van desde los que defienden las facciones religiosas musulmanas internas hasta las posiciones estratégicas externas sobre el Mediterráneo y el cruce en el juego de Israel, que de nuevo vé amenazada su seguridad como Estado y su propia existencia. Todo confluye para agravar las condiciones del pueblo sirio y esa sumatoria incluye aquello que les interesa tanto a las potencias occidentales como a China y Rusia. 

Lo cierto es que la reciente deriva de los acontecimientos y el asedio de los impugnadores del régimen en Damasco en la propia capital, no aseguran aún un saldo definitivo para los bandos en contienda.  Nada de eso, todo parece indicar que todavía no se juegan las cartas definitivas y el desangre de la población civil en aquel escenario persistirá quién sabe hasta cuándo.  

En efecto, ni siquiera el reciente descabezamiento por acción terrorista de una parte importante de la cúpula militar, indica que el gobierno de Al-Assad haya quedado incapacitado para resistir a la ofensiva de sus opositores. Es cierto que el golpe recibido en Damasco acusa un giro de la asimetría militar que hasta hace unos días seguía favoreciendo al régimen alauita, pero como no todas las cartas están jugadas el pronóstico es pesimista en cuanto al cese de la violencia y del genocidio que afecta a los civiles, sin distinción de género y de generación.   

Las cifras de víctimas, por encima de los 20 mil, ya superan los cálculos más crueles de un conflicto de esta naturaleza y la deriva que ha tenido en este martirizado país. Lo que alguna vez se llamó la “primavera árabe”, ha pasado a ser una trágica y cruel ironía, tal como también lo fue en Libia y lo sigue siendo en otros países de la región.  

Muchos anticipaban que el desarrollo de los fenómenos de rebeldía que afectaron a estas sociedades desde inicios del 2011, sería diferente. Incluso durante más de un semestre, en el inicio de aquella “maldita primavera” que llegó también a Siria, las protestas fueron pacíficas. Fue la represión de Damasco, que se inició contra escolares, niños que protestaban, lo que encendió los ánimos y a partir de ese quiebre todo se precipitó.  

Resulta evidente que, en lo que hace a crueldad, la ampliación de la respuesta de las fuerzas de Bashar Al-Assad superó de manera geométrica el antecedente de masacres que ejecutó su padre, Haffez Al-Assad -quien inició esta dinastía de dictadores- hace 30 años en Hama.  El resultado de aquel holocausto de febrero de 1882 señala que la cifra de población asesinada osciló entre 10 y 40 mil muertes. El ejército sirio sufrió más de mil bajas en el enfrentamiento contra civiles. El uso de armamento pesado, poder aéreo y blindados contra la población civil, tanto ahora como en el pasado, torna perverso el argumento de que se está respondiendo por parte del gobierno sirio a una simple agresión de bandas armadas estimuladas desde el exterior.  

El heredero represor muestra con esos números de vergonzosa cuenta que ha resultado ser superior a su progenitor. Tales circunstancias incrementadas hacen pensar que ni siquiera lo ocurrido con el sacrificado Muammar Gaddafi, se asemeja a lo que en este mismo instante sucede en Siria. La amenaza del uso de armas químicas y la extensión de la guerra por fuera del país en conflicto llevan también a imaginar que las predicciones sobre el año 2012 están más allá de la simple imaginería apocalíptica.  

Dentro de ese marco infernal estuvieron los países del Alba, en patético apoyo del gobierno sirio, con el abanderado Hugo Chávez presentando una solidaridad verbal y simbólica hacia el déspota de Damasco, lo cual como acto folclórico sería cómico si no estuviese enmarcado en la tragedia. Son muchas las fuerzas internas que se cruzan en Siria y es cierto que esos grupos armados opuestos a Al-Assad, algunos de tenebrosa orientación terrorista, tienen apoyo de quienes en Occidente están listos para sacar un no menos tenebroso provecho. 

Pero está fuera de toda racionalidad el señalar que lo que ocurre contra Al-Assad es sólo el efecto de un complot internacional que no representa a una justa rebeldía popular. Esto sería poco menos que un disparate si no tuviese la carga de la complicidad manifiesta de quienes desde América Latina fueron a dar respaldo a la sangrienta represión del dictador contra su propio pueblo.  

Los datos de las otras consecuencias de esta guerra interna en Siria son tan alucinantes como las de los fallecidos en las acciones: más de 70 mil desaparecidos, 3 millones de desplazados y 300 mil refugiados en países limítrofes. Algunos de estos fríos datos se asemejan a lo que han dejado 60 años de conflicto en Colombia. El gobierno sirio ha generado en apenas un año y medio igual o mayor número de víctimas en lo que hace a daños colaterales de enfrentamiento interno. Ese cuadro de situación, y su continuidad, es lo que están apoyando los países del Alba (aresprensa). 

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* La columna Doxa fija la posición editorial de la Agencia de Prensa ARES

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