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SOL NEGRO PARA MACRI

ACTUALIDAD // Publicado el 24 de septiembre de 2018  //  12.00 horas, en Bogotá D.C.  

SOL NEGRO PARA MACRI 

El cuadro político y económico que proyecta Macri con su gestión es como el águila bicéfala: tiene una visión fracturada del mundo. Pero el ave imaginaria tiene a su favor obvias y evidentes razones históricas. La administración del presidente argentino se parece a la gestión anterior en ciertas formas de negación del desastre social y económico, que lo arrastra, porque no puede prescindir del relato mesiánico . En ese aleteo que no alcanza el vuelo, se asemeja a un águila bicéfala desplumada, sin gloria relevante, y con pocos o ninguno de los atributos que se les asignan en la leyenda a esos pájaros de rapiña. Ello por vía de la mitología tejida a lo largo de los siglos, en tanto que representan la autoestima y el poderío que ayer tuvo Bizancio y hoy Rusia. Otro mito comparativo por la negación es el del sol negro, aquel antiquísimo recurso semántico de las tribus germánicas que advertía sobre la ruptura con el pasado y el nuevo comienzo con sus riesgos. El nacionalsocialismo del último Reich trasegó con esa última imagen y así les fue con el desastre que precipitaron hasta la autodestrucción. La gestión anterior de los Kirchner fue para la Argentina la instauración de la barbarie saqueadora y esta otra saga de gobierno pareciera ser el imperio de la tontería, la improvisación y de los palazos de ciego, con la profundización del hundimiento encontrado para la república en el final del 2015. Al fin y al cabo, ese país llamado Argentina parece no querer renunciar al estigma de seguir siendo parte del Tercer Mundo y el hecho de llegar a gobernar con buenos modales en trueque de los denuestos, el delirio y lo hirsuto de una parte de la dirigencia del país -ahora en la oposición- no garantiza que las cosas cambien demasiado. Nada de eso, incluso pueden ser peores las señales del panorama en tránsito.

Escribe: Néstor DÍAZ VIDELA  

La Argentina vigente se encarga de reafirmar que lo que ya viene mal podría ser peor -como Murphy lo señaló, aunque no López sino el Murphy pesimista- y se sumerge aun más en su misera, sobre todo la que hunde a un 30 por ciento de su población. Pero el mito ayuda a veces y ya se sabe desde antes de la historia moderna, con la afirmación de la idea del estado nación, que para ordenar lo social fue necesario un mito fundacional propio para proyectar la mirada de autoafirmación que se perdió con la comunidad tradicional, corta y ligada con determinismos de sangre tradiciones ancestrales y étnicas. El estado nación moderno se reconformó como una comunidad imaginada y forzada por el capitalismo germinal y un reacomodamiento de las relaciones internas de cada sociedad en relación con el mundo, con una alteración vertical en la noción de soberanía e identidad. La gesta de la independencia es para la Argentina uno de esos mitos y vela mucho más de lo que exalta, pero se debería señalar que para los argentinos, y también los demás sudamericanos de habla española, el cortar los lazos con la metrópoli colonial trajo la dispersión y el principio del atraso aún asentado. 

Además, para el caso de los conciudadanos de Macri, la guerra de independencia fue en realidad no solo un cuadro bien logrado de disolución irrecuperable de la heredad española en el Río de la Plata, sino que además estuvo acompañado con mucho de vergüenza, porque el empeño independentista fue una sucesión de derrotas militares irredimibles. Esto trajo en consecuencia pérdidas irrecuperables de provincias que se negaron al llamado de construcción del nuevo país que proponía el puerto sobre el Río de la Plata. Fue una reducción tan drástica del espacio propio, que hacia el final de los años 40 del siglo XIX el inmenso territorio de lo que fue el virreinato con capital en Buenos Aires, había quedado en el dibujo como una porción de pizza incrustado en el mapa sudamericano, hasta que Julio A. Roca, hacia los años 80 de aquella centuria, incorporó a La Patagonia. En contravía, el mito fundacional argentino hace loas de lo que fueron tristes desastres y desaciertos políticos tanto como de armas que nunca pudieron enmendarse y, los remiendos se observan aun desde lejos, sin posibilidad de ocultamiento posible. Hasta con Bolivia perdió una guerra la Argentina en tiempos de Juan Manuel de Rosas. 

En tanto y casi en simultáneo, desde el Pacífico, Chile en Yungay y con Manuel Bulnes, derrotaba a la Federación Peruano-boliviana, ocupando Lima por segunda vez, como lo había hecho San Martín bajo bandera chilena casi 20 años antes. Argentina en la derrota de 1837 pretendía recuperar Tarija -que reafirmó las derrotas en el Alto Perú sufridas por las tropas de Buenos Aires, durante el periodo independentista- y el llamado Restaurador debió acatar lo que decidieron las armas, con la cola entre las piernas, renunciando de manera definitiva a Tarija y a la reparación por los gastos del conflicto de la independencia. La saga se proyecta hasta hoy y no siempre en el plano militar sino en el político interior, con consecuencias funestas para los argentinos. El país orgulloso de sus mitos reforzados sufre hoy sin redención una decadencia que arrastra desde hace más de medio siglo, además de haber desarticulado en la tres décadas de democracia su defensa estratégica, con severo peligro para sus intereses vigentes y futuros de plazo mediato. Macri y su equipo, como si estuvieran dentro de una burbuja que los sustrae, aparecen como un grupo light o new age, con veleidades banales expresadas bajo esa tendencia mientras el país se sigue derrumbando. 

Los integrantes del gobierno y el propio presidente, se muestran como flotando sobre la realidad y hablan de “buena onda”, inversiones mágicas que nunca llegan e irreales "brotes verdes" económicos, al tiempo que profundizan el endeudamiento del país a un nivel inimaginable -más de 100 mil millones de dólares- que de antemano se suponen impagables, incluso en un siglo. Eso incrementa los riesgos de desarticulación de una argentinidad construida a partir de los mitos fundacionales, dado que semejante deuda podría canjearse por territorios. Los mitos fundacionales son relatos extendidos en procesos de enculturación escolar y académica bien cargados de fantasía, no de una realidad contundente. Aunque esos mismos le permitieron al pueblo argentino vivir una bonanza y una ilusión de grandeza que surgió a fines del siglo XIX y duró casi hasta promediar el siglo XX. Ahora, el país sufre la amenaza de quedar balcanizado y Macri transita el sino de también ser responsable -no es el único- del sacrificio en estertores de su sociedad al borde la inviabilidad, además de quedar bajo el anuncio de ser señalado y enjuiciado como traidor a su patria. A la atmósfera de irrealidad que parece vivir el núcleo gobernante frente a la dura realidad que vive su martirizado pueblo, se le suma el latigazo de una de las espadas morales de la actual administración, Elisa “Lilita” Carrió: “la Argentina no tiene hipótesis de conflicto”, lanzó al público la dama,no hace mucho tiempo. 

El exabrupto tiene más de estupidez que de candidez, porque la Argentina tiene todos los conflictos posibles, los internos con la desesperación de los sectores sociales más vulnerables, el incremento de la pobreza y la indigencia a cifras alucinantes y sólo comparables en Sudamérica con la pugnaz Venezuela. A esto se agrega la toma del país por el narcotráfico que llegó, se asentó y campea en el norte, Rosario, Córdoba, Mendoza, Mar del Plata y el conurbano de la capital, desde hace algo más de una década, el cual se infla con la marginalidad de sus jóvenes sin esperanzas. En tal cuadro se suma el oscuro peligro que viene desde más allá de los bordes nacionales, con el señalado riesgo de la balcanización. Lo particular es que varios de esos males son recientes y otros, como acechanza, son históricos y recurrentes. Todos sus vecinos confrontantes por razones geopolíticas hasta no hace mucho, se han fortalecido en términos militares en tanto que la Argentina desarboló en estas tres últimas décadas su marina, su fuerza aérea y mantiene un ejército más formal que real para la eventualidad nunca elusiva de una agresión externa. 

Algo siempre latente mientras tenga al frente a Gran Bretaña y los restantes peligros de entorno, entre ellos el mencionado del narcotráfico como amenaza internacional extendida al interior. Aparece como descabellado pero es real, que un país que maneja todo el ciclo de la industria y la tecnología nuclear, con más de 20 centros aplicados y de estudio en estas áreas, carezca de una defensa mínima para confrontar los riesgos siempre presentes sobre esos centros. Una base militar china de observación y control espacial, se supone, quedó injertada en la Patagonia durante el gobierno de Cristina Fernández. Ahora, aparece como anuncio de inserción “amiga” la llegada de tropas norteamericanas a Tierra del Fuego y a las fronteras del norte. El misterioso hundimiento del submarino ARA San Juan en Atlántico Sur y cercano al archipiélago de Malvinas, en noviembre pasado mientras cumplía labores de inteligencia, es apenas la punta visible de las graves amenazas que acechan la integridad y viabilidad de la Argentina como país integrado e independiente en Sudamérica. Ese es el sol negro de Macri y de la sociedad que gobierna, o eso parece (aresprensa). 

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Actualizado: lunes 12 noviembre 2018 11:20
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