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SUBVERSIÓN ENCAPUCHADA

ACTUALIDAD // DOXA // Publicado el 31 de diciembre de 2018  // 12.00 horas, en Bogotá D.C.

 

SUBVERSIÓN ENCAPUCHADA *

 

En vísperas del cierre de año se firmaron los  acuerdos entre el gobierno colombiano y la comunidad educativa superior.  Esto aunque la delincuencia desestabilizante, que también es parte de quienes manifestaron en nombre de los estudiantes universitarios, volvieron a las de siempre atacando a la ciudadanía, el patrimonio de los civiles, además de los servidores y bienes públicos. Bogotá fue el principal escenario de los desmanes con estructura limítrofe entre el terrorismo y la agresión sin medida y al boleo, en tanto que en la sureña ciudad de Popayán un estudiante perdió uno de sus ojos a causa, según todo lo indica, de la acción de contención de las autoridades. Nadie  podría regocijarse por el hecho de que un joven quede disminuido en sus aptitudes físicas, en el marco de una refriega entre la policía y los  impugnadores, pero también debe decirse que la acción de control y contención social debe ser firme para poner limites a la intención de aquellos a los que poco les importa la integridad de sus semejantes sin capuchas. Esos que quedan expuestos en indefensión, como son los que van en el transporte público, en dirección a sus hogares o hacia sus trabajos y ocupaciones ejerciendo -ellos sí- un legítimo derecho: el de desplazarse con tranquilidad por las vías que a todos pertenecen.

El esfuerzo constitucional de  control que ejerce la fuerza pública puede producir daños colaterales, a veces lamentables, pero estos no pueden anteponerse a la necesidad superior de mantener el orden y la convivencia. El desafío y la falta de respeto hacia quienes llevan el uniforme que les otorga la institucionalidad, suele ser enarbolado con frecuencia por parte de quienes de manera constante suponen tener derecho a violentar a la ciudadanía y atacar con intención criminal a los uniformados. Son los mismos que después, cuando sufren las secuelas de sus propias acciones ilícitas, levantan banderas de quejas y lamentos que, por reiteradas y cínicas, aumentan la debilidad de la argumentación contra los deberes que impone la ley, lo cual no pasa de ser más que un metarrelato ficto, por reiterado, medroso, y sin sustento válido. El único interés de los vándalos operadores de esa política hostil es la reiteración al infinito de las maniobras de desestabilización y la generación de inseguridad reforzada por el terror que se pretende infundir.   

No puede insistirse en que existe una fractura entre los vándalos y los estudiantes que marchan y protestan en legitimidad. No hay infiltrados, son ellos mismos mezclados y camuflados entre los segundos. Son los mismos divididos en cohortes: la mayoría hace uso de su derecho a manifestar la inconformidad,  con frecuencia justificada, ante el todo social y ante los gobiernos. Los otros que no dejan de ser parte de los marchantes, aunque organizados en una facción diferenciada, ejecutan las acciones de terror y amedrentamieto. No son infiltrados, esa fractura que pretende deslindar responsabilidades y escabullir respuestas es una ficción complaciente. Una alcahuetería, como se expresa en lenguaje coloquial colombiano. Existe suficiente evidencia histórica y documentación vigente al respecto en el sentido de que hay un plan de largo plazo -al menos durante los cuatro años del actual gobierno- para debilitar los pilares de la civilidad y hacer implosionar el sistema democrático.

La larga agitación estudiantil vista en el país durante este semestre es una de sus facetas. Eso no significa que los reclamos de la comunidad educativa terciaria no tuviesen razones para sus reclamos y el llamado de atención activo, en la calles, no haya tenido fundamentos. El Estado entre sus muchas obligaciones debe tener, cualquiera que sea la bandería contingente del gobierno, una  disposición especial para atender las demandas de quienes se preparan para seguir orientando a la sociedad en un futuro mediato. Pero nadie que pretenda señalar con razones la falta de voluntad de los funcionarios para expedir los recursos que requiere una buena educación pública, necesita vestirse con capucha y cargarse con mochilas que llevan explosivos y objetos para el daño físico de quienes no quieren protestar o contra quienes llevan el uniforme de la legalidad.

Quienes lo hacen de esa forma y acuden a la violencia sistemática y serial son subversivos a plenitud, delincuentes, y están lejos de aspirar a que haya soluciones, pues lo que quieren es profundizar los problemas. En su esquizofrenia social suponen que “mientras peor mejor”. Así lo pensaban los impugnadores armados más radicales de los años 60 y 70. Ahora cambian las formas de confrontación, pero los objetivos siguen siendo los mismos. La lucha armada fracasó y sus residuos no tienen ya futuro,  pero los interdictores del estado de derecho siguen empeñados en sus obsesiones ideológicas, pues consideran que el camino  a seguir está en la línea de Venezuela, Nicaragua y satrapías similares. Para ello estimulan, a partir de sus centros motores de pensamiento hirsuto **. Una suerte de “revolución de  terciopelo”, uno de cuyos ejes es el de las movilizaciones, sin excluir formas focalizadas de violencia ciega como las que protagonizan los encapuchados.

Eso fue lo observado en las recientes jornadas realizadas hasta mediados  de diciembre, y en los antecedentes de similares dinámicas que aparecieron más virulentos durante estos primeros tramos del gobierno de Iván Duque. Es parte de un macroplan del que no está ausente el ex candidato presidencial y aún precandidato Gustavo Petro, quien desde el inicio y de manera reiterada ha aludido a un verdadero plan de derrumbe institucional mediante movilizaciones con control relativo y desequilibrante bajo superficie, aplicado de manera reiterada, convulsiva y permanente. Esto último no es democracia y recurso del derecho garantizado por la ley es, debe reiterarse, subversión a secas. Porque debe decirse que bajo el estado de derecho nada hay que justifique el vandalismo ni el intento de asesinato de los agentes que garantizan la seguridad del ciudadano inerme.

Esa forma de sedición que son las asonadas contra las autoridades y el ataque a uniformados y misiones médicas, como ha sucedido hace pocos días en el departamento del Cauca y en Caldas se suceden cada vez con mayor e injustificada frecuencia. Es caldo de cultivo para una extraña pedagogía inversa que lleva al desconocimiento de las normas y leyes así como de la autoridad legítima que emana de  la Constitución y de la necesidad de consensos básicos. Esos que incluyen el disenso al tiempo que rechazan la impugnación propia de la obsesión y el delirio sustantivo de la subversión. Bajo la teoría de las llamadas “revoluciones de terciopelo***, el frente de lucha alternativo que se plantea cuando fracasa el que va por el camino marginal de la lucha armada, busca de igual manera el hundimiento del Estado y de sus garantías y derechos, que corresponden al odiado “orden burgués”. Ese mismo que en sus escritos Marx enaltecía como “revolucionario****. Ese que no aceptan los corruptos revolucionarios violentos pero de pacotilla que pululan en el tercer mundo (aresprensa).

 

EL EDITOR -  diciembre de 2018

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*La columna Doxa fija la posición editorial de la Agencia de prensa ARES.

**Uno de ellos en la Universidad Nacional, sede Bogotá, y similares como la Universidad Pedagógica y la Distrital.

***Las llamadas revoluciones de terciopelo fueron teorizadas por el pensador norteamericano Gene Sharp. El esquema de alteración del orden social “ganando la calle” funcionó en los países que se apartaron de la Federación rusa, después de la disolución de la Unión Soviética. Aunque el origen está en la Checoeslovaquia de 1968 y el frustrado intento de instaurar un “socialismo con rostro humano”.  En la Argentina llevan adelante las movilizaciones de este tipo y objetivos, reconocidos líderes piqueteros, como Juan Grabois y Emilio Pérsico, entre otros, este último antiguo integrante de la organización delictiva que se hizo conocer como “Montoneros”. Personajes como Hebe de Bonafini y los restantes nombrados apoyan en la actualidad con movilizaciones callejeras golpistas a la ex presidenta Cristina Fernández.    

****En efecto, Karl Marx consideraba en sus escritos originales que el paso del valor del valor de uso al valor de cambio fue parte del andamiaje subjetivo y colectivo que conformó el eje del cambio de mentalidad desde la premodernidad al devenir moderno. Eso es lo que el pensador alemán entendía que debía señalarse como revolucionario del orden social de los nuevos tiempos. Los “revolucionarios” tercermundistas tienen escasas lecturas del Marx original y se conforman con los panfletos militantes, que con frecuencia pasan por alto en su origen la nuez de la reflexión marxista

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VÍNCULOSCRÍMENES SAUDÍES // CENTENARIO DE LA GRAN GUERRA
Actualizado: jueves 03 enero 2019 07:46
revoluciones de terciopelo colombia

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