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TODO MADURO SE ESTRELLA EN SU MURO

ACTUALIDAD  //  Publicado el 01 de febrero de 2019  //  10.45 horas, en Bogotá D.C.

 

TODO MADURO SE ESTRELLA EN SU MURO

 

Es un proceso que parece encontrarse en su recta final y, como ocurrió en Berlín hace ya tres décadas, el derrumbe aunque se veía venir como anhelo contenido, llegó de manera abrupta y sorpresiva. Todo había comenzado en la aurora del invierno ruso de 1917, tuvo su pico triunfal en la capital alemana en ruinas de 1945 y cayó sobre la cabeza de sus operadores de manera menos brutal de lo que había su hegemonía, de otras 4 décadas, ya no solo sobre Europa sino sobre el resto del mundo, en lo que se conoció como Guerra Fría. El muro de Berlín derrumbó la esquizofrenia ideológica y con él se disolvió la pretensión mesiánica de ir por delante de la historia o de llevársela por delante, como había ocurrido también al promediar el siglo pasado con aquel Reich que pretendió dominar el mundo por un milenio. Tampoco fue el paredón” de Castro y del “Che” Guevara, ese que pidió contra los apositores del chavismo el delincuente argentino Luis D´Elía. No, es el muro de la historia que les cobra cuentas a quienes contra él se estrellan. El mismo muro en Rusia también cayó con ese proceso que se llamó Perestroika y Glassnot, en tiempos de Mijail Gorbachov.

Escribe: Rafael GÓMEZ MARTÍNEZ

Aquella Guerra Fria que se supuso cerrada hace dos décadas pareció renacer en  América Latina, con el fogoneo que le dieron Cuba y Venezuela, el granito de arena de Nicaragua  y algo menos de aporte que hizo Evo, el altoperuano. Ese mismo  boliviano quien supone que la homosexualidad la causa el ingerir pollo. Aunque quizá ese sea su mayor aporte a la conspiración de sus compinches. Todos ellos bajo el paraguas del Foro de São Paulo, que ya vio apearse a uno de su fundadores, Luiz Inácio Lula da Silva, así como vio la desaparición vital de otro de los creadores: el gran geronte, Fidel Castro. Próxima a ellos marcha detrás ese vagón de cola que busca de nuevo el poder: Cristina  Fernández. Pero esta última, si pierde las elecciones del próximo octubre, verá declinar de manera irreversible su estrella negra, ya bastante eclipsada por los numerosos juicios de corrupción que la enfrentan al electorado y a la justicia  argentina, por “asociación ilicita” que en el lenguaje jurídico de ese país significa mafia.

Para los otros, los de Caracas, pareciera haber llegado la hora  de su crepúsculo, que no es  el de los dioses de Wagner, sino el del infierno que ellos mismos generaron. Ese conjunto de promotores consideró -de acuerdo con el pensamiento del Foro- que la  disuelta Unión Soviética había traicionado el “mandato de los trabajadores del mundo” y era el momento de que los latinoamericanos recogieran las banderas, para de nuevo levantarlas. El Foro emergió en 1990,  algo más de una década antes de asumir Lula su primer mandato, hace casi 20 años, en la urbe industrial del Brasil. Aquella ciudad que en tiempo de los portugueses vio marchar a los bandeirantes hacia la foresta el oeste -el mato grosso- y sembraron la idea de un país imperial, aunque nunca imaginaron que así sería, pero por obra del imperio de la mega corrupción y de la mano del bandeiranteMarcelo Odebrecht.   

El primer intento de la revolución rusa emergió en 1905, después de que la flota del zar fuera hundida por el Japón emergente como imperio, frente a Puerto Arturo, en el Pacífico. Sólo fue hasta 1917, cuando la monarquía Nicolás II se encontraba en un momento de máximo deterioro, que se produjo lo que se conoce como la revolución de febrero, la cual llevó al poder al primer Comité central, luego de la abdicación del zar, quien sufrió varios atentados antes de de su muerte trágica con toda su familia, asesinados en Ekaterinburgo, una de las sedes del Mundial 2018. Así acabó al  dinastía Románov, que gobernó durante casi tres siglos y construyó el imperio ruso, que los soviets llevaron después a su máximo nivel: el mundo. La expresión soviet define a la Junta o el consejo colectivo, al cual Lenin en el inicio de la  Revolución consideró heredero del nuevo poder omnímodo, que hasta el instante previo  había estado concentrado en el monarca. 

El nacimiento de los  soviets fue -según Andreu Nin- una creación espontánea habida cuenta del desarrollo  de los comités de huelga en el  maremágnum social de los tiempos previos a la caída de Nicolás. El entorno político de tiempo, lugar y modo, que incluyó la guerra con Alemania y Austria, hicieron el resto junto con la alianza de conveniencias entre germanos  y revolucionarios. El nacimiento de los comités de huelguistas que se encontraron con la idea organizativa de Lenin, ocurrió en el polo industrial textil de Ivánovo-Voznesiensk, que era el más importante del país por esa época. Ellos impulsaron la  expansión posterior de la huelga que cuajó con mayor fuerza en la joya de los zares: San Petersburgo, la gran ciudad que había fundado Pedro el Grande para orgullo propio y de sus súbditos. El detalle particular de esos grupos de agitación es que no tenían una conducción central ni un liderazgo intelectual. Eso les permitió a los otros -los de Lenin, entre los que estaban Trotsky y Stalin- capitalizar esa fuerza de intuición socialista pero sin timón.

Fue por eso que ese exiliado en Suiza y su grupo, arregló con los alemanes para viajar a hacer la revolución, y fue llevado por los germanos con el objetivo pactado de traicionar a su patria en guerra. Pudo retornar a Rusia dentro del tren del emperador alemán y fue después de esa vuelta que pudo proclamar: todo el poder a los soviets” y así se construyó el verdadero empoderamiento de la llamada  Revolución de Octubre. La bella ciudad del Báltico, centro de operaciones de Lenin luego de su llegada, era la que sostenía el movimiento huelguístico más prologado. En noviembre de 2017 el número de diputados del soviet fue de 563, la misma suma de legisladores que ahora tiene la duma rusa. La masa en huelga y movilización permanente, además de inculta e iletrada por entonces, había encontrado en Lenin y los suyos su “vanguardia lúcida”, como se decía en aquel tiempo y luego reprodujeron de manera mecánica sus exégetas de América Latina. Lo que vino después es parte de la historia fuerte del siglo XX y determinó la centuria precedente hasta hoy.

Eso incluye el espejo roto que muestra este subcontinente ibérico, donde los seguidores de Lenin y otras excrecencias no aprenden de la historia, aunque eso es lo que debieran aprender. Si hubiesen sido en verdad marxistas los creadores y seguidores de aquel grupo mesiánico que surgió en Petersburgo y después en Sao Paulo, -ese misma convergencia que ahora aspira a disolver Bolsonaro- no pasarían inadvertidas para ellos tales enseñanzas pues, como decían los griegos clásicos frente a las “condiciones materiales” de los sucesos que devienen: “la realidad es la única verdad. Pero eso no ocurre porque, como también dijo alguna vez Jorge Luis Borges de ellos, son “incorregibles” y ahí van de manera ciega al precipicio o aplastados por el muro que construyeron, hundiendo además a las sociedades que victimizan.   No aprenden de la historia porque fracturan la realidad en esquizoide sociopatía y construyen aporías, tan distantes de las utopías creativas. Estas otras utopías pudieron impulsar al género humano desde Europa a la ignorada América, en el siglo XV.

Hubo una más que, como utopía revolucionaria, descubrió la penicilina. También hubo otra  que puso en vuelo las aeronaves y está la que generó la aventura del mundo cuántico, entre tantas más que modificaron al mundo y permiten ahora tener un computador personal. Ninguna de esas revoluciones la hicieron criminales revolucionarios de pacotilla, sino quienes lo fueron en verdad. Ya lo dijo Marshall Berman en Todo lo sólido se disuelve en el aire”: los rusos no podían hacer una revolución con mayúsculas. Entre otras cosas porque carecieron de ciudades al estilo occidental (los “burgos”, donde se cocinó la mentalidad burguesa) tampoco tuvieron la revolución que fue el Renacimiento, ni la revolución industrial, ni siquiera alguna de las otras dos revoluciones políticas que significaron el ingreso definitivo de Occidente a la Modernidad: la norteamericana y la francesa. Así lo entendió Marx -siguiendo la línea de Berman- y quizá Lenin, pero no pudieron hacerlo la mayoría o casi totalidad de sus seguidores en la historia del siglo XX. No al menos los de América Latina y la evidencia está a la vista (aresprensa). 

VÍNCULOS: FRANCISCO, OTRO PASO POR AQUÍ  //  IVÁN DUQUE: HORA DE AVENTAR ESPANTOS
Actualizado: martes 05 febrero 2019 20:39
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