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TRAGEDIA DEL SUBMARINO ARGENTINO II

ACTUALIDAD  //  Publicado el 20 de diciembre de 2019  //  19.35 horas, en Bogotá D.C.

 

TRAGEDIA DEL SUBMARINO ARGENTINO II 

Nadie podría creerlo y en verdad hubo quienes no podían aceptarlo, después de un año de búsqueda y contradicciones: el submarino argentino siniestrado fue encontrado en el fondo del mar austral. Algunas especulaciones al respecto se cierran por ahora y surgen otras. Entre las primeras, estuvieron las temerarias, antojadizas e interesadas. Una de estas fue aquella que indicaba que la pérdida misteriosa del ARA San Juan no era un accidente trágico, fruto de un estructural y continuo proceso disolvente de las fuerzas armadas argentinas, sino resultado de un acto de guerra liso y llano, en una zona del Atlántico sur que no ha dejado de estar bajo un marco de conflictividad sin atenuantes. Pero es que incluso los mesurados disentían también con los desatinos del gobierno actual ante la situación dolorosa. 

Escribe: Néstor DÍAZ VIDELA 

Los voceros oficiales insistieron en fortalecer supuestos que rechazaban las posibilidades conspirativas sobre las razones del hundimiento. Lo cierto ahora y sin duda posible -es lo único que no deja dudas- es que coincidieron todas las circunstancias adversas que acabaron con la vida de los 44 marinos. No obstante, se mantienen dudas inquietantes al respecto y las reservas sobre la transparencia de la actitud y conducta del gobierno de Buenos Aires sobre la complejidad de lo ocurrido. Una de ellas tienen que ver con el momento del hallazgo y el tiempo transcurrido con el anuncio oficial. Al margen de la información dada por las fuentes que deberían estimarse serias, al cumplirse el año del destape sobre el hallazgo, hay señales que indican que ya había certeza sobre el sitio donde estaba el navío hundido, a poco de ocurrida la tragedia. Habría sido el buque de exploración ruso que participó en las primeras semanas de rastreo el que habría detectado el casco sumergido. Por ahora, sigue siendo una situación para nada fácil la que se presenta para el gobierno y para las familias de los marinos desaparecidos. 

Pero para estos últimos, los familiares de los tripulantes, al menos queda ya el consuelo mínimo de poder realizar un duelo necesario y merecido a los ausentes. En el lapso transcurrido desde la ocurrencia de la tragedia no cesaron las críticas y las versiones, sobre las causas del siniestro que se supone afectó al buque de inmersión, desde las más realistas a las más caprichosas y antojadizas. Dadas las circunstancias de lo acaecido el 15 de noviembre del año pasado, todo aun podía suponerse y también incluso ahora muchas cosas pueden negarse. Lo único cierto hasta el momento es que el buque de guerra desapareció con toda su tripulación y que a pesar de la búsqueda de meses, con algunos paréntesis injustificables, parecía no haber rastro alguno de la nave. A la angustia y la protesta de los primeros días por parte de los deudos de los marinos, los familiares mantenían por estos días, hasta el anuncio definitivo, la resignación relativa ante un panorama sin noticias ciertas y con un diagnóstico de todas maneras oscuro. 

Por un lado y por otro se mantenía la exigencia a las autoridades para que no se interrumpiese la búsqueda. Una jueza del extremo sur del país, Marta Yáñez, mantiene abierta la causa hoy ampliada cuyo propósito no es solo dar claridad sobre el asunto y las derivaciones jurídicas sino además delimitar las responsabilidades que corresponden, pero aún no surgen luces del juzgado. No es la única investigación en curso, también la fuerza responsable por la suerte del equipo afectado y la de los fallecidos, lleva adelante la pesquisa interna que debería derivar en sanciones posibles. Lo sucedido ya ha costado la cabeza de varios integrantes de alto rango de la cúpula naval y los actuales uniformados de insignia deben responder ante el Ministerio de defensa y ante los propios subordinados, lo pertinente con la suerte del buque de asedio y ataque. Pero eso no es todo, porque lo acaecido tiene consecuencias políticas y estratégicas graves, además de las circunstancias inmediatas que afectan aun más a la Marina, de manera directa, al gobierno y a la propia institucionalidad del país afectado. 

Por un lado, la Armada ha visto decrecer su capacidad operativa durante las últimas tres décadas hasta quedar casi imposibilitada de poder ejercer algún tipo de prevención o siquiera presencia efectiva ante las amenazas que afectan a la Argentina en su mar adyacente y a su integridad territorial en un futuro para nada lejano. En las últimas décadas la nación ha perdido por desidia, abandono político intencionado y el desmantelamiento directo, tanto su fuerza de portaaviones, como buques de gran calado e incluso la fuerza de submarinos, de la cual el ARA San Juan era una de sus últimas piezas. Al tiempo, se redujo en la práctica a cero su capacidad histórica de construir buques pues ya de desapareció el astillero Manuel Domecq, en los años 90, y el actual Astillero Río Santiago lleva tiempos sin botar un barco, o una simple lancha de turismo y esparcimiento. Ha sido esta la continuidad de una política tan criminal como suicida que incluyó el vaciamiento de la capacidad disuasiva de la Argentina para su propia defensa. 

Existen de manera hoy permanente varios factores coincidentes y dirigidos hacia el mismo fin autodestructivo. Todo comenzó después de la confrontación con el Reino Unido por la soberanía las islas Malvinas y archipiélagos cercanos, un conjunto insular con proyección sobre la Antártida. La convergencia de intereses externos y la aceptación pasiva de los mismos por parte de un sector amplio de la dirigencia argentina confluyen en favor del oscuro propósito. Lo ocurrido en la etapa democrática posmalvinas se prolongó luego con el acuerdo de Madrid que se firmó con su adversario histórico sajón en el Atlántico sur, en 1990. En los contenidos de ese documento se dejó a la Argentina con los brazos atados para ejecutar sus políticas futuras de defensa estratégica y, en la práctica, consolidó la presencia colonial y de posesión británica sobre las islas en disputa, así como en los espacios del entorno marítimo y territorial, a despecho de la reclamación de décadas que hicieron los argentinos por la vía diplomática. Fue en la práctica para los ingleses el lograr la rendición absoluta que exigió Jeremy Moore en junio de 1982 y que el jefe de la guarnición en Puerto Argentino, Mario Menéndez, no quiso firmar con la inclusión de ese término: “incondicional”. 

El responsable principal del conjunto de acciones de vaciamiento del estado argentino, y en especial de su capacidad de defensa, fue el ex presidente Carlos Saúl Menem, acompañado de su canciller de la hora, Domingo Cavallo. Menem se encuentra hoy refugiado con fueros en el Senado del país y pesa sobre él la sombra del repudio como traidor a su patria. Pero no ha sido el único en esas condiciones, pues el matrimonio Kirchner siguió con esa política de destrucción institucional y, sobre todo, en el oficio de volcar indignidad sobre las fuerzas armadas como conjunto. Otra evidencia de la continuada política disolvente que cruza el espectro de la clase dirigente argentina, es lo que ocurrirá en los próximos días, con ocasión de la reunión del llamado G20. La Fuerza Aérea Argentina, la misma que se cubrió de gloria durante la confrontación de Malvinas, no tiene siquiera una nave de combate en condiciones para proteger o siquiera escoltar a los aviones de los mandatarios del mundo que llegarán a la cita. Una verdadera vergüenza, a la que se suma el desparpajo de las actuales autoridades. 

En efecto, porque se sabe que el gobierno de Mauricio Macri a un año de terminar su mandato, seguiría pensando en implementar una hipótesis blanda de conflicto, apenas para contener la seguridad interna, con la delincuencia común y el narcotráfico en aumento -que por ahora parece incontenible- y sus consecuencias desestabilizantes. Es cierto que las fuerzas armadas del país han sido quebradas en su capacidad de respuesta efectiva para la defensa, no en su moral, pero Macri insiste en sacrificios mayores para sus miembros y sobre los recursos básicos. Exigencias que están más allá de todo límite y profundizan la condición de indefensión en que se encuentra la Argentina. La tragedia del ARA San Juan es apenas la punta de un iceberg negro que pretende ocultar la degradación y corrupción del estado argentino. En este último caso en vínculo con las reparaciones previas hechas al sumergible y, agregado a eso en lista parcial, a misiones temerarias ordenadas por el mando bajo condiciones de alta vulnerabilidad y en zonas de alta tensión geopolítica (aresprensa). 

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VÍNCULOTRAGEDIA DEL SUBMARINO ARGENTINO //  CENTENARIO DE LA GRAN GUERRA  //  BRASIL, ENCRUCIJADA SIN LULA    
Actualizado: martes 20 noviembre 2018 19:14
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submarino argentino hundido

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