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TRAGEDIA VENEZOLANA II

TRAGEDIA VENEZOLANA II

Fue una escena simiesca que hubiese movido a risa si no se hubiese tratado de un gambito para tapar el drama que significa la multitud atropellada por los uniformados en las calles. Podía verse al presidente Nicolás Maduro bailando y sonriente, tal como lo retrató su servicio de propaganda en medios televisivos, mientras en las calles sus fuerzas de ocupación constituidas por los uniformados leales y los grupos paramilitares afines y encapuchados, arremetían sobre ciudadanos desarmados.  En otro plano del escenario “revolucionario”, la puesta antijurídica y anticonstitucional de civiles ante tribunales militares ha ido cerrando toda posibilidad de salida civilizada y de control sobre la gente, que se manifiesta en las vías de las distintas ciudades venezolanas, repudiando a la camarilla dictatorial cívico-militar que encabeza Maduro. El cierre del siniestro ciclo que sufre Venezuela se anuncia más grave en la constituyente ilegal que se impondría, en beneficio de los victimarios que mantienen el poder disolvente de las trazas de institucionalidad pervivientes.

Escribe: Néstor DÍAZ VIDELA  

Los ciudadanos opositores que desafían al grupo gobernante -que en su vesania es igual o incluso peor que las dictaduras castrenses que campearon en América Latina durante la década de los años 70 e inicios de los 80- mantienen su desafío y el rechazo a los nuevos planes de redoblar la apuesta dictatorial. Es que en realidad Venezuela está sufriendo la opresión castrense con algunos civiles en su cúpula -pero con control directo desde los cuarteles y a control remoto desde La Habana- cuyos miembros ahora se han convertido en fuerza de ocupación comprometidos con crímenes de lesa humanidad y como violadores sistémicos de  los derechos humanos. Las cifra de víctimas civiles en las calles supera ya el centenar en este julio casi terminal de 2017 y nada indica que la sangría se detendrá, vista la intención de Miraflores de seguir adelante con la represión indiscriminada en las calles.

Eso además de la determinación de ajustar el paso institucional definitivo  y sin retorno a la desaparición de todo atisbo de democracia. Al tiempo que la presión callejera avanza en continuidad y porfía, se profundiza el desprecio a la voluntad popular y se insiste en la radicalización del modelo retrógrado previsto por el Foro de São Paulo, con intención de proyección sobre Colombia, país al cual el panóptico ideológico construido en Brasil por Luiz Inácio Lula de Silva y Fidel Castro -hace casi tres décadas- considera el “Ayacucho del siglo XXI”. Sujetos de otras latitudes, tales como Luis D´Elía y Atilio Borón en la Argentina, han aconsejado el uso de más fuerza, incluso mayor y abierta fuerza letal, contra los civiles venezolanos que rechazan la voluntad totalitaria por Nicolás Maduro.

La intención de esa corruptela gobernante es convertir a Venezuela en una suerte de nueva Cuba o una rediviva Unión Soviética, sólo que más bananera como en efecto aparece desde ahora, con su dirigencia kitsch y contranatura en su Weltanshauung, que convoca a la violencia, la tortura y el aplastamiento contra quienes se manifiestan con escudos “hechizos”, violines, gritos y piedras. Todo está ya por fuera de cualquier compostura y aprensión democrática: Maduro amenazó con imponer  su modelo y el de sus secuaces “con las armas”, si no logra otra forma de consolidar lo que se propone. De alguna manera se  entiende esa vocación por afirmar el estalinismo tercermundista e implantar la utopía tan perversa como esquizoide. Una tropical cortina de  palma en el contorno venezolano, con pretensión de similitud distante a la de hierro que alguna vez impuso Stalin en la desaparecida Union Soviética.

Una sombría evocación más con costa sobre el Caribe, a lo hecho por Lenin, quien a sangre y fuego en la Rusia del zar insertó su visión de los soviets hace un siglo exacto. No es para menos, los ¿pensadores? más radicales y mesiáncos del famoso foro paulista consideran que la dirigencia soviética, y en especial Mijail Gorbachov, traicionaron la herencia centanaria de los fundadores del estado soviético, cuando dieron al traste con la monarquía absoluta del zarismo, en 1917. Además, suponen que el derrumbe del socialismo de Europa Oriental no tuvo origen diferente al de la conspiración occidental, prolongada desde el interior del poder alcanzado alguna vez por los soviets. El delirio en la mirada que fractura la realidad supone que la revolución rusa cayó después de 70 años de vigencia por un chasquido de dedos producto de la traición interna y no de las carencias e inconsistencia intrínsecas que hicieron inviable el modelo.

Ya lo había señalado Marshall Berman en “Todo lo sólido se disuelve en el aire”, al detallar los vacíos de mentalidad que impedían realizar un proceso revolucionario en plenitud por parte de los sucesores de Lenin. Así, los seguidores de la indicada utopía perversa que se reimpulsó desde el Foro de São Paulo imaginaron que Venezuela, Cuba y toda América Latina por arrastre pueden llegar a hacer lo que no lograron aquellos rusos que en la primera mitad del siglo XX derrotaron en secuencia al zar y a los alemanes. El neogorilismo encarnado por esa izquierda siempre termocéfala que campea en la región, sigue creyendo que lo imposible es posible por el solo hecho de que lo posible que tocan terminan volviéndose imposible: eso es hoy Venezuela. La esquizofrenia social e ideológica produce estos hundimientos trágicos.

El país petrolero tiene todas las potencialidades que puedan imaginarse y solo un grupo de enfermos por el odio de clase, aunque conscientes operadores de la exclusión antidemocrática, pudo generar el desastre que está a la vista. Eso es el chavismo y su encarnación vigente que habla con pajaritos. Eso es en inferencia Nicolás Maduro y su gavilla, que le sigue con cánticos y consignas revolucionarias. La secuencia incluye a aquellos que lo acompañan a regañadientes mientras son ciegos solidarios en el  derrumbe, tal como ocurre con esos oficiales militares que no pueden volver atrás y que van adelante en la represión por sus compromisos con las economías ilegales. Esos que, además, incrementan sus patrimonios con la renta espúrea de las formas marginales de tráfico, entre las que se encuentra el comercio de sustancias prohibidas.

Esto en especial por parte de ese grupo de altos oficiales que ha dado en llamarse el “cartel de los soles”, por las insignias y rangos de los jefes uniformados comprometidos con el régimen atrabiliario y sus formas de enriquecimiento ilícito. Todo es desorden y caos en Venezuela. Caos económico, entre otros, y desorden social. Uno y otro castigan de manera inclemente, ayudados por la acción de una administración ilegítima -si es que alguna vez tuvo legitimidad- en particular durante el madurato heredero del chavismo. La subnutrición golpea al 11 por ciento de la niñez y se espera que esa cifra suba al 30 en los próximos meses, sin cifras oficiales, pues se pretende ocultar la magnitud de la crisis humanitaria. Un dato que muestra la hipoteca que se cierne sobre el futuro de la población venezolana y que es apenas una cifra mínima del atroz panorama.

El vocero principal de Miraflores insiste en reafirmar que esa catástrofe es parte del camino que se debe recorrer para alcanzar la felicidad revolucionaria. Un horizonte distante aún, pero despejado si fuese posible asentar la reforma constitucional que se iniciaría a fin de mes para que impere sin tapujos el mecanismo de coerción colectiva estalinista. Ese mismo que en Rusia produjo en tres décadas más de 20 millones de muertos. Él, Maduro, ya acumuló para alcanzar el propósito más de un centenar en apenas 3 meses, aunque en cifras el número funesto no para de crecer. Ya no puede llamar la atención el silencio de las izquierdas del continente en especial y del mundo en general ante la masacre diaria y por goteo. Aquellos que tanto claman por sus derechos y condición de eternas víctimas, callan de manera culpable y cómplice ante el desgonce venezolano.

Es ominoso y una verdad degradante ese mutismo de los sectores impugnadores de las formas democráticas, tan acuciosos con verdades concretas o que no lo son tanto por los excesos del sistema -excrecencia del odiado capitalismo- y sin palabras para denunciar a uno de los suyos que no duda en gritar a los cuatro vientos que su sociopatía es por un fin noble: la imposición del socialismo incluso en contra de la voluntad de las mayorías. Porque no es casual que se hayan retrasado los calendarios electorales previstos y esté en mora la renovación de alcaldes y gobernadores, la revolución en marcha exige borrar la democracia con un nuevo tinglado constitucional, que diluya incluso lo hecho por Hugo Chávez hace pocos años. Instalar un nuevo ordenamiento constitucional sobre el hoy vigente y también violado en sus contornos y contenidos, es una voluntad autoritaria, urgente y absoluta para Maduro y su tropa. Aunque hay otra sospecha más sombría: la camarilla quiere asegurar de hecho su permanencia en el poder porque no tiene sitio hacia dónde escapar (aresprensa).                      

                  

 

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Actualizado: domingo 30 julio 2017 20:12
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