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TRASPIÉ DE DUPLA RELIGIÓN-POLÍTICA

Publicado el 10 de abril de 2018 // 15.45 horas, en Bogtá D.C.

TRASPIÉ DE DUPLA RELIGIÓN-POLÍTICA

En el empate previo de la primera vuelta electoral costarricense la suerte parecía echada en favor de la opción política replegada en la negación  a los espíritus más liberales. Eso se esperaba en el pequeño país centroamericano que se ha distinguido por la apertura de pensamiento y costumbres, ese que por décadas rechazó las dictaduras que lo flanquearon en las fronteras inmediatas. Se suponía que Costa Rica caería bajo la tentación de un nuevo gobierno con mirada más conservadora y en coincidencia con los intereses de sectores católicos afines. La justa electoral realizada el primer domingo  de abril le dio un mentís a esa posibilidad. Así fue, y la promocionada democracia de Costa Rica superó un hito importante que muestra en relieve los  cambios de mentalidad que sobre la política y otros temas de principal importancia definen en el continente el perfil de estos tiempos de confusión relativa y realidad impactante.

Lo de Costa Rica es un vuelco imprevisto y de trascendencia para un país que por lo general se muestra aparte de las convulsiones de su entorno: violencia potencial y concreta no contenida, alteración política por experimentos políticos que generan desconfianza y una evolución económica que depende en mayor medida que otras regiones de lo que pase en el mundo. Uno de los fenómenos que impactaron en esas elecciones centroamericanas recientes, como ápice de los cambios de mentalidad, es el ascenso a primer nivel de la visión religiosa metida en la política, aunque esta vez haya tropezado con una derrota de coyuntura. Esto es: no parece  una caída estratégica en términos  regionales porque resulta claro que  es Centroamérica la zona que al sur del Río Grande ha sentido en mayor medida esto del ascenso de los protestantes metidos en los negocios  de la política y de sus clases dirigentes. Algo que contiene una profundización de la crítica medular aunque velada a las tradiciones de la Iglesia Católica y una erosión de credibilidad hacia las formas de gobernanza y a su corrupción estructural.  

Ese ascenso de los partidos con tendencia  confesional no católica  ya no novedad en América Latina, pues Brasil y Colombia han demostrado que es seria la cosa en lo que hace a las fuerzas electorales que vinculan ese sensorium y militancia con la faena política. Los llamados “cristianos” que son en realidad los protestantes que antes se autodenominaban evangélicos, han crecido de forma geométrica en las últimas décadas y en esta gran porción del mundo. Tanto como nunca lo hubiesen imaginado las potencias hegemónicas en las que esa forma de cristianismo rebelde y anticuria romana hubiesen aspirado en tiempos pasados de dura lucha imperial. Dos  factores han aportado para que este cuadro se muestre de esa manera: el relativo deterioro del prestigio del papado por los escándalos internos  de la iglesia romana y la señalada degradación profunda de la clase política y empresarial regional. Es una cierta forma de  desencanto con la democracia tal como se la ha conocido desde que estos espacios geográficos y sociedades que dejaron España y Portugal se convirtieron en repúblicas.

En tanto que algunos grupos a inicios del siglo XX abrazaron doctrinas contestatarias de fuste marxista, anarquistas o del socialismo moderado para confrontar con el modelo poscolonial, a posteriori de la Segunda Guerra Mundial los modelos religiosos de las potencias vencedoras renovaron su manera de presentarse y adoptaron la estrategia de incidir en las decisiones de la sociedad y el Estado sin renunciar al mensaje trascendente de sus creencias. Los resultados están a la vista y lo sucedido en Costa Rica deja en evidencia lo exitoso del modelo. La crítica a Roma suele ser abierta o velada, aunque siempre está presente y de manera tácita se estima desde esa ribera de la crítica que los problemas centrales de la sociedad y el deterioro de las relaciones sociales está vinculada con la óptica religiosa del viejo papado que heredó el mensaje de Cristo. En la suma, es la visión renovada del también viejo capitalismo norteuropeo que confrontó con Roma desde el siglo XVI y se trasladó después a Estados Unidos y Canadá.

Bajo ese amplio paraguas histórico y de visión del mundo disputaron primacía en la tierra de los ticos, el conservador evangélico Fabricio Alvarado y el candidato del gobierno que sale: Carlos Alvarado. La suerte parecía estar echada desde el momento de aquella primera vuelta que le dio el triunfo relativo al crítico del sistema desde la orilla evangélica. El primero se impuso por casi un 25 por ciento del electorado, en tanto que el otro Alvarado arañó un 22 por ciento. No hubo un ganador contundente en el primer choque de fuerzas, pero se marcaba una tendencia que se estimaba no iba a variar en el segundo pulso, pero eso no ocurrió y contra todo pronóstico el oficialismo se impuso por amplio porcentaje. En las cuentas definitivas el Alvarado que jugaba con las cartas del oficialismo y mantenía la visión blanda y concesiva hacia los cambios de la época, mantuvo el flujo de las corrientes de opinión que han hecho de Costa Rica lo que es. Venció en el pulso definitivo que apoya la relación igualitaria de pareja sin distinción de género, los derechos familiares para las parejas sexualmente diversas y la aceptación de las definiciones que al respecto hace la CIDH *.

Lo ocurrido en Costa Rica fue una punta estadística que repite el fenómeno que ya es frecuente en América Latina: el ascenso sin freno posible  de los sectores protestantes que articulan las definiciones religiosas, a veces radicales, con la participación política activa y clara vocación de poder. Tal como se señaló, Centroamérica es una evidencia palmaria de ese estado de cosas y lo acaecido en Guatemala con el ascenso del presidente Jimmy Morales a la presidencia del país, señala el rumbo del apoyo militante y mayoritario de los evangélicos para el caso guatemalteco. Lo ocurrido en la cercana Costa Rica  es el anuncio de lo que sigue en lapso mediato. Pero  si se mira el mapa del resto del continente puede observarse lo mismo: si los evangélicos aún no ganan por sí solos, los sectores tradicionales buscan su apoyo como un seguro para la victoria. Eso sucedió en Colombia con el plebiscito de 2016, de rechazo al acuerdo del gobierno con las Farc. De la misma manera hoy se disputan ese apoyo en el país cafetero al menos dos candidatos con opción presidencial para las elecciones inminentes.   

Dentro  de ese marco de referencia puede incluirse la presencia frecuente del Papa en América Latina, lo cual no tendría tanto que ver con el hecho de que Francisco es nativo del vecindario, sino con el panorama descrito. Esto por una razón sencilla: la Iglesia Católica ha perdido en pocas décadas el apoyo contundente que tuvo en esta zona durante medio milenio, desde la llegada de los ibéricos a conquistar y colonizar. La última y reciente visita a Chile, donde el Pontífice llegó para ser duramente castigado, está ligada al hecho  de que el país austral y Brasil son  las dos sociedades donde es más fuerte el crecimiento de estos fenómenos y, para el caso chileno, el proceso de secularización -que  suelen acompañar por naturaleza los protestantes sin renunciar a obsesiones religiosas- que ha sido rápido y marcado. En Brasil el alcalde de Río de Janeiro pertenece a una de estas confesiones y tiene casi un centenar de parlamentarios elegidos con voto protestante. Uno de los candidatos a la presidencia que se definirá muy pronto, levanta consignas cercanas a esa visión y podría triunfar si Luiz Inácio Lula da Silva, en definitiva, no pudiese aspirar a retornar al Planalto. Es por eso que puede decirse que lo de Costa Rica es apenas un traspié de circunstancia que no cambiará la evolución del ascenso protestante al primer plano de la política latinoamericana (aresprensa).            

EL EDITOR

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Corte Interamericana de Derechos Humanos   
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Actualizado: martes 10 abril 2018 17:32
costa rica elecciones 2018 protestantes

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