logo_aresprensa_notas
UN BUEN NOBEL DE LITERATURA

Publicado el 25 de octubre  de 2017 // 19.15 horas, en Bogotá D.C.

UN BUEN NOBEL DE LITERATURA

No cayó bien el otorgamiento del Nobel de Literatura a Bob Dylan en su versión 2016, pero  sí hubo buen recibo  ahora con la definición del lauro para el anglonipón Kazuo Ishiguro. Pareciera que la academia sueca recobra el rumbo y comprende de manera rápida que no se puede andar a bandazos con decisiones que mellan su prestigio, tal como ha ocurrido en los últimos años con algunos nombres entre los galardonados con el Nobel de Paz. Aunque quizá la decisión también tenga carga polémica en el sentido de que, conocido el galardonado 2017, los integrantes del comité escandinavo se sacan de encima por un tiempo a otro japonés que en los últimos años estuvo de manera permanente en la primera línea de candidaturas: Haruki Murakami.

La alegría por el  retorno a los fueros no puede excluir una cierta amargura al quedar otra vez marginado el candidato eterno del Lejano Oriente, como lo fue alguna vez Borges entre los latinoamericanos. Para no hacer más profunda la grieta que abrió el otorgamiento del premio a Dylan y trazar un puente entre un exabrupto concreto y otro que pudo haber sido, se premió a alguien que escribe tanto para leer como para ver y no para cantar. Debe decirse que el nuevo Nobel de Literatura es hincha del cantante que estuvo a punto de rechazar el galardón del año pasado. Esto del rechazo que no se concretó en la versión anterior, mostró que el beneficiario tuvo algo de vergüenza y alivió la sorpresa resistente a la figura del famoso baladista de lo que fueron los tiernos años 60. Esa década de las flores y The Beatles, en medio de  la Guerra de Vietnam, los hippies y el mayo francés del 68.  

El Nobel de 2017 es un hombre preferido por el cine y sus escritos aparecen adaptados para la pantalla en un número suficiente de filmes protagonizados por figuras de primera línea. Suficiente como para tener una nombradía que le sirva a un candidato de primer rango para cualquier cosa importante. Esa podría ser una curiosidad para nada vinculante con los méritos para alcanzar el escenario central de la literatura. Podría. Sin embargo, no cabe duda que suma al reconocimiento previo que alivia el paso para llegar a la cumbre. Hay otras curiosidades en este Nobel.  Es Ishiguro japonés de nacimiento y no solo eso: vio la luz en Nagasaki, pero no el destello de la bomba atómica que lanzaron los norteamericanos sobre la ciudad en agosto de 1945, en alianza con los ingleses que luego cobijaron a la familia del ahora premiado. Kazuo Ishiguro nació nueve años después y al poco tiempo sus padres, junto con él, se trasladaron a Gran Bretaña.

Eso fue en 1959, cuando ya se insinuaban los “años maravillosos”, esos que traían el miedo por la posibilidad del holocausto nuclear generalizado, cuyas consecuencias en Nagasaki fueron anticipatorias, al tiempo que la revolución estética y de la esperanza de paz permanente que, sobre todo la música del rock, hacía estallar en los oídos de los jóvenes revolucionados y en rebelión contra los valores establecidos desde el final de la gran guerra previa. La cola de esa saga la vivió Ishiguro sobre el terreno y en su etapa final, cuando rasguñaba la adolescencia.  En la secuencia, el joven nipón inició sus pinos literarios en inglés que ya en etapa madura y hasta el momento produjo 7 novelas, además de un conjunto de relatos y guiones cinematográficos entre otras alegrías en sumatoria, con discreta aparición y sin fulgores de prima donna, hasta ahora .  

La historia personal del flamante Nobel dice hoy de un cierto olvido de la lengua japonesa que trajo incorporada desde su país de nacimiento y el llevar colgado en su cuello la condición de oficial de la Orden del Imperio Británico. Muy distante entonces la vida de este escritor que salta un escalón definitivo de reconocimiento, de su compatriota originario, Marukami, quien ha construido su obra literaria con base en la materia prima de su lejano país de nacimiento. Este otro escritor resigna sus posibilidades -otra vez- en un colega bien homogeneizado por la cultura occidental y en un momento en que su país de adopción debe hacer frente a no pocas condiciones de crisis de imaginario  y maneras de relacionarse con el mundo, en particular cuando renace la desconfianza de los europeos, que ha sido constante en los últimos siglos, hacia una Inglaterra que por tradición sólo piensa en sus intereses.

Por ejemplo, ahí está el choque cultural y político de los británicos con la minoría  musulmana que mantiene una suerte de presión inevitable en su entorno sobre los migrantes y la sospecha que llama al miedo  irrefrenable, el cual en consecuencia potencia la violencia y la exclusión tácita al tiempo que concreta, aunque haya un alcalde musulmán en Londres. También el premio se lleva alzada la crisis del brexit, que golpea una buena parte del ancestral aislamiento británico frente al continente inmediato y bloquea las expectativas de los más jóvenes que no votaron pero rechazan las costumbres de sus mayores. Entre ellas y precisamente eso del aislamiento a toda costa, sostenido a capa y cañón, salvo cuando les redituó comprometerse con sus vecinos, y velando la incontaminación imaginada ahora imposible frente a lo extraño.

Eso extraño que sí puede ser colonizado pero con el cual estuvo prohibido mezclarse. Es la vieja mentalidad  del imperio que se resiste y permanece contra lo que pretende agrietarla. En ese ajuste de cuentas el  premio Nobel a Ishiguro tiene -otra vez- una cierta connotación política en favor de los migrantes y en contra de la discriminación larvada o explosiva. Al tiempo que se posterga quizá para siempre a Marukami por un japonés que ha demostrado ser receptivo y “domesticado”, en apariencia, por Occidente. Eso es el contorno del tema en un premio que siempre alcanza a recibir ataques por sus decisiones a veces desconcertantes como esa Dylan, pero que no carga el desprestigio serial -no aún- que arrastra sin remedio el Nobel de Paz. La seña de la Academia en ese sentido es doble y trata de quedar bien, aunque lo logre a medias, con todo el mundo.

Para recordar las veces en que estos dos premios mayores han estado cargados de sesgo político y más allá de los méritos indiscutibles de los laureados, baste recordar a Boris Pasternak en ese final de los 50, o Pablo Neruda en los 70 y por razones opuestas a las del ruso. Incluso Gabriel García Márquez no se escapa de la sombra parcial del sesgo que relieva a unos y oculta a otros, a capricho de la circunstancia política inmediata o del rechazo ideológio epidérmico al candidato eterno, como ocurrió con Borges. Más cercana en el tiempo ahí aparece con la marca, no siempre agradable de presentar, la bielorrusa Svetlana Alexiévich, quien en el 2015 con su premio supo sacar de casillas a Valdimir Putin y a los nostálgicos de la Unión Soviética. En ese mismo plan vuelve la Academia a premiar a la lengua inglesa, en secuencia reiterada.

La Academia suele ser displicente y sorda también en otras áreas. Los escandinavos son sordos, por ejemplo, para enterarse que ya desde el año pasado el habla española dio el grito de que la inflexión castellana es la primera en número de hablantes  en condición universal. Ellos, en el norte de Europa, son sordos a un clamor como ese. Un cierto prejuicio protestante atraviesa decisiones hacia la cultura con tradición católica y en eso el español pierde batallas, aun cuando no sean pocos los escritores de habla española galardonados con el Nobel de Literatura. Quizá eso sea así en una suerte de consideración histórica con la figura del “buen salvaje”, sobre todo cuando es al tiempo un “buen revolucionario”, lo que no obliga a ser al tiempo un buen escritor.    

En beneficio del nuevo Nobel que cabalga en al menos dos culturas, debe señalarse que  su novela más conocida es “Los Restos del día”, publicada en 1989 y llevada al cine con guión de Harold Pinter, otro Nobel previo en lengua inglesa.  Después de un prolongado paréntesis reapareció hace dos años con “El Gigante enterrado”, una historia también de factura inglesa sobre los tiempos del control romano en las islas británicas. Dos destacadas entre siete, con otros títulos como “Un Artista  del mundo flotante” o “Pálida luz en las colinas”.  El texto que acomodó Pinter para el cine en 1993, fue protagonizado en pantalla por Anthony Hopkins y Emma Thompson, nada menos. Otros relatos, como por ejemplo “La Condesa rusa”, fueron llevados a imagen fílmica por Ralph Fiennes, Vanessa Redgrave y Natasha Richardson. Esos datos dicen del espesor de la obra del novel Nobel y lo resguardan de una posible crítica hiriente (aresprensa).        

 ---------

ARTÍCULOS CON RELACIÓN DIRECTAESPAÑOL, PRIMERA LENGUA UNIVERSAL  
Actualizado: miércoles 25 octubre 2017 19:27
Related Articles: COLOMBIAMODA, EL BUEN CAMINO OSCAR 90, IMPUGNACIÓN AL BUEN CINE ADIÓS ANGUSTIAS, BUEN VIAJE A RUSIA BUENOS AIRES: AVANZA FERIA MAYOR DEL LIBRO NEGOCIOS: MÚSCULO DE ESE NOBEL DE PAZ BUENOS AIRES CERRÓ SUS LIBROS BUENOS AIRES ABRIÓ SUS LIBROS HOLANDA: LITERATURA POR LA PAZ SEMANA DE LA MODA EN BUENOS AIRES BUENOS AIRES: CERRÓ FERIA MAYOR DEL LIBRO
kazuo ishiguro nobel de literatura 2017

Visitas acumuladas para esta nota: 528

¡SÍGANOS Y COMENTE!