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UN PAPA EN AMÉRICA LATINA

Publicado el 06 de abril de 2012 // 17.05 horas, en Bogotá D.C.

UN PAPA EN AMÉRICA LATINA

Fue una visita pastoral con alto contenido político. No puede ser de otra manera para el paso que acaba de concluir por América Latina el líder espiritual del catolicismo, Benedicto XVI. Es esta la región que tiene mayor peso en la feligresía de la iglesia romana y de esa condición  de partida surge la trascendencia específica de esta visita papal. El breve recorrido por México y Cuba, en la última semana de marzo, deja como estela y, para las decisiones y la reflexión de sus seguidores, la reiterada necesidad de hacer un corte a la violencia que azota a la nación azteca.  En tanto que para Cuba se renovó el requerimiento de transformaciones y la transición a opciones democráticas diferentes a las del sino político de más de medio siglo en la Isla.

Estas incidencias que deja el viaje de Benedicto por América Latina no traen nada nuevo. Ambos panoramas son conocidos con suficiencia y para nadie es un secreto que no se esperan sobresaltos sobre la situación cubana vigente, al tiempo que el flagelo que azota a México y su contenido motivacional, atravesado por el tenebroso negocio de las drogas, está muy lejos de atenuarse. En todo caso, cualquier visita papal por su simbolismo tiene derivaciones con frecuencia imperceptibles, que se prolongan y hacen evidentes con el paso del tiempo.

Una prueba de ello es el cambio de la ecuación que trajo en las relaciones Cuba-Vaticano y sobre todo la del gobierno isleño con la cúpula de la iglesia local, después de la anterior visita de Juan Pablo II, hace tres lustros. Benedicto es un Papa que ya había estado en Brasil y el hecho de que haya visitado el espacio de un estado emblemático para muchos latinoamericanos, como es el de la Isla y, en el mismo trayecto se detenga en el  mayor país de habla española, hace suponer que la Iglesia pretende afirmar los lazos y la atención sobre el grueso de sus seguidores en el mundo.

En efecto, la mayoría de quienes se sienten ligados con  la iglesia  romana se encuentran en América Latina y existe un cierto sentimiento local que dice que El Vaticano no le da tanta importancia a esta zona del mundo como sí lo hace con otras regiones donde el catolicismo no es tan importante.  Al tiempo, junto con el señalamiento anterior, se insiste en que la Iglesia no atiende con suficiencia y como lo exige la hora, los profundos problemas de la región.

Esa crítica es radical y sin atenuantes, pero tan relativa como aquella que siembra dudas sobre la actitud del Vaticano en la Segunda Guerra Mundial o la de su política frente a los religiosos que se desvían de sus compromisos de celibato y se comportan como depredadores, sub judice de los códigos penales del mundo y del mismo derecho canónico. Es natural que la Iglesia le preste mayor atención en los espacios donde aún puede captar mayor cantidad de fieles y que su presión pastoral sobre los poderes políticos sea medida y prudente.

La Iglesia Católica es una institución religiosa y por cercanos que sean sus necesarios vínculos con los poderes sociales contingentes, no es un partido político. En tanto, en el otro plano del extenso cuestionamiento, la congregación de Pedro ha sido parsimoniosa como todo lo que es tradición en sus asuntos de administración con sus miembros pero eso no significa que haya sido siempre indiferente al tema por el que sufre acusaciones. En realidad, ha tratado de mantenerse al margen de otra sensación extendida: el de que las acusaciones van cercanas al interés de otras congregaciones por deteriorar su presencia en el mundo.  

Esto sucede al tiempo que en América Latina se trazan hipótesis de alarma por el crecimiento de los credos cristianos, pero de raíz protestante y no se acaban los temores que enfrentó su antecesor Juan Pablo por el riesgo de un nuevo cisma alentado por sacerdotes vinculados con corrientes políticas de izquierda, e incluso abiertamente marxistas. En este campo, las nuevas relaciones con el gobierno de La Habana atenúan los ya distantes peligros claros que se presentaron en la década de los años 80.

No son éstos los mejores tiempos para la Iglesia pero también es cierto que la institución ha sabido capear tempestades en sus dos mil años de existencia y las crisis, a veces prolongadas y profundas, no le han restado importancia en un mundo que pasó desde la Edad Media al presente por cismas como el protestante en el norte de la Europa del siglo XV y de conciencias controladas a seculares, al tiempo que de sociedades tan modernas como escépticas. Todo esto sin que sus concepciones del hombre y del mundo hayan dejado de superar los obstáculos con adaptaciones que le han permitido a sus jerarcas ser siempre atendidos y seguidos.

Su tradicional vínculo con los poderes políticos de cada hora y cada siglo siempre ha dado frutos para su feligresía y para su propia existencia como institución. La queja extensa en realidad apunta al hecho de que América Latina tiene una realidad bicéfala: mientras sus cifras de crecimiento económico en la hora suben en un marco de crisis mundial y caídas generalizadas de las cifras, la desigualdad social y el crecimiento de las brechas que separan a ricos de pobres se mantienen e incluso se amplían. Las postergaciones políticas por la distribución de los frutos del trabajo siempre generan inquietudes en las distintas jerarquías religiosas de los países de la región.

Colombia, por ejemplo, sigue manteniendo su condición de ser uno de los países con mayores asimetrías sociales en el área. La Argentina, en tanto, ese país que en una época fue el de mostrar en la zona, mantiene un 35 por ciento de su población por debajo de la línea tolerable de pobreza. Pero en Colombia es también cierto que la Iglesia ha estado en las últimas décadas atenta en su misión pastoral, con las alternativas del prolongado conflicto armado que ha ensangrentado al país durante más de medio siglo y ha sido mediadora permanente de todas las instancias que han surgido para apostar al camino de la paz o aliviar el sufrimiento de quienes han sido y son víctimas de las contingencias del conflicto. Esto, lo ha hecho la iglesia colombiana con credibilidad y confianza de todas las partes comprometidas en el enfrentamiento fratricida. 

El caso cubano y el interés por el ahogamiento de la diferencia en concepciones políticas y el respeto por aquellos que consideran que Cuba merece una democracia renovada y con diferente sesgo del tradicional que rige en la Isla desde 1959, deja incógnitas sobre a quién beneficia esta visita del máximo representante de la influyente institución romana. Algo similar pero no idéntico, en lo que hace a reticencias, ha sucedido en México.

Bajo la preeminencia de Benedicto se ha prestado una mayor y mejor atención a las acusaciones que en el mundo se dirigen a los abusos de prelados y sacerdotes, pero crece un sólido clamor para que se le preste aun mayor atención a este asunto que aporta a la distancia que parece tomar una parte de la feligresía católica con sus pastores. El caso del mexicano Marcial Maciel y de sus emblemáticos Legionarios de Cristo es un punto negro en ese sentido y no se ha sabido que en esta visita papal se haya escuchado a quienes en México siguen planteando sus denuncias y detalles por el escandaloso caso.

Al mismo tiempo, en la isla caribeña no se ha sabido de quejas de la jerarquía eclesiástica por la represión contra opositores durante la presencia de Benedicto, en contravía de las gestiones y resultados que dentro de las nuevas buenas relaciones obtuvo la Iglesia en el alivio de condiciones de los marginados de conciencia y la libertad a presos políticos. El apostolado del Papa alemán es transicional y su trabajo siempre se ha señalado como de afirmación de lo que le dejó su antecesor. Nadie le puede pedir que tenga el impacto que tuvo un carismático Juan Pablo II quien aportó nada menos que a la conclusión de la Guerra Fría (aresprensa).

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