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UN VIRAJE PARA MÉXICO

Publicado el 29 de junio de 2018 // 21.30 horas, en Bogotá D.C.

UN VIRAJE PARA MÉXICO

 En pocas horas y mientras la selección mexicana se prepara para disputar su partido de octavos de final ante Brasil, en Rusia, los electores aztecas definirán quién será el próximo presidente del país. Todos los pronósticos apuntan al triunfo del izquierdista Andrés Manuel López Obrador, y esos pronósticos no son los de las estadísticas tabuladas por método científico y las consecuentes proyecciones inferenciales. Se trata de un sentir en las calles y en la percepción que existe en las gentes y clase dirigente de toda América Latina. Eso del ascenso definitivo de la aspiración presidencial por parte del veterano candidato no es una simple anécdota política pues, en primer lugar, “como México no hay dos” y porque ese probable triunfo contestatario atenuado se produciría cuando se observa un retroceso de las izquierdas a cargo de gobiernos regionales. Además, el país latino de norteamérica limita con un Estados Unidos, gobernado por Trump y eso anticipa mayores tensiones con el vecino y socio en un pacto comercial desestimado por los estadinenses y, finalmente, porque México tiene un fuerte peso geopolítico demográfico y cultural que es determinante entre todos los demás de habla hispana y latinoamericanos por extensión.

Escribe: Manuel GAITÁN *

 Es el tercer intento del aspirante mexicano por llegar a Los Pinos y esta vez -que sería la vencida, según el dicho popular- se considera por generalización que se trata de un triunfo inevitable para un hombre que en los intentos anteriores no ha dudado en calificar que se le ha escamoteado su triunfo en las urnas. Esa no sería una hipótesis desdeñable debido a que en México, con sus costumbres políticas de castas gobernantes, las posibilidades para candidatos alternativos y de grupos emergentes en lo social, se ha considerado como una ilusión distante en lo que hace a posibilidades de consagrarse en proyectos semejantes. Esos límites de la democracia mexicana es una de las mayores desventajas que se derivan de una mala praxis constante en el juego democrático, que no solo ha perjudicado a los mexicanos sino que tiene una historia vulnerante extendida en buena parte de América hispana. Todos los índices de medición en la intención del voto señalan que López Obrador -AMLO, como se le conoce en la jerga cotidiana- han medido por lo menos un 15 por ciento de ventaja por encima de sus rivales inmediatos. Nadie pone ya en duda lo que sucederá este primer domingo de julio con el hecho electoral mexicano.

El proceso no solo le da las mayores opciones a López Obrador, también definirá la representación parlamentaria en la renovación de los puestos para 128 senadores y 500 diputados federales. Un trámite electoral que combina la representación directa y la proporcional en una relación aproximada de 75/25. Es por eso que se considera que el triunfo eventual de López Obrador podría convertirse en una absoluta carambola de billar, que le permitiría ejercer su mandato con pleno respaldo parlamentario para poder desarrollar su plan de gobierno y de reformas, de acuerdo con su pensamiento alternativo y de estrategias afines. ¡Juntos haremos historia!, dice alguno de los estribillos de campaña del candidato y eso como mensaje entre líneas que acompaña a la propaganda, es lo que llena de inquietud a no pocos en la región, junto con la certidumbre del triunfo de López Obrador. Eso significa lo siguiente: la historia en la propuesta para México , ¿será similar a la que se desarrolla en Nicaragua y Venezuela?, por citar sólo un caso de populismo revulsivo en la zona.

 México también podría convertirse en un libreto nuevo que articule transformación social con libertades ampliadas, acompañadas con la búsqueda de una imagen remozada para la izquierda continental, en la intención de que se disuelva el temor al autoritarismo y la erosión a la democracia formal y representativa que hoy campea en la sensibilidad del vecindario. Así entonces, la platea latinoamericana está ante un nuevo e inevitable triunfo de la izquierda populista, ahora en el vigoroso escenario mexicano donde se conjugan varios procesos sociales que son retadores en grado superlativo. Ese contexto tiene dos círculos que lo enmarcan, el primero en el interior de la sociedad mexicana, el otro un paso más allá de su frontera inmediata y la más importante: el norte. En el seno de ese país que tiene el peso de los casi 130 millones de habitantes, hay vigentes 24 carteles operativos alrededor del negocio de la droga y sus actividades al margen de toda ley, salvo la propia, que cubren todos los estados y la mayoría de las ciudades importantes del país. La violencia generada por esas estructuras tiene impacto colateral en la generación de otras violencias afines o indirectas.

En paralelo aparece un crecimiento económico inusitado desde la creación del TLC, en 1994, como alianza comercial ventajosa y aparentemente indefinida con Estados Unidos y Canadá. En ese caldo hicieron su agosto los capitanes de empresa e industria que conforman oligopolios no siempre dispuestos a prestar oídos a la turbación social y una de cuyas cabezas emblemáticas es Carlos Slim. Un espacio de confusa movilidad entrampado por las poderosas fuerzas en superficie y ocultas que convergen y lo hacen cada vez más confuso, al tiempo que atravesado por la pugnacidad sangrienta ya anticipada. Esta última empujada desde abajo desde arriba y por los flancos, que hacen erupción en diferentes momentos y espacios, por instantes asociada y con frecuencia con actores disímiles y por coyunturas de pragmatismo pedrero. Para hilvanar todo lo reseñado vale señalar que el panorama que se presenta no es nuevo, tiene graves antecedentes y condiciona la jornada electoral inminente. Ya en el 2006 apareció la sombra de la deslegitimación del árbitro electoral -INE- por su dudosa actuación en ese año, al sancionar el triunfo de Felipe Calderón en la pugna presidencial, precisamente, sobre las aspiraciones de un López Obrador doce años más joven.

En la suma de repetitivos hechos y alianzas criminales, aparece como señal de largada el asesinato del candidato presidencial Luis Donaldo Colossio, en 1994 y en plena campaña para presidente, con triunfo asegurado y anticipado. Ese acontecimiento trágico durante la hegemonía del PRI marcó el inicio de la nueva historia de violencia que erosiona la estabilidad del país y que poco a poco lo arrincona en términos de calidad de la gobernanza y de alto riesgo para la continuidad del pacto social necesario en la vigencia de una anhelada democracia madura y en evolución. El salto a la escena de la economía ligada con el narcotráfico afirma las apuestas y desafíos de una criminalidad que ligada a instancias privadas, sectores políticos y de la propia administración estatal, es más que una amenaza presente. En este lapso previo a la apertura de las urnas, una treintena de candidatos regionales han sido asesinados a la luz del día y a lo largo del país. Eso dice también que en el cuadro de situación descarnada, el crimen de Estado es una carta que se mueve en la mesa. Desde la violencia previa extendida, en los albores del siglo XX, en la confrontación fratricida propia de la revolución, México no había vivido algo parecido.

 En la última década, la estela de sangre ha dejado unas 300 mil víctimas mortales y desde el asesinato de Colossio la pila muertos podría superar al medio millón. Si se quisiera hacer comparaciones aventuradas sería necesario mirar hacia Siria, donde hay una guerra abierta y con todas las letras. Es alucinante y eso en un panorama de contrastes increíbles o solo comparables con las obras del realismo mágico y libros anticipatorios como los que dejó Juan Rulfo. En la otra parte de la contradicción está el México moderno, rico, poderoso, sofisticado e integrado con éxito innegable a la economía mundial. Como una cuña entre ambas realidades también está la memoria y la nostalgia de lo heredado en las luchas agrarias de Villa y Zapata, la nacionalización petrolera de Lázaro Cárdenas, el poder de los sindicatos y el manejo político imperial en lo interno de quienes se autoasignaron, vía PRI, el legado revolucionario, con el inicio de la corrupción y el manejo cleptocrático de la hacienda pública. Esa memoria colectiva no excluye el sabor amargo que pervive por la pérdida de más de la mitad del territorio que les dejó España, en manos de los excluyentes vecinos del norte. Los mismos que ahora levantan un muro del desprecio para apartarlos de una vez de la herencia territorial y del llamado sueño americano”.  

 En ese marco de referencia, que espera un eventual triunfo de López Obrador, el probable nuevo presidente fundamentará su fuerza en sus propuestas de campaña y antecedentes administrativos locales. Entre ellos, el subsidio público a la población vulnerable, la pulcritud en el manejo de los recursos públicos, aparejada con la lucha frontal contra el delito, incluido el narcotráfico. Esto último, si se alcanzara un acuerdo previo con el elusivo presidente Donald Trump. Otra promesa de cumplimiento en ciernes es la cobrarles impuestos “representativos” a grandes empresas y capitales. El último paso al triunfo anunciado ha sido el de disolver la reticencia de los sectores de poder financiero a su presencia en Los Pinos. Eso incluye a la clase empresarial de Monterrey, la más ligada a la mentalidad desarrollista de sus afines en los Estados Unidos. El otro escollo es tan sutil como protuberante y se presentaría durante el ejercicio del gobierno a punto de alcanzar. Está en el residente de la Casa Blanca que revive el recuerdo de aquel otro presidente que amenazaba con el gran garrote, y golpeaba. La prueba histórica viviente está en Guantánamo y Panamá, así como ahora lo está en los niños enjaulados, el muro y el desprecio hacia el moribundo TLC (aresprensa). 

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Académico venezolano, experto en problemas globales contemporáneos.. 

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Actualizado: sábado 30 junio 2018 09:06
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