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UNA GUERRA FRÍA QUE SIGUE

Publicado el 18 de marzo de 2016 / 15.15 horas, en Bogotá D.C.

UNA GUERRA FRÍA QUE SIGUE

Se dice que esta visita por tres días del presidente norteamericano a Cuba es el cierre, ahora sí, de un medio siglo largo de tensiones y reyertas geopolíticas, de ignorarse y de atacarse no solo en la retórica. También en los hechos de los escenarios diplomáticos y en el terreno de los conflictos que en un tiempo se llamaron de “baja intensidad”. Esos mismos enfrentamientos sangrientos y de plazo extenso, como los concebía Mao, que protagonizaron algunas de las guerrillas del continente, las Farc de Colombia entre ellos. Aunque incluso con esta inédita visita de Barack Obama los cierres no son completos, pues ahí sigue el bloqueo de la gran potencia mundial sobre la isla y sigue también la dictadura que precipitó el panorama que ahora pretende cerrarse paso a paso, sin prisa y sin pausa. Este avance de Obama muestra el fracaso anunciado de una política norteamericana que prolongó la Guerra Fría, con toda la carga de simbolismo que arrancará este domingo 20 de marzo. Al tiempo que la dictadura supérstite de los hermanos Castro también muestra la persistencia ya debilitada de la puja que dejó el reacomodamiento mundial después de 1945. Pero ahí tampoco se agota la ecuación de un pulso de fuerzas que enfrentó a norteamericanos y soviéticos, estos últimos como aquellos rusos que volvieron a ser lo que siempre fueron y así siguen: una civilización aparte que nació de la caída de Bizancio y hoy sigue adelante con intereses planetarios y en disputa.

Escribe: Néstor DÍAZ VIDELA

Pero las distancias, tensiones y confrontaciones que arrancaron en plena Guerra Fría en el Caribe, a fines de los años 50, no eran nuevas y tuvieron antes de ese tiempo a los mismos países protagonistas. La propia guerra de independencia cubana, a fines del siglo XIX, así lo señalaba en el momento en que Fidel Castro impugnó a su vecino y se alió con la Unión Soviética. El tiempo previo al resurgir de la tensión caribeña fue la de Alfred Mahan, aquel marino e improvisado geopolítico norteamericano que convenció a la dirigencia wasp* de fines del siglo XIX, la cual imbuida del Destino Manifiesto, demostrado en la contienda contra México y la propia confrontación interna entre el norte y el sur, no pensaba en detenerse ni frenar ambiciones territoriales. Por eso aprovechó la lucha interna cubana para enfrentar a España y quedarse con lo que le quedaba de su perdido imperio, en el Pacífico y el Caribe.

La dirigencia de los Estados Unidos ya tenía la noción y los hechos históricos que la respaldaban en la búsqueda de preeminenca, Mahan les dio la teoría: el dominio de los mares aseguraría la supervivencia y superioridad de unos Estados Unidos que nacían como gran potencia, con un mare nostrum al estilo romano en el Mediterráneo, que en este caso no era otra cosa que el inmediato Caribe. De esa manera tendrían también para el futuro al Pacífico como verdadero mar propio, administrado desde California y con frente en Hawai primero, en Guam y Filipinas después. En esa línea, el propósito manifiesto de acompañar a José Martí y sus seguidores en su lucha de liberación tenía intenciones más profundas y ocultas: quedarse con la principal isla caribeña. No lo lograron de manera total, pero allí quedaron Puerto Rico y Guantánamo como evidencia implícita de la intención manifiesta. La ahora alicaída revolución de los Castro también quedó como muestra residual de la primera resistencia, revestida desde 1959 de la ideología contestataria que se impuso en la primera mitad del siglo XX.

Porque debe decirse que, así como hubo resistentes al golpe imperial decimonónico de los Estados Unidos tanto en Cuba como Puerto Rico, también hubo quienes en aquellos tiempos aspiraban entre los cubanos a que la guerra de independencia contra España terminase con la integración de la isla mayor como una estrella más de la bandera que ya tenía las barras. Una polémica que en Puerto Rico aún no concluyó y que, de alguna manera, en Filipinas tuvo en Manuel Quezón como uno de sus voceros emblemáticos, hacia los años 30 del siglo pasado. Ese repaso debe ser puesto en lista para revisar ante lo que evoluciona ahora como un reencuentro curioso y casi imprevisto de las autoridades máximas de ambos países y que para nada es justificatorio de las sombras del sistema totalitario y negador de derechos que, aunque debilitado, persiste en la isla que fue “perla” hispana.

Raúl Castro Barack Obama

                                                                                                           

La visita de Barack Obama a La Habana, a despecho de la repulsa de sus adversarios republicanos y de una parte de la pugnaz comunidad cubana de primera generación en el exilio, lleva ahora también oculto un sibilino encargo: atenuar el péndulo ideológico que alienta Cuba desde hace décadas y que ha convertido al mar Caribe en un nuevo escenario de confrontación geoestratégica, ahora reforzada desde Caracas y Managua. La sorpresiva presencia de Rusia y China, más allá del espacio restringido e insular de Cuba, le causaría hoy horror tanto a Mahan como a quien fue su amigo en vida, el expresidente Teodoro Roosevelt, aquel del “big stick”. Una presencia extracontinental que, si bien no está consolidada, es fuente potencial de futuros conflictos y niega la visión nostálgica del mare nostrum caribeño de exclusiva hegemonía norteamericana.

Si bien Venezuela se debilita y ahoga en el torbellino de sus propias contradicciones, al tiempo que Nicaragua no es aún un jugador de primera línea, la diplomacia y proyección estratégica de Washington quiere aportar a la declinación de la gerontocracia cubana con el menor costo posible y terminar frenando el dinamo que alienta apetencias de eventuales y nuevos vecinos díscolos. De ese panorama no queda excluida Colombia, pues un imaginado fin del conflicto interno de ese país, que tuvo en la subversión a Cuba como ejemplo de lo que es posible, no concluye con la hipotética desestimación de la lucha armada. Esto debido a que, tal como sucedió en Venezuela y otras sociedades cercanas, el voto y la puja democrática también es una forma de lucha -bajo una mirada fundamentalista en lo ideológico- para el asalto del poder y la imposición no descartable de modelos mesiánicos y negadores del juego democrático.

Un proceso que en una primera etapa les permite a sus operadores acceder al manejo de los resortes del Estado para después cancelar derechos y libertades de las mayorías, poniendo al país víctima en condición de forajido. Los cambios lentos en el modelo cubano y la paulatina reinserción de ese país en la comunidad de países “normales”, le aportarían a Washington una tranquilidad que necesita en un momento de alta conflictividad internacional en otros teatros de conflictos vigentes y en ciernes. El polígono de seguridad geoestratégica que conforman Panamá, San Andrés (Colombia) y Puerto Rico, son una pieza maestra de seguridad regional sobre la que los norteamericanos no quieren correr riesgos con nuevas aventuras ideológicas, que ya comenzaron a desactivarse en la Argentina y en un Brasil con severas dificultades en curso político y judicial (aresprensa). 

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