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VENEZUELA, SE AMPLÍA EL DRAMA

ACTUALIDAD  //  LA TERCERA OREJA  //  Publicado el 12 de julio de 2019  //  18.10 horas, en Bogotá D.C.

 

VENEZUELA, SE AMPLÍA EL DRAMA

 

Las condiciones deplorables que sumergen a la población venezolana, la que sigue en el interior y la que aumenta como diáspora, no inmutan a la cúpula cívico militar de Caracas que desafía su destino para nada amable. Ahí  están y siguen contra todo pronóstico y oposición, incluso después de cada empujón sus integrantes parecieran fortalecerse aunque nada del entorno los favorezca. A veces parece mentira y propio de una especie de realismo abstruso, siniestro, pero también es cierto que los bolivarianos siguen teniendo algún apoyo interior y exterior contra toda evidencia tolerable. Son los vecinos y cercanos de la misma madera ideológica y política, es decir, de los sectores militantes de izquierda y contestatarios de distinta índole quienes suponen que cualquier aberración de un régimen afín es tolerable si se opone al capitalismo, así sea en verborrea. También son los resignados, aquellos que si reciben una paquete de escasa comida -copia del modelo de racionamiento cubano- se callan o apoyan aunque sea sin convicción pero con conveniencia de estómago vacío. El drama se profundiza al conocerse el asesinato de un oficial en retiro de la Marina, sometido a brutales tortura en las mazmorras del régimen. Se trata del capitán de corbeta Rafael Acosta Arévalo cuyo crimen se conoció casi en simultáneo  con el lapidario informe de Michelle Bachelet sobre la situación de los derechos humanos en el país.

 

 

La reciente visita de la Alta Comisionada para los derechos humanos a Venezuela, reconociendo de manera fáctica a Nicolás Maduro y a su régimen, fue objeto de toda crítica por una fuerte corriente internacional que no tolera la crisis multidimensional en la que se encuentra sumergida la sociedad venezolana. Unas cinco mil personas cruzan por día la frontera de Colombia y al menos la mitad de ellas no regresa. Solo en el suelo limítrofe la población flotante del vecino se aproxima a la cifra descomunal de un millón y medio de personas, lo que deriva en un impacto fiscal también descomunal y de difícil asimilación. En el interior de lo que fue un estado joya de la prosperidad y riqueza -sin que en sus mejores momentos la clase dirigente tradicional hubiese dejado de dilapidar el ingreso petrolero, antes de la llegada de los bolivarianos- no obstante la gran marginalidad  y corrupción evidente, se profundiza la grave situación, social, sanitaria y política. La miseria inducida y la democracia agonizante son parte del cuadro que presenció la Comisionada de las Naciones Unidas, absteniéndose empero de una condena inmediata a los responsables directos.

Es que sin duda en el interior del país y también afuera, la impensada coincidencia del señalado apoyo al régimen y de quienes han tenido la intención de derribarlo por la fuerza han manifestado su torpeza reiterada. Dar un golpe armado no es algo difícil de imaginar en un continente en donde los putschs son o fueron una experiencia continuada y exitosa durante décadas. Pero eso no fue así en esta inexplicable Venezuela que se debate entre la desesperación generalizada y la frustración de no poder marginar a Nicolás Maduro de su asiento en Miraflores, ni a sus cercanos. Estos a veces parecen tambalearse pero recuperan  el equilibrio, mientras reciben otros golpes de diverso tipo, incluido el de algunos uniformados de las instituciones armadas, que  aparecen ahora fracturadas como nunca lo estuvieron antes. En esto de la indefinición ayudan las chapucerías de la oposición que presiona y se desgasta en vocerías estridentes y queda arrinconada también por sus errores inexplicables. La esperanza sin argumentos de que la crisis interna debilitaba tanto al régimen que solo hacía falta un empujón para precipitar la caída de la asociación ilícita bolivariana vuelve con persistencia a pifiar y esa vez, en el inicio del año y al promediar el semestre pasado, de manera al menos vergonzosa.

Para el caso vale mostrar lo ocurrido en el último día de abril en algunos cuarteles de Caracas. Aquello que ocurrió no podría calificarse como un golpe de Estado en sentido pleno porque en este momento se trataría de voltear a un estado ficto y forajido, el de Maduro, impactado por las aspiraciones de un gobierno paralelo que no pierde del todo su credibilidad porque quien está en la otra orilla carece de toda posibilidad de crédito. Eso excepto en los segmentos extremos de la sociedad, siempre minoritarios. La banda criminal asentada en Miraflores no representa a un Estado en sentido pleno y menos a un estado de derecho. Los interpeladores que se agrupan en la Asamblea Nacional, por su lado, tampoco tienen legitimidad plena sino forzada, mientras la tragedia se incrementa día a día, hora a hora, haciendo de víctima propiciatoria a la población inerme y en desbandada por distintos países del continente y más allá. Por ahora, nada  señala que sea posible revertir esa sangría de una población en condiciones de aportar.

En su mayoría, los que huyen son jóvenes pero no solo son ellos los que escapan, la condición etárea es variada después del núcleo principal entre quienes buscan oportunidades de sobrevivencia, aunque sea precaria, por fuera de Venezuela. La desbandada esconde una estrategia vesánica por parte del régimen de Maduro: es una estampida tolerada que en el fondo y más allá de la mala imagen proyectada -lo que poco le importa a la camarilla de Miraflores, tal como ya lo ha hecho público- beneficia su continuidad al frente de la administración y a su pretensión al margen de la propia Constitución del país. Esa dinámica negra crea una suerte de “desesperanza aprendida” en quienes deciden permanecer en el país asediado, aprendida en el sentido de aceptación de la pérdida de toda esperanza en la eventualidad de que las cosas puedan cambiar y entonces es mejor “dejar que todo siga como está”. Sería una suerte de pedagogía al revés, que bloquea la intención de resistencia y crea, a la inversa, una forma de resignación ante las circunstancias adversas.

En esa línea, los que se van serían los opositores potenciales o activos y los que tienen fuerzas o soporte  académico para emprender un nuevo proyecto de vida en el extrañamiento. Esos son los que el régimen no necesita ni quiere bajo la imposición de su control. No interesa el número de muertes extrajudiciales, dentro de esa racionalidad genocida -serían al menos 7 mil en menos de dos años, según el gráfico informe de Bachelet- y los experimentos previos al respecto ya se han efectuado con buenos resultados para quienes impulsan la estrategia. Para eso están ahí Cuba, y en el tiempo hacia atrás la Unión Soviética y los países que conformaron la órbita de esa hegemonía después de la Segunda Guerra Mundial. Nicolás Maduro llama fascistas a sus opositores pero nada más parecido a aquellos regímenes del siglo XX que lo que él mismo y su entorno está produciendo contra su propia gente y contra el entorno regional. Esto último porque el propósito también estratégico es desestabilizar a los países que reciben a la migración masiva que produce Miraflores y que podría alcanzar en el futuro cercano a un 20 por ciento de la población venezolana (aresprensa) .    

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VÍNCULOSROBO EN LA EMBAJADA  //  SERÍAN MACHOS PROBADOS              
Actualizado: viernes 12 julio 2019 18:30
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