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YVES SAINT-LAURENT Y SU SINTONÍA CON UN SIGLO

Publicado el 14 de junio de 2008 / 17.40 hora de Buenos Aires 

YVES SAINT-LAURENT Y SU SINTONÍA CON UN SIGLO

El recientemente fallecido creador francés no fue un hombre del siglo XXI, su sincronía fue con el siglo anterior. Pero el peso de su talento innovador se prolongará hasta bien entrada esta centuria vigente, la cual aún no muestra su propia impronta. La desaparición física de Yves Saint-Laurent es un testimonio de esa proyección cultural e ideológica que va más allá de sus marcas físicas patéticas: el curso de una vida impactante y la muerte inevitable. En suma, si bien su parábola vital corresponde a otro tiempo, sí ha sido un hombre que deja un texto legible para el nuevo siglo. Además  dejó para la posteridad una máxima que vale como categoría universal en cualquier orden de la actividad creativa: "la moda pasa pero el estilo queda". 

Escribe: Néstor Díaz Videla

La vida lo encontró como diseñador cuando ya la guerra de todas las guerras, la Segunda, había dejado el espacio para lo que la modernidad, como proyecto de Occidente con pretensión universal, había elaborado durante quinientos años: la posibilidad de disfrutar todos los bienes que produce la intervención del hombre en la naturaleza y su emancipación de las ataduras religiosas o profanas habían señalado como destino humano. El hedonismo es una de las evidencias de esa inercia cultural que construyó el espíritu moderno.

El hedonismo es la autocelebración del hombre por el hombre, una suerte de "sí mismo para sí mismo" que no reconoce paternidades en la celebración de sus logros, ni siquiera la Divina. Una representación material de la felicidad, o pretensión de la misma, que encuentra en la relación con los objetos la construcción de su propio sentido.

El hombre moderno, con dudas frente a la promesa de una eventual redención ultraterrena, encuentra en el ideal de progreso y renovación constante de lo alcanzado, su mejor expresión de reemplazo del destino ligado con una determinación por fuera del mundo. Sin esos puntos de partida culturales resulta difícil concebir el papel de hombres como Yves Saint-Laurent en la sociedad y en el siglo que hace poco concluyó.

Eso, porque el siglo XX fue el fin de "esa historia", el tiempo de la conclusión por llegada a lo que aspiraba generar, del proyecto moderno: un sacrificio de varios siglos para hacer una propuesta de felicidad. Una felicidad que, ya se sabe, no es para todos ni se distribuye con justicia. Es más, se trata de una gratificación material que ni siquiera es suficiente para quienes creen tocarla. Pero, dicen los que saben, ese no llegar a la meta no es responsabilidad del proyecto, sino de algunos de sus ejecutores.

En suma, el tiempo moderno es el de la preparación de las cosas del entorno mundano para generar la posibilidad de un horizonte terrenal dispuesto hacia el encuentro del placer y de su disfrute sin deudas metafísicas, como expresión material de cierta expectativa de felicidad posible y buscada. Allí, en esa visión de mundo,  se plantan la industria cultural y una de sus ramas: el diseño, la moda, el arte generado por la técnica. Esos elementos nos permiten comprender que el escenario de la moda y su creatividad implícita no sólo son banalidad, también es un texto social y una lectura cognitiva del tramado social.

 

EL APORTE DE YVES SAINT-LAURENT

 

Lo anterior nos señala que el mundo moderno es, en buena medida o en toda la medida, el escenario de una cultura atada a las dinámicas del mercado. Es el ámbito de una concepción de las cosas en la cual los bienes culturales nunca podrán desligarse del valor de cambio, aunque puedan haber sido creados para el valor de uso. Esto, claro está, dicho sin asco y sin temor al rechazo de quienes aún conciben a los intangibles de la cultura y a sus expresiones materiales  por fuera de las lógicas de ese mercado. 

 

En ese contexto cultural Yves Saint-Laurent  fue un distinguido pied-noir de extracción social y familiar media aunque con talento de élite, testigo y autor del esplendor y la decadencia de la cultura que lo determinó. Sus aportes en el diseño afirmaron en su tiempo la preparación de la mujer para tomar posiciones en un espacio que para ellas ya se anunciaba, poco después de los duros sacrificios  que exigió la guerra. Exigencias que no fueron para los franceses tan duras como las que soportaron rusos, ingleses y alemanes. El voto femenino, la participación en la producción industrial y en las actividades anexas del combate que, hasta pocas décadas antes, habían estado reservadas solo a los hombres.

En efecto, la moda y el arte se mantuvieron y prodigaron en Francia durante la contienda universal, con las generosas contribuciones de los oficiales de la Wehrmacht. Tanto Cocó Chanel como Pablo Picasso, entre otros, pudieron dar testimonio metálico de esa connivencia con los no tan odiados, por esa razón de bolsillo, ocupantes germanos de Francia.Yves Sant-Laurent no tuvo que avergonzarse de la relación con los primeros vencedores de esa guerra, él llegó una generación después, pero no pocos de sus impulsores fueron aquellos que se acostaron con el enemigo.

En todo caso, el visionario y precoz diseñador, consagrado incluso antes de madurar en edad física, hizo texto con sus propuestas creativas de la audacia  con que la mujer tomaría las vanguardias de la transformación en procesos, usos y costumbres de la mentalidad moderna. Por eso, una primera línea de sus creaciones a comienzos de los años 60 "masculinizan" la propuesta pero el mensaje señalaba en realidad que la mujer estaba tomando las banderas de una modernidad que había sido hasta entonces del género masculino.

CAMBIO EN LA ESCALA DE VALORES

Eran los tiempos de la liberación femenina y la revolución sexual, con la aparición de los anticonceptivos. Fue el tiempo del mayo francés, acaecido apenas seis años después de que Yves Sain-Laurent iniciara su propio imperio industrial, abierto en 1962, cuando ya lo tocaba la gloria.

Fue contemporáneo también del pensamiento existencial. Aquél que, en la variante de Albert Camus, otro pied noir como Yves Saint-Laurent , plantea la vigencia del absurdo en la existencia. Pero para el modisto consagrado ese absurdo tenía salidas hacia el hedonismo de la época, como alternativa gratificante a la dramaticidad del paso por la vida. Ese pasar que es "una pausa entre dos eternidades", según el también francés Henri Poincarè.

El pantalón para la mujer fue uno de esos absurdos de la propuesta anticipatoria de Yves Saint-Laurent. Fue sin duda un contrasentido para quienes no atinaban a hacer lecturas adecuadas de los cambios sociales y del comportamiento que ocurrían de manera vertiginosa en los tempranos años 60 y que sí estaba interpretando Saint-Laurent. En efecto, la prenda masculina en la mujer liberada cuando Saint-Laurent decidió lanzarla, fue una contravía del momento para las sensibilidades miopes.

Así, el creador galo impuso en la alta costura universal una propuesta desafiante que cruzaba la frontera hacia el territorio masculino, no porque pretendiese desplazar al macho sino porque la hermenéutica social del diseñador se anticipaba a los cambios en marcha e interpretaba los nuevos papeles que comenzaba a asumir la mujer en la transformación de la sociedad mundial. Otro aporte en esa misma línea, fue el smoking femenino y el vestido trapecio e, incluso, la blusa de tul transparente como escritura en diseño de la cambio profundo de las mentalidades que acompañaba con sus aportes. Por eso, este hombre fue un visionario, un artista revolucionario en el área de esa industria cultural llamada moda (aresprensa.com).

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Nestor Diaz Videla

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