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Publicada en español el 22 de mayo de 2007

EL GRAN INQUISIDOR  Y LA BÚSQUEDA DE CERTEZAS 

La cultura de Occidente, en especial aquella que representan los jóvenes, parece estar dando muestras de cansancio “de libertad” y eso es un riesgo inquietante para el futuro inmediato de la misma civilización que creó el marco de libertades -tal como las conocemos-  incluida su pretensión de universalidad. La alerta sobre ese peligro la señala el profesor Jorge Aurelio Díaz –Ph. D. en filosofía de la Universidad de Lovaina- quien hace esta reflexión desde el escenario que marcó el cambio de Pontificado en Roma. Los ideales de libertad de pensamiento y de tolerancia a la crítica –afirma Díaz- deben ser defendidos a pesar del desorden relativo. 

Escribe: Jorge Aurelio DÍAZ 

Lo que fue un apoteósico entierro del Papa Juan Pablo II y la elección fulminante del Cardenal Joseph Ratzinger como sucesor en el Pontificado, no pueden menos que traer a la memoria la conocida leyenda de El gran Inquisidor que pone Fedor Dostoievsky en labios de Iván, en su novela Los hermanos Karamázovi. Recordémosla: Jesús ha regresado a la tierra en pleno siglo XVI, en la ciudad de Sevilla, España, justo el día después que se ha llevado a cabo un gran autodafé en el que han sido quemados “cerca de cien herejes ad majoren Dei gloriam”.  

Al ver que la muchedumbre se acerca para escuchar a Jesús y admirar sus milagros, el Inquisidor mayor lo hace encarcelar. Luego, en la noche, lo visita en el calabozo, y se lleva a cabo un delirante diálogo; o mejor, monólogo, en el que el Prelado lo increpa por pretender devolverle a los seres humanos la libertad, esa libertad que ellos no están en capacidad de asumir.  

Porque las gentes, dice el Inquisidor, “se alegraron al verse nuevamente conducidas como un rebaño, y de que les hubiesen quitado de sobre el corazón un don tan tremendo que tantos tormentos acarrea”. “¿Cómo puede pretender Jesús devolverles a las gentes esa pesada libertad que la Jerarquía se ha encargado de tomar sobre sus hombros para liberar de ella a los seres humanos?  

El final del monólogo es de una enorme fuerza: “El anciano quería que Jesús le dijese algo, por amargo y terrible que fuese. Pero Él, de pronto, en silencio se acerca al anciano, y con dulzura lo besa en sus exangües labios nonagenarios”. 

UN RECHAZO AL RELATIVISMO 

Sería, sin embargo, a todas luces exagerado pretender equiparar la figura del gran Inquisidor con la del cardenal Ratzinger, aunque éste haya sido durante más de veinte años Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, heredera de la temible Inquisición. Es cierto que la ortodoxia insobornable del teólogo alemán y la firmeza de sus interpretaciones doctrinarias, no ha despertado el afecto de quienes promueven en la Iglesia Católica cambios más acordes con los tiempos que corren.  

Pero hoy, cuando la Jerarquía eclesiástica no cuenta con el poder del brazo secular para reprimir a los rebeldes, todo acontece dentro de modales más recatados. De modo que sería injusto comparar la figura del austero profesor, teólogo eminente y agudo polemista, con la del anciano contralor de la fe que nos pinta Dostoievsky.  Es algo muy diferente lo que la leyenda despierta en quienes pudimos contemplar con admiración los fastuosos espectáculos de masas en la plaza de San Pedro y la rápida elección del nuevo Pontífice, hace poco más de dos años. 

Cuando los ll5 cardenales, venidos de todos los confines de la tierra, decidieron de manera fulminante nombrar como Soberano Pontífice al Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, no cabe duda de que obedecían a una clara percepción : cada día se acrecienta el número de personas que piden una firme línea de orientación en medio del creciente relativismo doctrinal imperante. Eso fue precisamente lo que el cardenal Ratzinger predicó en el sermón que antecedió al Cónclave, y eso fue lo que la mayoría de sus colegas cardenales entendieron como el legado del Papa anterior: la gente está cansada de no saber a qué atenerse, de ver que todo vale, que nadie sabe al fin de cuentas qué es lo que se debe o no se debe hacer. Como decían los viejos militantes políticos: las masas piden que el Partido les trace líneas claras de conducta.  

CANSANCIO DE LIBERTAD 

Pues bien, si el agudo sentido de realidad que cabe suponer de los cardenales, mostrara estar en lo cierto;  y esto  más allá de sus ideas conservadoras o liberales, anacrónicas o modernas,  entonces el llamado del Gran Inquisidor de Dostoievsky cobraría todo su sentido. Pero no se trataría de comparar –debe insistirse- al Cardenal que ha sido elegido Pontífice de la Iglesia Católica con el anciano Inquisidor, sino del juicio que este último tiene sobre los sentimientos del pueblo. “No hay para el ser humano -dice- preocupación mayor que la de encontrar cuanto antes a quien entregarle ese don de la libertad con el que nace esta desgraciada criatura. Pero sólo se apodera de la libertad de las gentes quien tranquiliza sus conciencias”. 

Los Cardenales electores parecen haber considerado que la gente del común está comenzando a cansarse de tanta libertad, de tener que asumir personalmente los juicios sobre lo que debe o no debe hacer, y a pedir que se los libere de ese pesado fardo y se les diga, con razón o sin ella,  qué es lo que tienen que obedecer. Y esto no se refiere única ni principalmente a los católicos, o a los cristianos, sino que podría ser un clamor de carácter universal. 

¿No ha mostrado acaso la Jerarquía católica a lo largo de los siglos poseer un delicado olfato para captar lo que la gente está esperando, aun antes de que esas demandas se hagan visibles? Ese agudo sentido de la oportunidad  es el que le ha permitido a la Iglesia Católica sortear con éxito etapas muy difíciles de su ya larga historia. 

 Pero si ese fuera el caso, si la percepción de los Cardenales se mostrara acertada, no sólo la institución católica se hallaría en proceso de consolidarse después de las crisis suscitadas por el Concilio Vaticano II, y hasta podría aumentar su membresía asumiendo una actitud cada vez más rígida en sus doctrinas, sino que los ideales del libre pensamiento podrían estar ante una grave amenaza más allá de los límites eclesiales. El fenómeno del Cónclave, el mensaje que los Cardenales quisieron expresar con toda claridad, debería ser un  llamado de alerta para quienes consideramos que los ideales de libertad de pensamiento, de tolerancia a la crítica, deben ser defendidos aun a costa de tener que soportar niveles no deseados de relativo desorden.  

Si la cultura occidental cristiana ha sido hasta ahora la promotora y defensora de la libertad, bien podría suceder que ese ideal comenzara a dar señales preocupantes de desgaste, a desmoronarse. Incluso podría llegar a suceder que perdiese la energía que necesita para enfrentarse a movimientos integristas como los que vemos en el mundo islámico o en las recientes tendencias políticas del interior de la China. Corrientes impugnadoras que también comienzan a sentirse dentro de religiones, por lo demás tolerantes, como el hinduismo. No cabe olvidar que la libertad no es un don que se conquista de una vez y para siempre, sino que se llega a ella luego de una dura tarea y que debe ser reconquistada una y otra vez (aresprensa. com).


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