>>>VEA: LENGUA ESPAÑOLA EN FILIPINAS







A-P / VICTORIA DE LA HISPANIDAD UNIVERSAL: LA LENGUA VUELVE A LAS AULAS FILIPINAS

Publicado el 24 de noviembre de 2008 / 12.00, hora de Bogotá D.C. / Reeditada el 29 de noviembre de 2008 // Archivado el 26 de mayo de 2009  

 

La Relación con la Comunidad Hispanoparlante del Mundo debe ser para Manila una Política de Estado

VICTORIA DE LA HISPANIDAD UNIVERSAL: LA LENGUA VUELVE A LAS AULAS FILIPINAS

El reciente anuncio del ministro de educación filipino, Jesli Lapus, no por esperado es menos sorpresivo y trascendental: la lengua española vuelve a ser parte del currículo de estudios en el archipiélago asiático. Por ahora y en la coyuntura, la inserción se hará en la educación secundaria pero se prevé su extensión a todas las instancias de estudios formales.  En verdad, el contundente anuncio era esperado desde el inicio de este año 2008, luego del anticipo que al respecto hizo la presidenta Gloria Macapagal Arroyo en visita de Estado a Madrid, ocurrida en diciembre del año pasado. El tiempo transcurrido -casi un año- entre el aviso al mundo de la intención presidencial y esta ratificación del señor Lapus, había generado cierta incertidumbre en la comunidad mundial de habla española. Esto dadas las vicisitudes y traumatismos que ha sufrido esta lengua en el Asia y Oceanía, de manera específica en Filipinas, durante los últimos cien años.

Escribe: Néstor DÍAZ VIDELA

 En ese contexto histórico no se podía descartar que la intención disolvente en la sombra, incluso dentro la misma Filipinas, por la presión de los intereses angloparlantes siempre impugnadores de la lengua española, pudieran de nuevo conspirar en contra de la razón de Estado de la señora Macapagal Arroyo y su entorno de gobierno. En esa línea de pensamiento debe considerarse como un acto de coraje el cumplimiento de esa voluntad aportativa, coherente con la historia y con su propia cultura, por parte del gobierno filipino. Aunque también debe decirse que ha sido una decisión acorde con las actuales condiciones geopolíticas que vinculan no sólo a los intereses de la hispanidad en Asia y en América Latina, sino también convergente con los propósitos de todos los países asiáticos, que cada vez tienen mayores nexos culturales y económicos con este lado del mundo.

Brasil hace tres años impuso al español como primera lengua extranjera en los programas de estudio, por encima del inglés. Esto hace suponer, si se suma la población en aumento proyectada hacia la segunda década de este siglo, que la inclusión del gigante brasileño y de nuevo a la nación filipina en la comunidad hispanohablante -ya sea de manera puntual o como segunda y tercera herramienta lingüística- hará   ascender la relación directa con el español, en una generación, a más o menos ochocientos millones de personas.

Todo eso convierte al español en la segunda o quizá primera estructura lingüística de uso universal y en una verdadera lingua franca de negocios e intercambio múltiple, disputándole al inglés por peso demográfico la primacía que ha ostentado durante más de un siglo. En este giro de bisagra del destino del español en el mundo, la entrada del Brasil ha tenido un efecto demoledor para quienes siempre han querido bloquearle su proyección universal. Ahora Filipinas le ha puesto un moño al pastel y las decisiones estratégicas de ambos países en este sentido parecen tener difícil retroceso. Así, es muy probable que el español haya  llegado, en el caso  brasileño, para quedarse y en el caso filipino para no volver a marcharse.

AUSENCIA DE HISPANOAMÉRICA

Pero eso no significa que no se deba seguir alerta ante los riesgos. Ya sabemos todos dónde está el peligro que permanece en el  mismo sitio en el cual estuvo siempre. No hace demasiado tiempo un legislador filipino pretendió que el inglés se impusiese como única lengua de las Islas. Mucho antes se pretendió injertar la inconsistente y precaria gramática inglesa en el tagalo, que es el habla nacional de ancestro filipino, dentro de la miríada de hablas locales que allí existen. Esas pretensiones tenían un fin casi único y un objetivo directo: impedir el retorno del español.

Ante ese panorama los gobiernos de la América hispana siempre debieron estar vigilantes y jamás lo estuvieron. Nunca hasta hoy los hispanoamericanos han hecho introspección generalizada de los problemas de Filipinas. Situación imperdonable dado que, por pasado, presente y futuro, todo lo que tenga que ver con Filipinas y con la lengua española en ese país del extremo oriente tiene que ver con nosotros.  

Fue el pasado 6 de noviembre, cuando Jesli Lapus informó de la transformación de los planes de estudio en la Enseñanza  Media insular, por la inclusión de los cursos de español. Lo hizo en la ciudad de Cebú, durante las jornadas de la Cuarta Tribuna Hispano-Filipina que se desarrolló en ese punto del Archipiélago. Pero eso no será suficiente, más allá de la bondad de la medida, pues ésta es optativa para el estudiante y desligada de los segmentos estratégicos de la educación. Eso hace difícil que, en principio, cale hondo en el alma de los educandos y permita rearticular la línea de evolución cultural que quedó fragmentada con la llegada de los tomasines y la proscripción impuesta al habla española por los Estados Unidos en el Siglo XX, luego de su llegada a las Islas.   

La puesta en común del hecho histórico y la concreción de la voluntad política del Estado filipino, fue paralela con la noticia de que el Instituto Cervantes de Manila está abriendo 18 centros de formación en la Lengua, en especial profesores, para dotar en marchas forzadas del personal docente calificado que dé cumplimiento al mandato de reinstauración del habla y la escritura hispana en la formación de jóvenes filipinos. La enseñanza regular del español, aunque todavía inestable en las aulas del país asiático, comenzará al iniciarse el segundo semestre del próximo 2009.  

En el ámbito interno de las Islas fueron los jóvenes del país quienes, por expectativas económicas inmediatas, han estado presionando por el retorno de la enseñanza del español. Al respecto, cabe recordar que en las décadas de los años 70 y 80 fueron los muchachos de ese tiempo, azuzados por intereses internacionales,  los que exigieron la eliminación del español, primero de su condición de idioma oficial filipino, en los 70 y luego de la educación, en 1987. 

Ha sido el Instituto Cervantes la institución bandera de la península ibérica que ha jalonado en nombre del Estado español este logro en una dura batalla de años que beneficia a todos  quienes hemos abrazado esta lengua culta y universal, hemos nacido bajo su cobertura y a la que no renunciamos, aunque a veces la maltratemos. Su actual director en la sede de Manila, José Rodríguez Rodríguez, el jefe de estudios de esa Casa, Juan Robisco García y todos los académicos filipinos que los acompañan como equipo de trabajo, tienen el mérito de haber arribado a una meta que se disputó contra viento y marea.

Hacen falta más de cien mil profesores de español en los próximos diez años, para cubrir las necesidades que plantea la decisión del gobierno de Manila. Ese fenómeno es similar al que muestra el Brasil, donde las mismos requerimientos demandan en idéntico lapso más de doscientos mil maestros.   

EL INSTITUTO CARO Y CUERVO DE COLOMBIA

En esa actitud y labor de reconstrucción que han hecho evidente, tanto el gobierno de Manila como el Instituto Cervantes, de manera injustificada e incluso vergonzosa -como acaba de señalarse- estuvieron ausentes al menos de manera directa, los países hispanoamericanos y en particular los gobiernos, aunque también las instituciones que en esta parte de América intervienen en el estudio y desarrollo del Idioma, entre ellos el Instituto Caro y Cuervo de Colombia. El llamado de atención a Colombia sobre este inexcusable descuido no es gratuito, debido a que este país, en autorreferencia, se considera como el que tiene mejor manejo del español dentro de la comunidad internacional de habla y escritura específica.

La visita no oficial de la valiente presidenta filipina, Gloria Macapagal Arroyo, a Cartagena de Indias -coincidente con la publicación de este artículo- para una entrevista privada de cooperación con el presidente colombiano Álvaro Uribe, no debería dejar de lado una temática como la de la lengua española y del aporte que podría hacer Colombia en ese sentido. Cabe advertir que este último país, sudamericano y cafetero, no tiene relaciones plenas con Manila, tan sólo las tiene a nivel consular. 

Después del 2010, cuando Macapagal Arroyo ceda el manileño Palacio de Malacañáng a su sucesor, la presencia del Idioma en la escolaridad de las Islas debería  ya tener previsto el abarcar todo el espectro educativo y ser una irrenunciable política de Estado que vincule en tarea común a toda la América hispana. Esto porque el tema no debe ser una preocupación única y exclusiva de España y Filipinas. La presencia del habla española en el Asia no puede dejarse al vaivén de cambiantes y simples circunstancias políticas de coyuntura (aresprensa.com).   


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