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Publicado el 30 de junio de 2009 / 12.25 hora de Buenos Aires 

 

Vergozoso Tajo a la Carta Democrática Interamericana

EL RETORNO DE LOS GOLPES DE ESTADO EN AMÉRICA LATINA

Hubo una época larga, sangrienta y persistente durante todo el siglo XIX, pero en particular y también durante el siglo XX, en que la democracia en América Latina fue una caricatura. No hubo país del Contiente que haya escapado de esa lacra, de esa vergüenza. Una época demasiado extensa en la cual, en nombre de la democracia, se atentaba contra ella y contra los derechos de quienes se decía eran depositarios de todo derecho: los hombres del pueblo, los ciudadanos. Honduras acaba de decir que sigue vigente esa vergüenza de los latinoamericanos, la proclividad a los golpes de estado.

Nada, ni la peor de las democracias, autoriza a ningún sector de poder, armado o civil, para desconocer lo que los pueblos deciden en las urnas. Ni siquiera cuando los que llegan al poder por vías democráticas y desde sus cargos la deterioran y muestran con sus actos que no creen en ella, pretendiendo con argucias que el mismo juego democrático permite, enquistarse en sus cargos.

Incluso en esos casos de perversión de la democracia que estamos viendo en estos tiempos, puede admitirse que se altere mediante un golpe burdo el que un presidente elegido por su pueblo sea retirado de su cargo e interrumpido su mandato, con coerción, violencia y por fuera del veredicto de las urnas. La evidencia del crudo anacronismo que nos pone ante el mundo como pueblos con minoría de edad política, ha retornado.

Una de las premisas básicas de la democracia es la posibilidad de que el ciudadano, mediante su voto, determine el curso de su vida pública y la de sus pares en la sociedad. Nada puede restringir esa posibilidad porque lo que se interponga para torcer ese rumbo lo hará de dientes para dentro por una no democracia e incluso una antidemocracia. El desconocimiento de ese simple elemental mecanismo nos traslada de nuevo al borde de la regresión política, el retorno al tiempo de las bannana republic.

Esta reflexión que pone sobre la mesa el sonrojante cuadro de situación de la democracia en la región no significa que hoy vivamos el mejor de los mundos en ese tema y que los primeros representantes de varios estados de la región sean un modelo de convicción democrática. Venezuela nos muestra un regimen que se parece cada vez menos a una democracia y algo parecido avanza en Ecuador, en Bolivia y en la misma Nicaragua.

Pero esa reducción de las condiciones para la vigencia de una democracia moderna en estos países no significa que el golpe de Estado sea el camino para interrupir procesos que degradan el ideal moderno de la amplia participación ciudadana y la igualdad en la posibilidad de regulación de cada sociedad. El esfuerzo por desandar el camino tenebroso recorrido entre los años 70 y 80 en América Latina y que culminó con la generación de la Carta Democrática Interamericana, ha quedado interrumpida de manera abrupta con el exabrupto de los otros poderes hondureños, que incluyen a sus fuerzas armadas. Esto es sencillamente inadmisible para quienes creemos en la democracia a secas y resistimos el regreso a épocas, debe reiterarse, tenebrosas.

Pero es necesario avanzar en la reflexión sobre las condiciones de contexto. Lo ocurrido en Centroamérica es un llamado de alerta sobre un hecho cumplido aunque no concluido, cuando comienzan a vulnerarse las condiciones del juego democrático y se inicia el tránsito hacia procesos que incluyen el deterioro progresivo de las reglas de interacción social que pueden terminar con un alteración sustantiva de la moderna filosofía democrática. Una de ellas es la de la alternación en el poder, aunque por encima de esto está el respeto a los derechos y el preeminente entre ellos es el que se encuadra en los llamados "derechos humanos", apropiados, manejados y manoseados en forma sesgada por la izquierdas antidemocráticas.

Es lamentable que en el proceso irregular que se precipitó en Honduras, arropado por los presidentes del ALBA, sean éstos en verdad también los responsables indirectos de lo ocurrido en Centroamérica. El presidente Manuel Zelaya venía construyendo un peligroso camino que le hubiese podido abrir de manera paulatina su permanencia en el cargo mediante una eventual reforma constitucional, pues la vigente carta magna no se lo permite.

En ese proceso, el presidente hondureño se había enfrentado de manera abierta con los restantes poderes del Estado y había ratificado en los últimos días su decisión de avanzar en una consulta abierta que le abriría el horizonte para apostar a una hipotética reelección. Nada diferente de lo que articulan los mandatarios de Bolivia, Ecuador, Nicaragua y Venezuela. Desde la otra orilla de las concepciones ideológicas en América Latina es también el rumbo que parece transitar Colombia. Burlar la democracia utilizando los mecanismos democráticos es una trampa que debe rechazarse sin condicionamientos. Así de simple.

En la sumatoria general de este panorama parece surgir la revitalización anacrónica, en el escenario del subdesarrollo, de la Guerra Fría que agitó al mundo en la segunda mitad del siglo XX. Detrás de todo esto pareciera consolidarse el gran complot de las izquierdas del Continente, articulado desde las premisas del Foro de São Paulo: el uso de los mecanismos de transparencia democrática para atentar contra ella y reabrir las condiciones de discusión que dejó en el mundo, pero ahora restringidas a esta región, el colapso de la Unión Soviética. Esto alentando el principio de la "combinación de las formas de lucha" que implica reconocer y estimular la acción de bandas criminales como las FARC.

Así, el panorama en macro es poco alentador si se le incluyen los factores señalados. Por estas o por otras circunstancias, las condiciones de crisis entre los países de la región y dentro de ellos se agravarán. El condimento que las motivará es surrealista: mientras la historia del mundo continúa, la retórica latinoamericana cargada de mesianismo seguirá adelante y las condiciones de atraso y de abrazo a los anacronismos persistirá. El subdesarollo comien za en la mente.

En esas condiciones, que agrega el repetido y retardatario negocio político de echarle la culpa de la pobreza y el atraso a los otros -entre ellos el denostado y hoy deteriorado "imperio"- América Latina pierde su tiempo y sus oportunidades. Nadie sabe a ciencia cierta cuáles son los otros poderes regresivos y poco visibles que se ocultan detrás del golpe de Estado ocurrido en Honduras, un país castigado por la pobreza y la injusticia.

El país centroamericano exhibe hoy uno de los cuadros más deprimentes en sus cifras de inequidad e inmovilidad social. Tiene poco más de siete millones de habitantes y de ellos un 60 por ciento está por debajo de la línea de pobreza. Un 45 por ciento es más que pobre, es indigente. La mitad de la población infantil hondureña sufre desnutrición severa. La mayor parte del país es rico y fértil por naturaleza, por ello no es necesario agregar más datos al cuadro ya señalado como surrealista.

Pero debe repetirse que el subdesarollo está primero en la mente y no está necesariamente ligado con las condiciones de pobreza. Desde esa perspectiva y como visión de mundo es tan subdesarrollado el pobre excluido de la riqueza material como el dirigente que sin carencias materiales tiene una visión disminuida de su entorno y de su propia posición. Echarle la culpa al otro es una forma de subdesarrollo político, emocional y racional y eso no excluye a la izquierdas latinoamericanas. Eso les impide, hoy por hoy, ser modernas y acceder al futuro y a la construcción de justicia en sociedades golpeadas por la desigualdad y la inequidad.

El subdesarrollo es un soporte de la minoría de edad política. Emanuel Kant no lo hubiese podido dibujar mejor para la América Latina de hoy, que no podía valorar en su discurso filosófico de hace más de doscientos años (aresprensa.com).

EL EDITOR 


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