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ACTUALIDAD / DOXA / LAS TROPAS GRINGAS LLEGARON A COLOMBIA PARA QUEDARSE

Publicado el 25 de noviembre de 2009 / 19.20 hora de Bogotá D.C. / Archivado el 21 de enero de 2010

Sepultada en las ruinas de Berlín en 1945, reaparece en América Latina la consigna alemana: Ein Reich, Ein Volk, Ein Führer! 

LAS TROPAS GRINGAS LLEGARON A COLOMBIA PARA QUEDARSE  

A comienzos de la presente década el Brasil, ya seguro de que la Argentina de manera definitiva había dejado de ser un peligro histórico permanente para sus proyectos estratégicos, cambió de manera diametral sus hipótesis de conflicto externo sobre el Río de la Plata -que habían estado situados allí en lo teórico durante más de cien años- y las situó en sus fronteras del extremo norte, sobre el río Amazonas: el nuevo peligro para Brasil es desde hace unos años Colombia, su inestabilidad interna y su eventual condición enlistada y permanente de "estado fallido". La amenaza para el Estado Mayor brasileño y para su propia clase dirigente en todos los niveles es la que se cierne sobre la Amazonia en los próximos 50 años de crisis global y de enfrentamientos mundiales por los recursos y la pérdida de condiciones vitales del planeta, debido al calentamiento. Un peligro para Brasil, no tanto por Colombia en sustancia o por las bandas ilegítimas que con base en la industria del narcotráfico impugnan en viejo conflicto al estado colombiano, sino por la evidencia de que ese Estado no ha sido capaz en décadas de controlar y estabilizar las cosas dentro de sus fronteras. Las consecuencias de tales causas han convertido a Colombia en un objeto geopolítico permeable para que fuerzas extrarregionales intervengan y amenacen tarde o temprano, así sea de manera indirecta y disuasiva, a otros estados vecinos y en particular las condiciones de control sobre la Amazonia. 

Por eso para ellos, los brasileños, no son suficientes las garantías que brinda Colombia sobre la delimitación de la actividad militar norteamericana desde los emplazamientos que brindará el país cafetero a los Estados Unidos. No por lo que se haga en el momento sino por lo que pueda ocurrir en las próximas décadas, puesto que la presencia de los soldados gringos ya tiene más de diez años y se amplía sin derrotero final.  

Por otro lado, el precedente de la posición de Colombia en el conflicto de Malvinas pone mayores paréntesis en la decisión estratégica que tomó Bogotá. En ese marco se ve al país andino sospechoso y en situación de volver a ser otra vez un "Caín de América", si se produjesen situaciones como las sucedidas en el Atlántico sur, en 1982. El tema nuclear tampoco está por fuera de las sospechas.  

La pugna ideológica regional sólo ha venido a incrementar las tensiones y el escalamiento indudable de lo que fue una limitada convulsión armada interna y hoy ya es un conflicto internacional. Lo es, al tiempo en que por un lado la acción bélica de la guerrilla opera tanto por dentro como por fuera de las fronteras colombianas y también porque la relación pugnaz entre los estados está por ahora restringida a lo verbal, pero con riesgo de desborde concreto.  

Bajo ese cuadro de situación, la presencia de personal militar norteamericano en bases colombianas desde el inicio del Plan Colombia bajo el gobierno del presidente Andrés Pastrana hace más de diez años, se ha incrementado de manera paulatina en hombres despliegue y condiciones logísticas y operativas. Así entonces, era cuestión de tiempo la afirmación ampliatoria de la presencia militar de Estados Unidos en Sudamérica. Eso acaba de suceder con el nuevo marco de extensión que le otorgó el gobierno colombiano a su par, en los papeles, del norte del Continente. 

Al tiempo y en contraposición, era previsible el alboroto que produjo en el vecindario el tardío anuncio del gobierno colombiano sobre las nuevas condiciones de esa presencia militar norteamericana. En el panorama complejo que vive América Latina, con atmósfera de anacrónica guerra fría alentada por los países del ALBA, parece casi normal que los países gobernados por presidentes contestarios vieran en ese giro de Bogotá un riesgo y una provocación en contra de lo que han llamado "revolución bolivariana", o socialismo del siglo XXI.  

En el toma y dame retórico de la pugna regional era parte del pronóstico que en Colombia el gobierno del señor Álvaro Uribe tomara contrapesos -aunque sea disuasivos- frente a la presión de sus belicosos vecinos, que están acudiendo incluso al estrangulamiento comercial para torcer la voluntad política e ideológica que en contrario se les plantea desde la capital colombiana. Colombia, sometida al acoso de su propio conflicto armado interno, que por momentos no parece tener salida al margen de victorias militares parciales sobre su escurridizo impugnador ilegal armado, busca apoyos esquivos en el plano internacional y los Estados Unidos son el mejor soporte en en el resultado de esa búsqueda.  

Esto más allá de las contradicciones doctrinarias de Uribe con el gobierno de Barack Obama y el peso de las acusaciones sobre el rompimiento del delgado hilo entre las acciones contra las fuerzas armadas ilegales -y sus apoyos civiles- y el respeto a los derechos humanos. En verdad, la presencia de la fuerza militar de los Estados Unidos en Colombia es de vieja data y tampoco es nada nuevo para los norteamericanos en el mundo, incluso en la misma América Latina. La escasa y parcelada información que se ha conocido sobre el marco y alcance del acuerdo no establecen la existencia de bases como tales, sino de "instalaciones" y permisos para la operación de equipos aéreos, entre otros, y de alta tecnología.  

La lucha contra el tráfico de drogas y el compromiso del mismo Estados Unidos frente a lo que ha dado en llamarse "terrorismo internacional" justificarían esa prolongación y ampliación de los acuerdos previos, si se entiende que organizaciones al margen de la ley como las FARC y el ELN, se encuentran también registradas como agrupaciones terroristas.  

Pero es claro que esas nuevas condiciones de relación y presencia militar en la zona tienen connotaciones que aunque se nieguen, saltan a la vista. Resulta evidente que el nuevo estatus de la vigilancia del imperio, si se le acepta esa condición a la política de los Estados Unidos en el largo plazo y cualquiera que sea el administrador de la Casa Blanca, es un mensaje directo a quienes están cuestionando su hegemonía.  

Eso a pesar de que es cierto que no es bueno para nadie acostarse con los Estados Unidos, como tampoco lo es el dormir con los rusos. Algo que muy bien conocieron los argentinos después de los hechos de Malvinas y de las "relaciones carnales" que sostuvieron con los norteamericanos el expresidente Carlos Menem y su canciller Guido Di Tella. Algo así está viviendo a esta hora Colombia que se considera a sí misma aliada de los Estados Unidos, en tanto que este país la trata como "un amigo necesitado" de caridad y ayuda.  

Gobiernos como los de Venezuela, Bolivia, Ecuador y Nicaragua e incluso el Brasil emergente como nueva potencia que busca y espacio de interlocución mundial, no tienen para la inteligentsia del Estado norteamericano el sello de una particular posibilidad de inestabilidad en términos ideológicos. En realidad, se presentan como fisuras de riesgo para su confrontación en contra del terrorismo mundial, después del golpe que el islamismo radical les propinó en septiembre de 2001, en el centro de lo que los enemigos del hegemon consideraban sus mejores símbolos imperiales.  

Resulta un tanto estrambótico que figuras de contorno más bien tropical y de retórica parroquial, como lo son los presidentes de al menos cuatro de los países latinoamericanos antes nombrados, representen un riesgo por sí mismo y para el momento. Pero sí lo son hacia el futuro, en términos de las alianzas extracontinentales que están propiciando. Irán es una de ellas, aunque también China y Rusia se asoman en el horizonte del casero patio trasero , donde está "la gente de allá abajo".  

A la misma Unión Soviética, antes del fin de la Guerra Fría, le causaba escozor un presente fundamentalista con soporte ario en sus fronteras y ese presente llegó con el triunfo de la religión shiíta en los territorios del milenario impero persa que cambió su nombre griego por la designación que, en parsi, -la lengua nativa y también milenaria de los iranios- significa precisamente eso, "país de arios". La Guerra Fría quedó atrás y los viejos fantasmas que se suponían sepultados en la ruinas de Berlín en 1945, aparecen ahora con otras ropas no lo suficientemente distractoras como para impedir una hermenéutica esclareceredora. Las claves de comprensión son asombrosas.  

El anticapitalismo hirsuto e impugnador de varios de los países del ALBA se une a viejas reivindicaciones indigenistas en el área del Pacífico. Esa visión como utopía retrógada señala que el capitalismo es enemigo de la humanidad y lleva a la destrucción del mundo. Eso era lo que sostenía el núcleo ideológico básico y mesiánico del nacional socialismo alemán. Esa visión apocalíptica señalaba que "el arquetipo judío" y el capitalismo del que era abanderado, llevarían a la inexorable destrucción del planeta, si no se le ponía freno a la evolución "en el sentido de las agujas del reloj" que acompaña a la noción de progreso y transformación material propia de la Modernidad.  

Junto con la pretensión de destrucción del capitalismo, la visisión irracional profunda de la romántica óptica -reivindicadora del "sol negro"- en su dimensión de pretendida aura esotérica, planteaba que el desarrollo del capitalismo y también del comunismo no eran otra cosa que parte del complot cósmico del judío contra los arios. 

Convertir al planeta en un sitio invivible y sofocado era una de las obsesiones que alimentaba el determinismo persecutorio del nazismo alemán a lo que consideraba el arquetipo de la conspiración sionista universal. Eso del "arquetipo" era un aporte místico-teórico con aliento académico que le dio Karl Jung al pensamiento nazi, desde el psicoanálisis.  

Si se escuchan las últimas declaraciones y giros en política y apertura de frentes internacionales del presidente de Bolivia se entenderá la deriva que en ese plano tiene hoy un grueso segmento del área andina sudamericana. Pero no le pidan explicaciones al presidente de Bolivia sobre lo profundo del conflicto que se está abriendo paso, es demasiado ignorante al igual que sus homólogos de Caracas o Managua, como para que entiendan lo que pasa más allá de sus propias obsesiones y exclusiones ideológicas, propias del subdesarrollo.  

Al margen de las diatribas mesiánicas de las usinas latinoamericanas, se encuentran hilos de continudad en el sustrato intrarreligioso que fue detonante de la Segunda Guerra Mundial y enfrentó a Alemania y al Japón contra el resto del mundo. La posición alemana sobre todo, se consideró en su momento una "rebelión contra la razón". Tan secretamente religioso como fue, en lo simbólico, el encierro solitario de Rudolf Hess en Spandau, y la llamativa satanización del enemigo vencido en forma de acrítico aislamiento de ese "golem" que fue el nacional-socialismo alemán. 

La Ahnenerbe fue la concepción religiosa patrocionada por las S.S. -esas formaciones de monjes guerreros, de negro hasta los pies vestidos, y con calaveras en sus uniformes y emblemas para señalar su condición de "novios de la muerte"- que pretendió impugnar a la abstracción profunda de la Modernidad. Hoy parecen ser iguales impugnadores los émulos del llamado socialismo del siglo XXI y el indigenismo a ultranza que se buscará agitar en su dimensión apocalíptica y radical. En ese sentido, la parábola de Sendero Luminoso sólo fue un anuncio bautista de lo que puede venir.   

Aislamiento absoluto, hasta la muerte de Hess, y aplanadora sobre el sitio de reclusión hasta la sepultura del condenado: algo parecido a la sal sobre el campo que habitó el enemigo, tal como hacían los romanos, o el entierro boca abajo y con cal encima para los traidores -los que contravenían la rueda de la evolución- de los guerreros sajones. La historia es caprichosa, pero lo que ocurre con Irán tiene su proyección en América Latina -podría decirse también mágica- incluso si lo ignoran todavía sus minusválidos y peligrosos operadores políticos, vociferantes y termocéfalos. 

No en vano una de las banderas iniciales del chavismo -de la mano del ideólogo Norberto Cerezole- fue: "un caudillo, un pueblo, una nación", aunque a veces en la triada podría agregarse "un ejército" o "una milicia". La evocación es clara y manifiesta. Se trata del equivalente de la siguiente proclama: Ein Reich, Ein Volk, Ein Führer !, del nacionalsocialismo alemán en sus mejores tiempos. Eso no es casual, como tampoco lo es el señalamiento constante de Chávez en su condena a Israel. 

La volatilidad política de la región andina, la inestabilidad jurídica junto con la politización de la justicia y su baja credibilidad, la disminución del margen de juego democrático por la vía de la desaparición o el debilitamiento de los equilibrios tradicionales de las democracias sanas que incluyen las vocaciones reeleccionistas y el avance del atávico caudillismo latinoamericano, son un bocado para que los halcones de los Estados Unidos invoquen el riesgo presente y futuro en la región latinoamericana para su seguridad interna y su hegemonía internacional.  

No importa que hoy los frentes de atención para los Estados Unidos estén en el Asia y el Medio Oriente. Es que las condiciones del tensión del Oriente cercano comienzan proyectarse en alianzas de riesgo para la región. La memoria no puede ser tan frágil como para olvidar el atentado contra la comunidad judía de la AMIA, en Buenos Aires. Pocos saben que uno de los presuntos responsables de esa acción de terror, un diplomático iraní de primer rango, tenía previsto su traslado a la embajada de Irán en Bogotá, después del explosivo operativo de terror en la capital argentina, hace más de tres lustros (aresprensa.com).  

El Editor


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