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Publicado el 21 de enero de 2010 / 17.05 hora de Bogotá D.C.

 

ELECCIONES EN EL BARRIO 

Todo es previsible en la evolución política reciente de Chile. Nada sorprende. Hasta resulta tedioso emprender el análisis de ese país que, por momentos, no parece estar en el escenario latinoamericano. Chile luce hoy como una democracia con cambios institucionales ya previstos, sin sobresaltos reeleccionistas, participación ciudadana, debate acalorado pero respetuoso de la estabilidad institucional, economía con resortes para control de las crisis, adecuadas relaciones institucionales y credibilidad. Pero, sobre todo, una izquierda racional en la capacidad de entender que quien la enfrenta en lo ideológico no es un enemigo irreconciliable y candidato a la eliminación política, e incluso física. Nada parecido a lo que ocurre en algunos países de la vecindad.  

El proceso chileno que se cerró con la alternancia de la Concertación, para ceder paso a sus adversarios de la derecha tradicional chilena -renovada en el discurso en términos de la intención de poner distancia con la etapa que condujo Augusto Pinochet- no tiene tanta significación hacia adentro como la tiene hacia afuera, hacia su entorno. En efecto, de manera indirecta lo ocurrido en Chile tiene el color y el aroma de un rechazo a la parábola venezolana y a lo que pueda parecerse.  

Es también una forma de respaldo indirecto a la política de mano fuerte que el gobierno colombiano le impone a la llamada izquierda conservadora, delirante, o simplemente "izquierda gorila" de América Latina. Dos de sus exponentes son Hugo Chávez en Venezuela y el presidente nicargüense Daniel Ortega. Le siguen de cerca en sus posturas y discursos de pretérita Guerra Fría, tanto Ecuador como Bolivia.  

Entre las últimas semanas de 2009 y este enero de 2010 han ocurrido sucesos político- electorales que preanuncian cambios fuertes en la orientación polarizada de la América Latina en la última década. El golpe de estado en Honduras y las posteriores elecciones que llevaron a la presidencia a Porfirio Lobo abrieron la compuerta al proceso de renovación frente a la pugnacidad contestaria que pusieron en el escenario a los gobiernos surgidos e impulsados en lo ideológico por el llamado Foro de São Paulo. 

El cambio no es una afrenta a la interpelación contestaria, en absoluto. Se trata en realidad de una repulsa a esos sectores retardatarios de la izquierda latinoamericana que aún sostienen su apoyo abierto o entredientes a la violencia como camino político, la perversa "combinación de las formas de lucha" y al hirsuto expediente de echarle la culpa de todos los males de la Región a la confusa definición de "imperio", mirándose el ombligo y con escasa vocación de autocrítica histórica. Esa repulsa no alcanza a la presidenta saliente de los chilenos, Michelle Bachelet y a un estadista como Luiz Inácio Lula da Silva.  

Lula es uno de los fundadores del Foro de São Paulo pero ha sabido subalternizar sus propias preferencias e historia ideológica, para darle supremacía a los intereses del país que conduce: el emergente Brasil. Así y todo, el capital político acumulado por el presidente Lula parece que no le alcanzará para endosarlo a la candidata Dilma Rousseff de su preferencia, quien debería sucederle si la democracia siguiera sólo las intenciones del carismático brasileño. Tal como acaba de ocurrir en Chile, todo hace presumir que la sucesión en Brasil será para la oposición.  

Lo que se inició en Honduras al concluir el año pasado prosiguió en Uruguay, donde un antiguo guerrillero tupamaro ganó la justa electoral sobre el candidato opositor, el expresidente oriental Luis Alberto Lacalle. Pero es un viejo combatiente ilegal que a veces parece hacer el camino en reversa. 

El presidente electo de Uruguay José "Pepe" Mujica rechaza la lucha armada en los tiempos presentes, aun cuando no se arrepiente -está en su derecho- de su pasado maximalista y termocéfalo. Apoya a la empresa privada y a la inversión y aunque no era el candidato ideal del oficialismo uruguayo, también de izquierda y presidido con sobriedad y solvencia por Tabaré Vásquez, sí hace muecas cuando tratan de compararlo con el proceso que en Venezuela orienta el teniente coronel Hugo Chávez. Un buen pronóstico para una vigente experiencia exitosa de la izquierda uruguaya. 

El proceso de los últimos meses siguió con la reelección del presidente Evo Morales para siga ocupando el Palacio Quemado en La Paz. Morales sigue siendo un ejemplo de que la democracia moderna tradicional -la democracia "burguesa" según sus críticos acérrimos- es una manera viable de buscar transformaciones sociales y económicas. Al tiempo, esa presencia del mestizo presidente bolivano en la conducción del país altiplánico pone a prueba la exigencia de tolerancia hacia las diferencias culturales, étnicas y de opinión, sin cuyo concurso cualquier forma de democracia pierde sentido. 

No obstante, esas consideraciones no pueden dejar de lado el hecho de que con frecuencia Morales aparece como un peón de brega del petardismo verbal y expansionista de su colega de Caracas, el presidente Hugo Chávez. Las revulsivas condenas contra sus colegas de la región que no coinciden con la visión contestaria de ambos mandatarios, cierra sobre sí mismos la idea de que la tolerancia para el maximalismo izquierdista funciona en una sola dirección. Eso le pone puntos suspensivos al pronóstico de una marcha positiva en la modernización democrática del Continente. 

Antes de finalizar el primer semestre de 2010 se habrá cerrado la incertidumbre que durante más de un año afrontan los colombianos ante la presunta reelección del presidente Álvaro Uribe. Los defensores de una tercera posibilidad electoral para Uribe señalan en corrillos que "está primero salvar al Estado colombiano para que eso asegure la vigencia de la democracia".  

El complejo razonamiento significa que, ni más ni menos, un eventual relevo del actual presidente pone en riesgo el cerco que la actual administración colombiana le puso a las aspiraciones de los grupos ilegales armados por asaltar el poder. Tanto en el plano internacional como en la misma Colombia no son pocas las voces que señalan que un nuevo mandato del recio presidente colombiano sería una mancha para el devenir democrático del Continente.  

El proceso de elecciones en el barrio se comenzará a cerrar en octubre de 2010, con el cambio presidencial en Brasil. Un año después, en octubre de 2011, los argentinos -por fin- elegirán el reemplazo de la presidenta Cristina Fernández. 

La evolución de la vigente democracia latinoamericana necesita de una izquierda fuerte y firme en sus posiciones críticas, pero distante de todo compromiso con el gorilismo armado que aún campea en sus formas de entender la confrontación política (aresprensa.com). 

EL EDITOR 


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