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ANIVERSARIO 65 DE LA BATALLA DE MANILA / LENGUA ESPAÑOLA EN FILIPINAS / ACTUALIDAD

Publicado el 04 de febrero de 2010 / 11.20 hora de Bogotá D.C.

 

ANIVERSARIO 65 DE LA BATALLA DE MANILA 

Este 3 de febrero de 2010 se cumplieron 65 años del inicio de la llamada Batalla de Manila, una entre muchas de las más sangrientas de la Segunda Guerra Mundial en el escenario asiático, que se llevó la vida -nada menos- de unos cien mil civiles, en gran medida hispanohablantes. Esto fue así porque el foco de la resistencia japonesa, hasta su aniquilamiento, fueron los barrios de Macate e Intramuros en la capital filipina. Era allí donde se congregaba la mayor parte de la población que mantenía a través de la lengua y las costumbres, la relación cultural con la antigua metrópolis -España y América Latina- la cual había sido desplazada por los Estados Unidos desde 1898, pero que resistía en lo cultural. Los japoneses se opusieron al asalto norteamericano durante un mes exacto, y la lucha calle por calle y casa por casa concluyó con la muerte de casi todos los soldados nipones, lo que incluyó al jefe de la guarnición. Tanto los vencedores como los vencidos fueron ambos culpables del holocausto, sin atenuantes. 

Escribe: Néstor DÍAZ VIDELA 

El ataque a la capital del país se inició en la noche del 3 de febrero, dirigido por Douglas MacArthur, quien creyó que la toma sería relativamente fácil como lo habían sido otras incursiones de los Aliados sobre las islas, en la recaptura y búsqueda de territorios cercanos para el asalto final al archipiélago japonés. Nada de eso ocurrió y la megalomanía del jefe estadounidense aportó y coincidió con el interés japonés de no abandonar a la capital y el buen puerto conquistado en el inicio de la Guerra 

Allí, como ya había ocurrido en Iwo Jima, Guajam (Guam, en inglés) y Saipán, la reconquista fue sangrienta. Tanto Guajam como Saipán también habían sido territorio bajo soberanía española hasta el final del siglo XIX, cuando concluyó la guerra hispano-estadounidense, que ganaron los norteamericanos. 

El mando japonés había apostado una guarnición de 16 mil hombres en la capital filipina, compuesta por efectivos del ejército imperial y de la infantería de marina, al mando del almirante Iwabuchi Sanji. El martirio de la población civil manileña se produjo por una coincidencia entre la falta de visión y tino estratégico de MacArthur que no evitó la sangría de civiles y la obcecada resolución del jefe japonés de la plaza y su desobediencia al mando superior de evacuar la ciudad para continuar la resistencia en las montañas.  

Así quedó sellado el destino de hombres, mujeres y niños que por un lado fueron sometidos al intenso bombardeo y los lanzallamas norteamericanos, de igual forma como a las granadas y las bayonetas japonesas, en especial en los últimos días de resistencia nipona que se apagaron el 3 de marzo. En ese lapso de un mes fue arrasada la edificación histórica compuesta por los sólidos edificios del periodo español que habían sido elegidos por los defensores, precisamente, por la mayor capacidad para asimilar el impacto de la artillería y el sistemático bombardeo de la fuerza aérea.  

Al final de la batalla la capital filipina estaba arrasada, en particular en la zona de asentamiento hispano. Fue Manila la ciudad aliada que más daños sufrió durante esa guerra, junto con Varsovia, y la que más ofrendó vidas de civiles. Más incluso que los que generó el bombardeo atómico sobre Hiroshima y Nagasaki. No obstante, cabe señalar que antes de la batalla y de la llegada de los contingentes japoneses, ya Manila había sido bombardeada por la fuerza aérea imperial. En aquel tercer día de marzo de 1945 quedó consumado el faenamiento humano perpetrado por MacArthur en asocio, por oposición, con el almirante Iwabuchi. 

Para la época, la capital filipina contaba con unos 600 mil habitantes. La matanza producida entre febrero y marzo del año final de la Guerra se llevó a un 20 por ciento de la población civil. Hoy Manila, con su centro metropolitano y el conurbano, congrega a más de 10 millones de habitantes. 

EL LEGADO DE MacARTHUR : HOLOCAUSTO EN MANILA 

La caída de la defensa japonesa estaba escrita y el ritual samurai de morir luchando sin opción de rendición, hizo mayor el terror, el sufrimiento y la matanza. En efecto y como quedó dicho, en los últimos días de febrero y cuando se aproximaba el final, las bayonetas japonesas se volvieron contra la población refugiada en las iglesias y en edificios públicos, sin miramientos de edad o género ni nacionalidad. La misma legación diplomática española fue violentada y se dio muerte a quienes se encontraban en su sede.  

La determinación en la resistencia de los hombres de Iwabuchi, quedó complementada en la decisión del general aliado de cortar le retroceso de los japoneses, obligándolos a su concentración y resistencia final en los barrios hispanos de Macate e Intramuros. Este último sector de la ciudad era una zona histórica fortificada durante el dominio español, similar a la que se encuentra hoy en las históricas urbes americanas de La Habana o Cartagena de Indias. El irracional cerco decidido por el mando supremo aliado condenó a la muerte tanto a japoneses como a la inerme población civil, sellando el holocausto. 

El genocidio físico de 1945 en Manila cerró el ciclo de genocidio cultural que emprendió en 1898 la administración colonial norteamericana, al prohibir el uso de la lengua española en todos los estamentos de la vida filipina. La masacre del final de la Segunda Guerra Mundial hizo desaparecer de las calles manileñas el sonido del habla hispana por material desaparición de sus hablantes. Ese retroceso se oficializó entre las décadas de los años 70 y 80 del siglo XX, al eliminar el uso y la enseñanza de la lengua de Cervantes, primero en documentos oficiales y, después, en la educación pública. 

La batalla de Manila también le puso punto final al prometido cuarto regreso de Douglas MacArthur a tierras filipinas. La primera llegada de ese icono negativo de la historia militar de los Estados Unidos a las costas filipinas fue en el inicio del siglo XX, cuando siendo un joven militar acompañó a su padre en misión oficial, Arthur MacArthur, uno de los primeros gobernadores coloniales estadounidenses, después de haberle quitado a España el control del Archipiélago. 

El segundo regreso fue en 1935, cuando el presidente filipino Manuel L. Quezón -en periodo de preindependencia- le pidió hacerse cargo de la organización del ejército del nuevo país que accedería a una prometida independencia, hacia 1945. El tercer regreso fue en plena guerra, a la isla filipina de Corregidor, con el mando supremo de las fuerzas norteamericanas en el Pacífico .  

En esa ocasión, como se sabe, abandonó a sus tropas a su suerte durante la batalla que lleva el nombre de la isla, Corregidor, en marzo de 1942, prometiendo volver ("I shall return!"). En efecto, regresó por cuarta vez en 1944 y el corolario fue la masacre de Manila, unos meses después de su desembarco en Leyte. El general norteamericano (también, mariscal de campo filipino) detestaba a la población filipina hispanoparlante, desde la época en que su padre fue gobernador de las islas. Quizá tanto o más de lo que él mismo años más tarde fue detestado por su jefe, el presidente de los Estados Unidos. 

No es posible determinar con certeza si ese oscuro grado de mariscal filipino otorgado a MacArthur fue una genuflexión máxima del presidente Quezón y de su gobierno delegado, o una burla oriental al orondo y virreynal alto oficial norteamericano, quien actuó en verdad como una especie de procónsul de su país, primero en Filipinas y después en el Japón rendido.

El mariscalato tiene tufo de grado militar de antiguo régimen monárquico con imperio incorporado y con frecuencia, en la época clásica, sólo era conferido, por su naturaleza de general de generales, a oficiales de la nobleza. Como se sabe, los Estados Unidos nacieron bajo el paradigma republicano y de la sociedad civil, donde la condición de súbdito resultaría inaceptable. Para los Estados Unidos el militar sólo es "un ciudadano en armas", una dificultad de concepción que le costó cara a MacArthur frente al presidente Harry Truman (aresprensa.com).      


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