BICENTENARIO: MENTIRAS VERDADERAS / ACTUALIDAD

Publicado el 18 de marzo de 2010 / 19.30 hora de Bogotá D.C. 

 

BICENTENARIO DE LA INDEPENDENCIA: MENTIRAS VERDADERAS 

Desde mediados del año pasado se inició en América Latina la celebración por los doscientos años de independencia de España. Los festejos comenzaron en Bolivia y en Ecuador, ocasión en la que los países del ALBA aprovecharon para agitar tribuna y consignas antimperialistas, como era de esperarse, en un despliegue de pirotecnia verbal y panfletaria digno de las mejores épocas de militancia de los años 60. Tiempo aquel cuando, precisamente, se cumplieron los ciento cincuenta primeros años de ese hecho: el rompimiento de vínculos políticos con la Madre Patria y el fin de la colonia aunque no necesariamente del coloniaje. Situación esta última que persiste no sólo en actitud asimétrica ante los fuertes del mundo, de cualquier signo, sino también en una especie de tara cultural que hace creer que el abordaje oblicuo y poco ilustrado del pensamiento decimonónico marxista puede ser argumento para ayudar a construir una revolución en el inicio del siglo XXI .  

Escribe: Rubén HIDALGO 

Es curioso que Bolivia e incluso el Ecuador hayan sido los sitios donde se inició el festejo desde el año pasado, esta vez con discursos de renovada fe antimperialista. Claro, en la ocasión no ya contra España sino contra los demonios que se supone están en el norte del Continente.  

Curioso, que sean bolivianos y ecuatorianos los que rompieron fuegos de celebración, porque fueron esos dos países los que dieron en principio, junto con el Paraguay y la antigua Banda Oriental del Río de la Plata, mayores pruebas de fe realista durante la mayor parte de la llamada guerra de independencia. Ese fue el origen en verdad de su posterior autonomía y conversión en repúblicas. 

El rechazo a la hegemonía de Buenos Aires, en realidad fue una impugnación inicial al primer grito de independencia del 25 de mayo de 1810, que se dio en lo que hoy es la capital de la capital argentina pero que era capital del virreynato del Río de la Plata e integraba a los territorios que a partir de ese momento iniciaron el proceso de desmembramiento. 

Debe recordarse que fue el Alto Perú, entre 1812 y 1815, el que de manera infructuosa exigió mayores recursos de guerra por parte de Buenos Aires para recuperar esa parte de su territorio -el cual desde 1826 pasaría a llamarse República de Bolívar y poco después, con algo de vergüenza de la época, Bolivia- y que Quito junto con Pasto en el sur de Colombia resistieron con todo lo que tuvieron las intenciones de la parábola republicana, liberal y secular criolla, al menos en lo formal. 

En efecto, la fe religiosa sincretizada de esos tiempos le daba a los nativos y mestizos, razones para pensar que aquellos que proponían un Estado de alguna manera desvinculado de un monarca lejano pero presente en la subjetividad y de una religión que daba seguridades espirituales, no eran libertadores sino incomprensibles enemigos. Esa es una de las razones por las que según el historiador David Bushnell los soldados de las futuras repúblicas debían ser llevados a las batallas amarrados por sus manos y desatados en los momentos previos al combate.  

Esas tropas que con frecuencia no eran otra cosa que la peonada de las tierras del terrateniente convertido a la carrera en general de la naciente república, fueron convocados con consignas y relatos que nadie entendía porque, por cierto, toda la tropa y a veces también el general eran iletrados y los discursos ilustrados y liberales poco podían decirle. Por eso, patria, república, nación, libertades, presidentes, congresos, senados poco o nada significaban para esos "pueblos" que en sentido estricto aún no lo eran, porque en verdad eran las "gentes" que poblaban por entonces los territorios colonizados por España. 

LO QUE OCURRIÓ EN JUNÍN 

Ya lo decía el colombiano Florentino González desde su sufrido exilio de Chile en la segunda mitad del siglo XIX, el Perú no estaba revolucionado para los tiempos en que se inició esa guerra que para los españoles no fue otra cosa que una guerra civil interna, entre tantas que hubo en el siglo XIX, cuya única virtud discursiva fue perjudicar a la metrópolis. Para González fue San Martín quien revolucionó al Perú y su ejército expedicionario que partió de Valparaíso en 1820, cuyos restos -aquellos que no se sublevaron del mando de Bolívar y de su mala fama como conductor de tropas- terminaron en Ayacucho bajo el mando del venezolano Antonio José de Sucre.  

Entre aquellos oficiales que renegaron del paso al costado de San Martín y se integraron en el ejército grancolombiano, estuvieron el general Mariano Necochea y el bisabuelo de Jorge Luis Borges, coronel Manuel Isidoro Suárez. Este último, casi olvidado de la historia oficial fue quien en realidad salvó a Bolívar de la derrota en la batalla de Junín. Las dudas sobre la pericia militar de Bolívar no son una responsabilidad que carguemos nosotros desde estas columnas, lo insinúa el propio Gabriel García Márquez en su libro sobre el laberinto del general venezolano.  

Tampoco los comuneros en Colombia, ni la rebelión de Túpac Amaru en el Perú pueden ser vistos como antecedentes serios de una intención independentista en América. En ambos movimientos se cuestionaba la vocación confiscatoria de la tributación española, pero no se confrontaban los derechos de la autoridad real que, además, se consideraban divinos.  

Ni siquiera los primeros gritos de autonomía y de exigencia por mayor intervención de los criollos que se dieron en Buenos Aires y Bogotá en 1810 -episodios emblemáticos de los que se cumplen las dos centurias motivo de celebración- pretendían en verdad la independencia definitiva de la metrópolis ibérica. Esos resortes favorables a la Corona funcionaban en la mentalidad mítica y también mágica de las "gentes" americanas, ancladas por tradición en los atavismos de las antiguas culturas precolombinas. El rey, como se ha dicho, era una figura por fuera de toda crítica. 

El mito fundacional republicano ha querido ver otra cosa después y no se ha detenido a cuestionar ni someter a mirada crítica los documentos y proclamas de la época, que no hablaban de naciones. Ni el descendiente del inca ni el comunero neogranadino pensaron jamás en cortar nexos con la Corona. Sin embargo, la infantil pero efectiva historiografía oficial de nuestros países ha pretendido con relativo éxito mostrar otra cosa. 

Es sintomático que aún hoy las comunidades indígenas, cuando reclaman sus derechos propios del espíritu de la Modernidad, levantan con frecuencia lo establecido por la legislación real que les reconocía sus particulares formas de agregación social y entidades. Derechos que no siempre les reconocieron las clases criollas que reemplazaron a la administración española.  

LA DEFECCIÓN DE SAN MARTÍN 

Tampoco se dice, en el caso de esa historia oficial para el caso argentino, que el retiro del general San Martín del Perú no fue un glorioso renunciamiento sino una inconcebible defección como jefe que se autoexcluye del mando en las sombras de la noche y deja a sus tropas, que lo habían acompañado desde Mendoza, "colgadas de la brocha" y reenganchadas por los colombianos de Bolívar, de manera menos gloriosa. Eso, en lo que hace a las consecuencias, le hizo perder a la Argentina cualquier posibilidad de sobreranía que le correspondía por derecho colonial -uti possidetis iure- sobre el Alto Perú, una salida al Pacífico y el poder ser hacia el futuro un país integrante de la cuenca amazónica. Casi nada. 

Lo anterior no lo decimos nosotros, lo dice -o más bien lo insinúa- Bartolomé Mitre en sus libros de historia, en los que, claro está, nada menciona sobre su propia y desastrosa conducción estratégica en la Guerra del Paraguay, unas décadas después de la vigencia militar y política de San Martín. Esta última fue quizá la más vergonzosa de todas las guerras que afrontó la Argentina desde las campañas de los tiempos de independencia, la cual concluyó como quedó señalado, con las primeras frustraciones militares y geopolíticas de los argentinos.  

En los tiempos en los que se produjo la guerra de independencia, la población era conservadora -dicho en los términos como hoy se miraría esa visión política- y simplemente sentía cercano a un monarca a quien no podía conocer en forma personal pero con el que mantenía un vínculo personal e incluso, podría decirse, emocional. Los conglomerados humanos de la época eran súbditos, no ciudadanos y ese concepto liberal de ciudadanía nada significaba para las gentes que habitaban las colonias que en su mayoría para la época no tenían acceso a la lectura.  

Muchas de las ciudades colombianas, incluida Bogotá, se mantuvieron fieles a la corona hasta que les fue posible. ¿Es que nadie ha leído con atención las crónicas del fusilamiento de la heroína Policarpa Salavarrieta en la capital de la Nueva Granada? La población de la capital del Virreynato no discutía la decisión de su ejecución pública y por el contrario la alentó. Por eso sus últimas palabras fueron un reclamo por la incomprensión hacia su elección libertaria en la que entregó la vida. 

Por eso también, tanto en en los ejércitos de Bolivar como en los de San Martín los que no eran enganchados por la fuerza eran, como lo fue Ernesto Che Guevara muchas décadas después, aventureros. Entre ellos la mítica Legión Británica, integrada en su mayoría por irlandeses católicos y mirados con reservas desde Londres. Esos hombres fueron mercenarios con derecho a saqueo, como ocurría con cualquier mercenario de esas y otras épocas.  

UTOPÍA RETRÓGRADA 

Esos intencionados errores de escritura sobre el espíritu de la independencia -con mito fundacional incluido- ha persistido en una historia acrítica para una generalizada lectura en minoría de edad. La visión distorsionada sobre la saga que en quince años cortó los nexos políticos con España persiste ahora, con una utopía retrógrada que se vincula con Irán, lo más reaccionario que ha dado la historia reciente en su comprensión sobre la idea de lo que puede ser una revolución.

Es cierto, Irán produjo una revolución pero una revolución hacia atrás. Esa es la razón por la que el llamado Socialismo del Siglo XXI no encuentra diferencias entre lo que pasa en América Latina y las concepciones islámicas "arias" de los persas. Al tiempo, los eslogans y lugares comunes de los panfletarios e inflamados discursos que esgrimen los neosocialistas del nuevo siglo recuerdan a la vieja militancia de las décadas de los 60 y 70, como si nada hubiese pasado en el mundo desde esos años hasta hoy.  

Ni siquiera para los nuevos marxistas del mundo desarrollado -desde Tony Negri a Marshall Berman- el tiempo ha permanecido estático. Sólo para el neogorilismo latinoamericano las cosas siguen iguales en la dicotomía crítica de hegemonías y subalternidad que afecta al Continente. Es por ello que el Bicentenario en curso de celebración huele a la antigua naftalina, con más y mayores mentiras verdaderas para menores de edad (aresprensa.com).


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