LOS RIESGOS DEL FUTURO COLOMBIANO II / DOXA / ACTUALIDAD

Publicado el 27 de mayo de 2010 / 23.30 hora de Bogotá D.C.

 

LOS RIESGOS DEL FUTURO COLOMBIANO II 

La inminencia de las definiciones electorales en Colombia vuelve a poner sobre la mesa un horizonte cruzado de amenazas, aunque, también es cierto, algunas esperanzas. Esta afirmación es de perogrullo pero nada más claro en el panorama que se vive y las tensiones de la víspera de un gran acontecimiento: un país que debe acostumbrarse a caminar sin ver de manera constante el dedo índice levantado y agitado de Álvaro Uribe Vélez. Ese autoasumido hombre del destino colombiano quien, a diferencia de otros mandatarios de la historia reciente del país cafetero, no tuvo dudas ni contemplaciones en el trato que se propuso dar a los impugnadores armados: la fuerza sin contemplaciones. Una contrarrespuesta a quienes seguían demostrando no estar dispuestos a hacer una paz reclamada por la población y en cambio sí concebir las ofertas generosas del Estado tan solo como parte de una estrategia con direccionalidad perversa. Los riesgos de la definición electoral son altos: entre varios candidatos con merecimientos en la disputa, los dos que aparecen más opcionados son bien diferentes en competencias, trayectorias y partes sustantivas de sus enfoques.  

Mientras Juan Manuel Santos se asoma como la continuidad lineal de las políticas de seguridad de Álvaro Uribe -son parte fundamental de visibilidad, posibilidad de éxito y metáfora de gobernabilidad futura- Antanas Mockus se manifiesta de acuerdo con la continuidad de esas políticas, pero también con diferencias notables. Tan notables son esas diferencias que generan alarma en importantes sectores de decisión de la sociedad colombiana. 

Por un lado, la posibilidad de reducir los recursos dirigidos a fortalecer la seguridad en lo inmediato, para reforzar a sectores que apuestan a horizontes de largo plazo. La educación sería uno de los sectores que en opinión de los verdes de Mockus se deberían apoyar con recursos que hoy están destinados a mantener la presión sobre las formaciones y grupos armados ilegales, que siguen operando en áreas rurales de tradicional vínculo con esos grupos que impugnan al Estado con las armas.  

Otra inquietud no menos delicada es la posibilidad de que la óptica del candidato Antanas Mockus sobre el gozne en el que debe afirmarse la acción para mantener y ampliar las condiciones de seguridad del país, pasen de las fuerzas militares -ejército, marina y fuerza aérea- a la policía. Esto va atado a la idea de que se deben trasladar las coordenadas de "apriete" a la subversión y a los otros grupos ilegales que se mueven en los campos, por una política y acción del Estado que baje los elevados índices de inseguridad y delincuencia urbana.  

En un país como Colombia el fortalecer los recursos y las estrategias de educación debe ser eje de la acción, pero al mismo tiempo también lo es la tranquilidad en campos y ciudades que garanticen la inversión, la expansión de la productividad e, incluso, unas políticas educativas de largo plazo. Ambos ámbitos deben ser piezas y líneas maestras del proceso que se iniciará en agosto de 2010 y uno de ellos no debe desarrollarse a expensas del otro. No como una concepción para un nuevo gobierno. 

Las contradicciones y escasas precisiones de Antanas Mockus sobre temas que impactan el imaginario del colombiano medio en ámbitos como la religión o la salud -en su dimensión tanto institucional como de sus principales operadores- generan mayores dudas en lo que hace a las calificaciones del educador que aspira a la presidencia de Colombial. También crea zozobra su posición inicial sobre la eventualidad de decisiones de Estado vinculadas con presiones y amenazas externas que acuden a las herramientas jurídicas, pero con fines políticos y electorales inmediatos, frente a los funcionarios responsables de las operaciones militares realizadas para resguardar la propia seguridad del mismo aparato institucional. 

Tampoco la economía parece ser fuerte en el cuadro de concepción del señor Mockus. Es cierto que un gobernante no necesariamente debe ser un erudito en todos los temas que tiene la obligación de saber, pero debiese al menos no transmitirle sensación de debilidad al elector y a un país que pretende fortaleza en el liderazgo principal, dadas las amenazas que afronta, tanto en lo interno como en lo internacional.  

Los errores que muestran las debilidades de concepción de Mockus han sido protuberantes y eso lo ha golpeado en términos de descenso en la simpatía con intención de voto, que se había apoyado más en el encanto personal del candidato y en ese aire de profesor distraído que se muestra, ingenuo, cándido y desorientado, pero honesto, y que moviliza emotividades en algunos electores aunque genera sensación de peligro y salto al vacío en otros. 

Pero el encanto de Mockus no se basa exclusivamente en una trama de emociones complejas que derivan en favorabilidad volátil pero real. En verdad también se apoya en un desencanto y en un deseo de ajuste de cuentas con la forma tradicional de manejo de la política colombiana y el lastre que pesa y arrastra de manera secular a su dirigencia, sobre todo en los últimos treinta años. La imagen de Uribe y Santos están ancladas en ese lastre.  

La confirmación de esa atadura se ha hecho visible en las indelicadezas de manejo en la administración que concluye, las cuales no alcanzan para dañar la imagen presidencial aunque sí debieran golpearlo. En cambio, sí manchan la gestión del gobierno en su conjunto y aumentan el marasmo institucional que se observa en la relación de poderes y entre éstos y la sociedad civil. Como corolario, el gobierno que concluye ha generado la sensación de que desprecia la opinión de sus críticos, de cualquier linaje.  

Eso genera una sensación de parálisis y descrédito que repercute en la credibilidad internacional y hacen débil al país ante los cercanos peligros externos. En tal situación, el país se hace vulnerable y fortalece el arsenal de los enemigos del Estado para la ofensiva mediática y jurídica que busca incidir en el proceso electoral. 

Eso se vio en los últimos días con la intervención de un Premio Nobel latinoamericano y operadores en el mismo seno de las Naciones Unidas. En este punto no es vano insistir que el desprecio hacia la vida de los más débiles y marginados, por parte de agentes del Estado no hace otra cosa que incrementar la potencialidad de disolución de ese mismo Estado incentivada por sus enemigos abiertos o solapados, con armas tangibles e intangibles.  

Aumenta el gris cuadro de situación el mal manejo de las relaciones exteriores que ha mostrado la diplomacia colombiana durante la gestión de Álvaro Uribe, los excesos supuestos o reales de la familia presidencial y de su entorno inmediato. También la conversión de los aparatos de inteligencia en comisariatos políticos y una justicia sospechosa e ineficiente que no hace más que incrementar el cuadro de inviabilidad potencial del estado colombiano.  

Para colmo, una desmentida pero imaginada desmoralización de las fuerzas militares y el hecho de que una buena parte del poder legislativo está enjuiciado o encarcelado por una vinculación abyecta con fuerzas ilegales e ilegítimas de distinto signo, son ingredientres que hacen pensar en las condiciones de viabilidad del país. Si la justicia y el músculo de la defensa flaquea, el colapso institucional comienza a germinar.  

No puede quedar al margen en el recuento de estos protagonismos negativos el hecho de que pesan en el país unos cuatro millones de desplazados, afectados por violencias de signos encontrados y la circunstancia, de postre, en el hecho estadístico y crudo de que un cuarto de la población está por debajo del nivel de indigencia, con protección social precaria o inexistente. Al lastre descrito debe sumarse el hecho de que, no obstante los éxitos parciales del proceso que generó Álvaro Uribe en el arrinconamiento de los vectores de violencia, éstos no han sido disueltos y por el contrario por momentos parecen fortalecerse o mimetizarse para esperar mejores circunstancias que pueden estar a la vuelta de la esquina, después de la coyuntura electoral.  

Ese lastre que persigue la propuesta del señor Juan Manuel Santos, no es ignorado por la opinión, en tanto que el riesgoso encanto de la figura de Mockus es proporcional en sentido contrario con el embrujo que las izquierdas señalan en el periodo de Álvaro Uribe y la conexión emocional con sus electores. Ese conjunto de conexiones y desconexiones y el riesgo de un salto al vacío es el marco de la inminente jornada electoral. El peor de los mundos en el cruce de circunstancias históricas sería tener que elegir entre el temor y una dudosa esperanza. El mal menor suele una opción moral pero no, quizá, en este caso (aresprensa.com). 

EL EDITOR 


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