VICTORIA DE SANTOS: EL SISTEMA AJUSTA TUERCAS EN COLOMBIA / DOXA / ACTUALIDAD 

Publicado el 22 de junio de 2010 / 10.30 hora de Bogotá D.C. 

 

VICTORIA DE SANTOS: EL SISTEMA AJUSTA TUERCAS EN COLOMBIA  

Luego de los sorprendentes resultados en la primera vuelta de las elecciones presidenciales colombianas, el 30 de mayo, pareció que quedaba asegurada la continuidad de las políticas de mano fuerte contra los impugnadores armados del país y se producía una contracción en las aspiraciones de propuestas alternativas frente a los aspectos criticables de la política que durante ocho años siguió el gobierno del señor Uribe Vélez. Esto se ratificó en lo que evidenció la definitiva segunda vuelta electoral del 20 de junio. Los problemas del país, cuya conducción asumirá Juan Manuel Santos el 7 de agosto de 2010, seguirán como venían y los cambios de disposición de los actores en el escenario, aunque siguen siendo los mismos que enfrentó Uribe, ya manifiestan alteraciones que obligan a pensar en variaciones en la deriva del timón. Esto, sumado a las diferencias en las personalidades, también indica que habrá distancias en los estilos entre uno y otro mandatario, más allá de las continuidades anunciadas y elegidas en esta definición electoral.  

El sistema de concesiones y transacciones políticas del stablishment colombiano ajustó tuercas ante el mensaje dubitativo del líder del llamado partido o movimiento verde de Antanas Mockus y sus aliados. Ese apriete de la clase política tradicional fue facilitado por las inconsistencias de los "verdes" que generaron la sensación de un presunto salto al vacío, si no se seguía la línea mantenida durante los ocho años de mandato de Uribe Vélez. 

Los pasos esquivos de la administración que se va, en el plano de las grandes obras de infraestructura, el desempleo y el manejo de la política internacional, exigirán una mano de pianista de Santos, desde el primer momento de su trabajo como presidente. Esto sumado a una imagen en gris en el manejo de los excesos y arbitrariedades que pudieron haber perpetrado y ejecutado las fuerzas oficiales, en el enfrentamiento del Estado con sus opositores violentos, anuncian un camino espinoso para Santos desde sus primeros pasos.  

El uso de la fuerza más allá de los límites que fija la ley local e internacional -de lo que se culpa al Estado de manera continuada- pudieron vulnerar derechos fundamentales a sectores o individuos protegidos y en asimetría social, en la difícil trama del secular conflicto del país con grupos armados al margen de la ley. Los éxitos en la lucha contra esos impugnadores no ocultan que existen puntos negros en ese ámbito y tampoco niegan que los opositores locales e internacionales han llevado al plano de la guerra política, jurídica y mediática la intención de doblegar la voluntad de lucha de la sociedad colombiana en contra de esos sectores violentos y también violadores de derechos fundamentales, en lo concreto y en lo retórico. 

No hubo en la puja electoral de las semanas finales a la definición del pasado domingo 20 de junio, un impacto negativo de una presunta guerra sucia en lo político como lo señaló el candidato Mockus con mucha amargura y poca objetividad autocrítica con sus propios errores garrafales de pulso e intuición. El candidato alternativo perdió por sus propias culpas y una cierta arrogancia maniquea, que se le enrostró, al suponer que sus propuestas y actitud ponían en blanco y negro el derrotero de los próximos años de la historia colombiana. 

Es cierto que la clase política del país tiene un pasado y un presente desprolijo y de difícil credibilidad, pero no es menos cierto que es eso lo que en realidad hay para mostrar y que las posibilidades de restauración moral no estaban solamente en las filas del candidato alternativo. Las descalificaciones maniqueas le hicieron mucho daño al potencial inicial de los verdes, quienes pudieron en las primeras etapas de la prolongada justa electoral haber presentado una mejor oposición al candidato victorioso e incluso haberlo superado, antes de que el propio Mockus cometiera unas gaffes monumentales que previnieron en su contra al electorado. 

Uno de esos autogoles, pero no el único, que predispuso al electorado contra Mockus y su gente ocurrió en la tarde del 30 de mayo, cuando el partido Verde conocidos los resultados de la primer vuelta electoral, montó una puesta en escena para menores de edad y con poca gallardía, con eje en el mensaje maniqueo y excluyente al que se hizo referencia. Ese espectáculo poco edificante hizo recordar el que dio el Polo Democrático hace cuatro años, con su candidato de entonces Carlos Gaviria, en el cual al finalizar el pulso electoral que le dio a Uribe su victoria reelecionista, se gritaron hirsutas consignas de odio que hicieron recordar que perviven sectores anidados en esa agrupación de izquierda legal y legítima, dispuestas a la connivencia con grupos armados ilegales e ilegítimos. 

Esa similitud de situaciones provocó un giro copernicano, vale decir de 180 grados, en una voluntad indecisa o incluso favorable a quienes se ofrecían como alternativa al establecimiento político colombiano. Así la victoria de Santos que aparecía posible se transformó en contundente. Al finalizar este debate, Antanas Mockus recuperó la elegancia académica y la gallardía que trasciende el encono de la lucha política, pero ya era tarde para sus aspiraciones.  

Una ecuación final de casi diez millones de votos para Santos y por encima de los tres millones para los verdes de Antanas Mockus, aseguran el papel del mandato fuerte para el ganador y fortalece el rol de la oposición que harán los partidarios de Mockus y del Polo Democrático. Este último como aglutinante institucional de las izquierdas colombianas.  

La convocatoria a lo que el presidente electo llamó disposición a la "unidad nacional", abre serias incógnitas hacia el futuro inmediato que están por encima de la euforia del momento al haberse evitado el temor que para el stablisment del país cafetero suponía el hipotético salto al vacío. Un lote de incógnitas en lista inacabada sería el siguiente: 

  • Las diferencias de estilo y personalidad entre los mandatarios entrante y saliente genera dudas en términos de que la disposición administrativa de Juan Manuel Santos sea una continuidad lineal de la obra de Álvaro Uribe.  

  • El paso de una parábola de seguridad democrática a otras formas de manejar la construcción de seguridad en conjunción con el llamado a la "unidad nacional" y sumado a la posibilidad de "punto final" a la generación de odios hecho por el presidente electo, ha dejado perplejos a muchos sobre la naturaleza no explícita de su política futura hacia los grupos armados. 

  • La normalización de relaciones y disolución de los enconos interinstitucionales con el eje en el aparato de justicia, plantean una difícil etapa inicial para el nuevo presidente ante un poder judicial, el cual ha perdido de manera vertiginosa su credibilidad institucional, deja la sensación de estar infiltrado por fuerzas pugnaces y está operando con protagonismo político.  

  • El desempleo del país, con dos dígitos de marca, es uno de los más altos de América Latina y es junto con el fenómeno del desplazamiento una bomba de tiempo que afecta las políticas de afirmación de seguridad y puede golpear la inversión en los años venideros inmediatos. 

  • El marco político y geopolítico cercano no es favorable para la nueva administración, como herencia de la gestión de Álvaro Uribe y el mismo rédito que acumuló Juan Manuel Santos como ministro y disposición personal hacia sus vecinos, verticales confrontadores ideológicos del modelo colombiano. Ese lastre, por debajo del discurso diplomático, tiene negativas implicaciones económicas y productivas ya vigentes y una dimensión estratégica que no será fácil de esquivar.  

  • El mal manejo a la red de infraestructura que dejó la administración de Uribe predispone de manera negativa las expectativas por la firma de algunos de los tratados de libre comercio, frustrados durante el gobierno saliente. Aún no se sabe cuál será el giro que dará el gobierno de Santos a este déficit crónico de Colombia, generador de frustraciones. El malogrado ingreso del país cafetero a la APEC y una mejor disposición al intercambio con los países asiáticos dependen de factores como éste.  

En ese cuadro poco halagüeño, no sobra agregar las dudas que deja el estilo de Juan Manuel Santos en el arreglo de sus antipatías personales. El poner el aparato del Estado en función de sus propias reyertas de puertas para adentro, tal como ocurrió con el caso del almirante Gabriel Arango Bacci, deja incógnitas difíciles de despejar sobre el ánimo del presidente electo para resolver los contratiempos de índole privada que se proyectan a lo público(aresprensa). 

EL EDITOR 


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