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Publicado el 20 de mayo de 2005

LOS RECIENTES GOLPES DE LA GUERRILLA Y SU EFECTO MEDIÁTICO NO SIGNIFICAN EL FIN DE SU REPLIEGUE

Algunos análisis efectuados en el primer tercio del año, ampliamente divulgados, dejan la sensación de que los renovados golpes de las FARC contra la sociedad civil y las fuerzas armadas cuentan con el respaldo de una consistente capacidad de lucha y logística de los grupos irregulares. La visión del general  en retiro Néstor Ramírez contrasta ese criterio y sostiene que tales acciones ocultan en verdad la traumatizada situación táctica y estratégica  de los impugnadores ilegales del Estado. Sobre la base de información confidencial Ramírez sostiene que el principal retroceso militar de las  FARC ha sido la pérdida del cerco que habían construido alrededor de Bogotá,  centro de gravedad del enfrentamiento. La relación señala que en verdad es el Estado el que mantiene la iniciativa y ha generado una asimetría tal de fuerzas con sus contradictores que  se torna ya impensable una victoria final de quienes durante casi medio siglo han interpelado con las armas al orden jurídico colombiano.  La figura retórica de un “Berlín que está a la vista” dice del optimismo actual del alto mando colombiano y de la evolución posible de la histórica pugna.

Escribe: Néstor RAMÍREZ MEJÍA

En la supuesta “guerra” que afecta a Colombia, compleja como lo son todas ellas, los episodios tácticos exitosos no significan necesariamente alcanzar el objetivo estratégico que es la victoria sobre el enemigo. Esto a despecho de que esos golpes tácticos generen réditos políticos como lo es la repercusión que tales episodios tienen en los medios de comunicación. En rigor de verdad las divagaciones mediáticas sólo explicarían  por qué se puede perder en el terreno de la política lo ganado en el campo de batalla.

Efecto de rebote que incluye el despiste de analistas del añejo enfrentamiento y la consecuente relativización del rechazo del todo social, a través de la fuerza del Estado, hacia los delincuentes en armas. Uno de estos analistas hace algunas semanas resolvió ponerle fin al llamado repliegue estratégico de las FARC y sentenció el fracaso de la política de seguridad democrática.

Es una ironía que ese análisis se produzca cuando aún tiene vigencia el esfuerzo del estado mayor del bloque oriental (EMBO) del nombrado grupo irregular para revivir la combatividad perdida de sus efectivos. En una circular de abril de 2004 –hace poco más de un año- ese segmento que agrupa al 38 por ciento de la capacidad  operativa de la fuerza ilegítima y que está al mando del llamado Mono Jojoy, reconoce que “también se ha visto que comandantes de mucho tiempo, que han sido buenos combatientes, entonces ya no aguantan un operativo y no son capaces de convencer a los guerrilleros para que luchen, para que peleen, para que aguanten un poquito” (sic).

La táctica y la estrategia son dos niveles difíciles de manejar por parte de comentaristas que desconocen no sólo lo enrevesado del conflicto en su dimensión empírica sino que también carecen del refinamiento teórico para hacer el balance político tanto el coyuntural como el de largo plazo.

 La falta de bagaje –fortaleza que en términos académicos coloquiales se le llama también “peso en la cola” o “carreta sólida”- sumada a la inexperiencia en el arte y la ciencia de la guerra, además del desconocimiento concreto de los teatros de operaciones, dificultan el análisis táctico. Esto cruzado con los vacíos de información reservada a los centros de inteligencia del Estado, complican  -cuando no impiden-  la evaluación estratégica seria del cuadro de situación militar. 

DATOS CON DUDOSA VALIDEZ

Para superar las anteriores falencias los analistas han optado por concederle sentido estratégico a cifras que tienen tan sólo validez táctica, cuya fuente se desconoce, es precaria en el mejor de los casos o deleznable la mayoría de las veces. Así, se manejan números ajenos a la realidad y se reemplaza información de difícil acopio por supuestos de dudosa credibilidad.

Esa falta de rigurosidad sería irrelevante de no ser porque generadores de opinión y toma de decisiones-la academia y el clero, entre otros- le conceden una alta veracidad a esos criterios montados sobre débiles cimientos.

Una ley propia de la guerra es que éstas se pierden cuando se pierde la voluntad de lucha. Algo que nuestros analistas  pueden lograr más fácilmente que  las FARC. Las guerras prolongadas son en verdad guerras de desgaste en las que cuenta más la percepción de la realidad que, a veces, la realidad misma.

Un ejemplo contundente sobre este principio de hierro lo mostró Viet-Nam: en 1968 un viet-cong debilitado lanzó la desesperada y fracasada ofensiva del Tet. En Washington la sensación de éxito que mantenía el mando americano se tradujo en desconfianza. No era posible en el imaginario de la conducción estratégica que los débiles atacaran a las tropas del ejército que comenzaba a imponerse. La percepción desmoralizante arrastró a los Estados Unidos a la retirada y derrota de 1975.

Según  Joaquín Villalobos, antiguo jefe guerrillero salvadoreño (FMLN) -a mi modo de ver fundamentado y serio conocedor del conflicto- la escalada de los agentes generadores de violencia en Colombia se ha debido más a la debilidad del Estado que a la fortaleza de los desafiantes armados. Ese panorama ha cambiado desde la imposición de las acciones derivadas de la política de Seguridad democrática.

EL GIRO DE LA SITUACIÓN

 Esto invirtió un estado de cosas que en los años previos había afectado la tranquilidad de conjunto de la sociedad colombiana. El cerco que las FARC habían construido con paciencia sobre la capital del país quedó disuelto por la proactividad militar del Estado. Si eso no hubiese ocurrido no es errado pensar que el curso histórico de la democracia colombiana pudo quedar en grave riesgo: un colapso de la capital del país hubiese sido el colapso del estado de derecho, tal como lo hemos conocido desde la presidencia del Libertador Simón Bolívar.

Previo a ese éxito estratégico de la fuerza pública, muchos jefes  irregulares como sus subordinados armados habían hecho de la cordillera oriental, en el corazón del país,  un ámbito natural de asentamiento. Mediante círculos concéntricos sobre la capital trataron durante años de construir su “centro de despliegue estratégico” cuyo escenario es Cundinamarca e incluye a Bogotá como centro de gravedad.

 Pero fueron puestos fuera de combate, sometidos, dispersados y desalojados de sus posiciones alrededor del indicado centro de gravedad, en una sucesión de acciones de la fuerza del Estado que, en este caso sí, generaron un rédito de alcance incontrastable: la eliminación de la presión ilegal armada sobre el principal  punto neurálgico de decisiones de la nación. Al respecto es diciente lo que señala la mencionada circular del EMBO: “...cuando hay una operación se desertan, se entregan o no pelean y pasa lo que pasó en Cundinamarca, que nos  acabaron porque nos faltó berraquera, nos faltó ideales (sic) y por eso nos mataron a todos esos comandantes, porque el (que) se entregaba delataba a los otros y así es muy berraco...”. 

Es concluyente lo señalado p


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