EGIPTO: TORMENTAS DEL DESIERTO / DOXA / ACTUALIDAD

Publicado el 06 de febrero de 2011 / 10.15 hora de Bogotá D.C.

La situación en el norte de África y el Oriente Medio 

EGIPTO: TORMENTAS DEL DESIERTO 

La seguidilla de levantamientos populares en los países del Islam que bordean la orilla africana del Mediterráneo y otros cercanos del Oriente Medio, son un aviso y un riesgo demasiado grande para Occidente, alimentados ambos por esa cierta sensación permanente de precariedad de la estabilidad internacional. El cuadro se nutre también del desdén y el descuido hacia esas culturas, milenarias varias de ellas. A esto se suma para desdicha de Occidente la tensión constante que en el Oriente Extremo plantea Corea del Norte o Pakistán en sus fronteras con Afganistán y la India e, incluso, la región de Cachemira también entre Pakistán y la India. La situación sobre el Mediterráneo es la crisis del momento. Pero se debe diferenciar al pensamiento musulmán abierto a la diferencia y a la tolerancia, de un islamismo hirsuto como extensión de una concepción excluyente y cargada de rencor disolvente. En la hora de incertidumbre todo pareciera señalar que las cosas podrían volcarse hacia las salidas sin salida. 

La turbulencia reciente en Túnez, que se llevó la cabeza del autócrata de turno, ahora extendida a Egipto y otros países cercanos a Israel, escarba en la historia y llena de prevenciones a Europa ante las derivaciones que pudiese tener la situación en favor del siempre agazapado, o abierto, extremismo islámico. Egipto ha representado durante décadas el bastión de estabilidad y el factor que garantiza que Israel no quede completamente aislado en la región, dejando en ascuas su propia existencia .  

Es grande la posibilidad de que el arraigo de un cierto laicismo en la orilla del sur del Mediterráneo sea aplastado para dejar paso a gobiernos integristas, como una vuelta atrás ante la visión secular y occidental que incluye la separación de la religión de los asuntos del Estado y las formas de libertad ciudadana que se conocen y se afirmaron en Europa después de la revoluciones francesa y norteamericana. Pero los gobiernos que hoy están en el medio de los vientos y las arenas movedizas de sus extensos desiertos, no se distinguen ni se han distinguido por sus dinámicas democráticas, tal como se conciben en donde las inventaron: Europa y en general el occidente de tradición judeocristiana. 

Tampoco ha sido segura esa estabilidad sostenida por los gobiernos occidentales, grupo en el cual debe incluirse a los Estados Unidos, pues se ha mantenido de manera forzada y a menudo en contra de la sensibilidad de la mayoría de las sociedades de credo musulmán. Todas estas condiciones son antitéticas con el radicalismo religioso. Los llamados Hermanos Musulmanes presentes en los movimientos que ocupan las calles de Egipto, están allí para aprovechar el descontento popular y propiciar que Egipto se convierta en un nuevo país teocrático, tal como lo es el Irán controlado por hombres pugnaces en la expresión de su fe. 

Nada parecido a una revolución como la concibe Occidente. Si ocurriese que la deriva de los episodios a la vista tomasen la vía del salto al vacío, pero hacia atrás, todos quedaríamos aislados, no sólo Israel. Una suerte de retorno a formas medievales de concepción de las relaciones entre lo social, el Estado y la fe. Egipto ha sido en tiempos contemporáneos un eje básico del sentimiento y pensamiento del mundo árabe, incluido también el del fundamentalismo musulmán y ha sido bastión ideológico en su génesis de las propuestas maximalistas: allí elaboró su visión wahabi el teórico Sayyid Qtub y seguidores contemporáneos de la argumentación impugnadora musulmana, entre ellos Habib Amu Sayd . Está ahí entonces el sitio en el que germinó la semilla argumentativa de los vigentes riesgos en lo que hace a pensamiento movilizador de la rebelión. 

Quines levantan esas banderas proponen y exigen la desaparición del Estado judío de su enclave palestino y la superposición absoluta de un estado árabe con una nueva posibilidad de expulsión de los hebreos y una nueva frustración para el mundo que quiso reponer la demanda milenaria de ese pueblo, desplazado de su tierra ancestral desde tiempos de la Roma de Tito. Si eso ocurriese América Latina quedaría amenazada por razones que no son tema para abordar desde esta columna editorial, pero que refuerzan la idea de que desde aquí es inaceptable la desaparición del actual Estado de Israel.  

Egipto es un aliado extra OTAN de Occidente tal como lo es la Argentina en la región latinoamericana y aunque ésta es una condición simbólica tiene un peso suficiente como para considerar que un cambio en las reglas de juego vigente pone en peligro el complejo tablero de la frágil estabilidad internacional global. La actitud del ejército egipcio es lo que genera mayores aprensiones. La expresión de que no reprimirá a la multitud en frente de la protesta plantea dudas hacia lo inmediato, si la situación siguiese agravándose esa neutralidad de la fuerza armada egipcia significa mucho pero en diferentes y elusivos sentidos. 

No debe olvidarse de que fueron integrantes de las fuerzas armadas los que complotaron para asesinar en un desfile militar al predecesor del hoy repudiado Hosni Mubarak. En efecto, el sacrificado Anwar El Sadat fue acusado de traidor por el extremismo integrista y esa fue la razón de su asesinato, al haber propiciado la paz con Israel al finalizar la década de los años 70, a través de los acuerdos de Camp David.  

La señalada intención en autorreferencia de que no habrá retorno de los manifestantes a sus casas, hasta lograr la salida Mubarack y no obstante el liderazgo moderado de coyuntura de uno de los científicos más eminentes del país, indican que no parece que haya posibilidad de frenar el todo o nada que plantean los anónimos contestarios quienes al grito “todos somos musulmanes”, están anunciando lo que está en juego y se ha puesto sobre la mesa, desde los márgenes de esta confrontación de tipo ideológico y de visión de mundo.  

El hipotético corte del tráfico sobre el Canal de Suez -que ya generó una guerra en los años 50- y la subida por la escalera de los precios del petróleo es un costo demasiado alto para los países industriales, siempre sensibles y vulnerables frente a este tipo de situaciones que no son fáciles de controlar y en los que se cruzan las ya descritas variables histórico culturales, económicas, políticas y geopolíticas. En el interior de las sociedades levantadas en rebelión, la crítica subyacente se manifiesta contra las autocracias prooccidentales con argumentos contra el desempleo, la pobreza, la corrupción y la falta de oportunidades. Éstas son demandas seculares, pero implícitas en esos reclamos anida la posibilidad de un fuerte retroceso, a partir de las aspiraciones de quienes no aceptan las formas occidentales de vida y no aceptan negociaciones ni concesiones a las mismas.  

Las revueltas que se están produciendo en países cuyos gobiernos son abiertos o tangencialmente cercanos a Occidente son parte del mensaje que las sociedades musulmanas siguen enviado al mundo. Las sociedades de aliados o inclinados a los intereses económicos, culturales y geopolíticos de los europeos y norteamericanos muestran su descontento también a esa orientación, no solo al desempleo, el nepotismo y la corrupción.

Es cierto que también hay otro segmento de esas sociedades se mantiene leal al autócrata, no obstante los excesos que se le señalan. Eso también expresa que las mentalidades de estos países oscilan entre lo secular y lo premoderno. Ese medio camino entre las tradiciones de visión con anclaje en lo conservador profundo y una cierta sensibilidad crítica propia de las concepciones modernas, es una contradicción que debilita el andamiaje social alterado y lo vuelve sensible a los fundamentalismos agazapados. 

A esos dos segmentos de pensamiento y sensibilidad, antitéticos en apariencia, los une un hilo conductor común: la sorda o atenta antipatía a los valores de la Modernidad. Es una contradicción evidente que estas manifestacione masivas están compuestas de manera mayoritaria por jóvenes menores de 30 años. Éstos, no obstante el repudio abierto o connotado a ciertos valores occidentales, se autoconvocaron saltando los controles del Estado,por medio de las redes sociales y otros elementos que les proporcionó la cultura moderna.  

El ataque al museo de El Cairo no es un simple episodio que se confunde en la contingencia de la revuelta. No. Egipto es una de las cunas de la humanidad y fuente de una parte de las creencias del mismo Occidente. La concepción religiosa trinitaria del Egipto de los faraones es una parte del origen de la misma idea en el Cristianismo, nada menos. Deberíamos preguntarnos si el ataque al recinto que guarda a Tutankamón no tiene la memoria que surge desde la dinamita a las antiguas estatuas en piedra de Buda que ejecutaron los talibanes en Afganistan, hace varios años. La antipatía no es nueva, viene desde las Cruzadas y la presencia de tropas occidentales en Afganistán e Irak la exacerbó pero no la creó, tal como pretende suponerse a partir de los críticos radicales a la intervención militar occidental en esos territorios.  

La milenaria historia nos mira, dijo alguna vez a sus soldados Napoleón en Egipto, frente a las pirámides. Es probable que los musulmanes fundamentalistas estén enviando ahora el mismo mensaje, pero en forma de nueva amenaza. Hace varios siglos Roma y los países católicos no escucharon el pedido de auxilio de Constantinopla y ésta cayó en 1453. Después, los europeos debieron combatir la expansión de los turcos musulmanes hasta las puertas de Viena.  

Ese extremismo musulmán mostró sus uñas no solo contra las estatuas de Buda en la antesala de la India y de China sino también sobre las Torres Gemelas de New York y contra una asociación mutual judía en Buenos Aires, de esto último hace tres lustros. El aviso es reiterativo: no hay fronteras para nosotros, parece decir la termocefalia seguidora de los dictados del Profeta que, en las revueltas en marcha, puede pescar a discreción en su beneficio (aresprensa). 

EL EDITOR


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