MUBARAK: EL ÚLTIMO FARAÓN / ACTUALIDAD

Publicado el 06 de marzo de 2011 / 19.30 horas en Bogotá D.C.

Estaba escrito en la arena

HOSNI MUBARAK: EL ÚLTIMO FARAÓN

Hosni Mubarak pudo haber sido ser el último faraón, si no se hubiese interpuesto el suicidio ritual de un, hasta hace pocas semanas, anónimo muchacho tunecino. Siguiendo la misma línea dinástica de Akenatón o Tutankamón el déspota de El Cairo tenía asegurada su vida en éste y en el otro mundo. El todopoderoso hombre fuerte del Nilo hubiese podido llegar a la eternidad rodeado de riquezas, para ser incluso momificado y embalsamado. Su rostro pudo haber llevado una mascarilla de oro para el viaje más allá de la vida. Esto, con toda la pompa de los sarcófagos y la grandeza de las dinastías faraónicas. Pero no fue así: internet, los celulares y la explosión de las ánimos contenidos cambiaron la orientación de un destino predeterminado que un joven marginado y martirizado en Túnez trastrocó sin saberlo, pues la muerte le impidió ver lo que había precipitado. En su viaje sin retorno al ultramundo Mohammed Bouazizi se llevó la cabeza de dos autócratas y la estabilidad forzada de una región vital para el mundo industrial.

Escribe: Enrique MILLÁN

Pero Mubarak, su destino al menos, se precipitó a un final menos glorioso. Una caída casi tan dramática como la de Cleopatra. El hombre fuerte de Egipto terminó siendo sólo otro peón en el tablero de ajedrez que, al comenzar el siglo XX, la Colonial Office ideó como forma para crear todas las condiciones adecuadas y dirigidas a establecer una presencia incuestionable en una región que se encontraba en un vacío de poder, como consecuencia de la disolución del Imperio Otomano.

Los elementos que le dieron vida a la presencia imperial británica en el Oriente Medio, tuvieron una secuencia de novela de suspenso. La derrota alemana, en la Primera Guerra Mundial, la caída de los imperios germano y austriaco, marcaron la pauta, para ampliar la brecha y marginar a estas dos incómodas naciones europeas del control del petróleo que se encontraba -aún sigue allí lo que queda- bajo las arenas del desierto. Sobre esas arenas cabalgó haciendo la tarea favorable a los británicos, con ingenuidad y romanticismo, el Lawrence (Thomas Edward) de la literatura y el cine, acompañado de su irregular ejército de beduinos.

Desde comienzos del siglo XX, la Standard Oil Co. de John Rockefeller, había evolucionado tecnológicamente de tal manera que el petróleo, como eje de la economía industrial, comenzó a tomar cuerpo propio, como el genio salido de la lámpara de Aladino. La producción en línea de automóviles ideada por Henry Ford, disparó el uso de la gasolina que se extendió luego a otras múltiples aplicaciones.

El petróleo del Oriente Medio se volvió vital para los intereses geopolíticos del Imperio Británico y del naciente imperio americano. En esas cunas de poder nacieron también las multinacionales petroleras, que le dieron forma a una manera de ser imperial que en verdad es el estilo del más crudo y radical capitalismo, tan crudo como el petroleo que hasta hoy brota de esos desiertos que forman países. Pero tanto la Colonial Office como la Foreign Office, en Londres, necesitaban tener peones de brega en el terreno.

El maquiavélico proceso de crear unas dinastías reales, sacadas de las carpas de los beduinos que estuvieron junto con Lawrence y cuyos camellos acampaban en la arena, fue el primer paso. Así fueron apareciendo las nuevas casas monárquicas de la antigua Persia, bautizada como Irán, país que como dato curioso significa en lengua parsi: “país de los arios”. Egipto, de igual manera, fue premiado con una casa real. Irak, Jordania y Siria, en mayor o menor grado, tuvieron familias reales. Igual que todos los emiratos del Golfo Pérsico.

Esa maniobra de control, que en algunos países como Egipto no perduró aunque sí mantuvo el manejo de los hilos en materia energética, no hubiese crecido si no fuera por el petróleo que como en la mítica historia de la lámpara mágica, alimenta desde hace más de un siglo los deseos de las sociedades industriales. Esto incluso cuando las fracciones de militares, como ocurrió con la parábola panarabista de Gamal Abdel Nasser, quisieron interrumpir ese manejo geopolítico que aseguraba el flujo petrolero para las industrias europeas y norteamericanas.

En defintiva, la conquista se completó entre el final de la primera y la segunda guerras mundiales. El petróleo del Oriente Medio, quedó en las manos de la Aramco, la Standard Oil, la Royal Shell, la Esso. Estas multinacionales manejaron y se enriquecieron en forma descomunal, vendiendo el petróleo y todos sus derivados que el mundo necesitó durante la centuria en la que, hasta hoy, han reinado más allá de los reyes que impusieron y mantuvieron por su arbitrio y antojo.

Un agente indispensable para lograr ese control total en toda la región fue el fundamentalismo religioso. Alá se convirtió, por arte de la magia de Aladino y su lámpara, en el aliado indispensable de los capitales, de la tecnología y del mercadeo. Todo bajo la influencia sin límites de los anglosajones que controlaron los flujos del hidrocarburo y las disconformidades potenciales, por aquí y por allá. El efecto dominó que hoy se está presentando en todos los países de la región, constituye un despertar frente a una situación que planearon los británicos, primero con los franceses en condición de socio menor y, después, con los Estados Unidos en condiciones de socio mayor.

Egipto tiene una población de 85 millones de habitantes. Es, posiblemente, la nación con mayor peso demográfico de toda la zona. Su PIB de US$175 mil millones, casi igual al del estado de Alabama, que tiene 4 millones de habitantes, establece un comparativo con asimetrías difíciles de saldar. Mientras Egipto es el país más importante de su región, el estado norteamericano señalado siempre ha sido uno de los más atrasados de la Unión.

Estos desequilibrios, esas diferencias de ingresos, de educación y de niveles corrupción administrativa son incomensurables. En suma, no son simples datos sino un problema profundo de cultura y de comprensión del mundo.

La élite gobernante en el Medio Oriente y el norte de África lo tiene todo y el resto de la población se encuentra en la miseria o en sus niveles cercanos. Eso explica en parte y justifica la razón por la cual las plazas y las calles de El Cairo, tal como lo fueron primero las de la capital de Túnez y después las otras varias de la región, se llenaron de gente joven que reclama, con todo derecho, un sitio en ese mundo que los rodea pero al cual ellos no pertenecen.

Los viejos órdenes han ido perdiendo peso en ese bravo nuevo mundo que está surgiendo, de una cenizas que el viento se lleva. La comunicación global, el internet y redes tales como las de Facebook o Twitter y, en definitiva, todos esos recientes y dinámicos agentes de cambio que la tecnología occidental de última generación ha impuesto en los rincones más remotos de la tierra, señalan otra frontera entre lo viejo y lo nuevo que no se puede ignorar. Claro está que el desafío que plantea la magia de las tecnologías es ayudado por el boca-boca de aquellos otros jóvenes que en la pobreza de los países islámicos aún no se asoman a los nuevos dispositivos.

El mundo ha cambiado. Pero no es como lo pintó SamuelHuntington, en términos de un hipotético choque de civilizaciones. En 1793 R. Palmer lo advirtió en forma por demás admirable: "las guerras de los reyes se acabaron. Ahora son los pueblos los que tienen la palabra”.

La civilización occidental ha logrado, con el correr de los siglos, establecer unos patrones de comportamiento, una reglas de oro heredadas del Impero Romano que se mantienen ancladas en las mentalidades y han sido disparadores de las concepciones modernas encarnadas en las vigentes tecnologías. Esto no obstante los cambios de coyuntura tal como lo señaló Fernand Braudel, en su concepción arquetípica de las mentalidades del Mediterráneo.

El concepto ideológico clásico europeo -autor del establecimiento de las fugaces monarquías árabes- que dominó hasta la mitad de siglo XX pero que comenzó a hundirse desde la Primera Guerra Mundial, quedó como una llamada al final de una página para dejar paso al práctico y a veces torpe sentido imperial de los americanos del norte.

El dinamismo del mundo moderno en apariencia se supone inalcanzable para regiones, como las de Oriente Medio y el norte de África, donde las brechas y las asimetrías culturales son cada día mayores. El mundo occidental no tiene un equivalente actual en su equivalente árabe, pero las vigentes revueltas señalan que, por debajo las visiones tradicionales, los ojos y el pensamiento de los jóvenes sí están en movimiento y puede haber aun mayores sorpresas.

El inicio del siglo XX presenció la caída del Imperio Otomano, que pudo ser un adversario determinante para Occidente. Casi al finalizar ese siglo los Estados Unidos, sobre las olas de la marea petrolera que alimenta el Medio Oriente, terminó convirtiéndose en la potencia unipolar del planeta. Los faraones no podían sobrevivir en ese ambiente (aresprensa).


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