VEA: PROGRAMA ESPECIAL / MUNDIAL JUVENIL COLOMBIA SUB-20







COLOMBIA Y SU DESAFÍO MUNDIALISTA / MUNDIAL SUB-20 / ÓRBITA FÚTBOL / LOM

Publicado el 29 de julio de 2011 / 11.45, hora de Bogotá D.C.

COLOMBIA Y SU DESAFÍO MUNDIALISTA 

Hace 25 años Colombia vio desde los televisores el Mundial de México y a la Argentina coronándose campeón del mundo al vencer a Alemania. Eso no debió suceder en el estadio olímpico del D.F., sino en la capital colombiana. El país cafetero había renunciado a realizarlo, tal como estaba programado, por decisión del gobierno de Belisario Betancur (periodo 1982-86). Fue una frustración más del país andino en una década en la cual se desbarrancó casi de inmediato por una desquiciada violencia, cuya base fue la industria del narcotráfico que se había asomado en los años previos y pretendía -ya desde tiempos de Betancur- asumir roles políticos protagónicos. Esto, ejerciendo presión y buscando ocupar posiciones no sólo por la vía de armas y las bombas sino también por el camino más expedito, sórdido y silencioso de la compra de voluntades. También las voluntades de los protagonistas del deporte. Ese fue un ciclo de deterioro en todos los órdenes que se prolongó durante las décadas de los años ochenta y noventa. Aún persisten algunas de esas formas de degradación por la violencia,  pero atenuadas por la misma sociedad colombiana, frente a la dimensión del riesgo de disolución en los tiempos señalados. El desafío orbital que ahora enfrenta Colombia por una mejor imagen, en especial tanto de país como de sociedad que es capaz de enmendar sus crisis institucionales, se tomó midiendo riesgos y merece el premio esperado. Esa es una de las razones complejas que motivaron al país a asumir la decisión de realizar este Mundial juvenil. 

Escribe: Rubén HIDALGO 

Pero no es fácil el panorama que se le presenta al país en la apertura de esta Copa mundial juvenil. En la coyuntura vigente al menos 5 clubes del rentado de primera división nacional están investigados por el ingreso de dineros de origen oscuro en sus arcas. El fenómeno no es nuevo, ya a fines de la década de los años 70 y en las dos décadas siguientes las denuncias del ingreso de capitales del narcotráfico afectaron al menos a tres grandes instituciones del país: el América de Cali, Nacional de Medellín y Millonarios de la capital del país. Pero no han sido ni son los únicos, si se menciona a esos clubes es porque son emblemáticos de la historia futbolística y de los que más concita cariño por parte de su afición.  

Eso no es lo único escandaloso que erosionó en las últimas décadas la imagen del fútbol colombiano. También las denuncias del incumplimiento de las obligaciones con la seguridad social para sus jugadores y  la exacción de los ingresos para beneficio propio de dirigentes y privilegiados de nómina son frecuentes y generan sombras que se amplían sobre la marcha y gestión de la asociación colombiana asociada a la FIFA. La persecución a jugadores sindicalizados es otra de las perlas negras que enmarcan la gestión de los organizadores. Otra sombra más en el inventario: la de la quiebra por mala administración o por vaciamiento. Todo ese conjunto acecha a la institucionalidad del fútbol nacional. 

Pero ese cuadro de situación es una suerte de reflejo de lo que ocurre en no pocas instancias tanto privadas como públicas del país. La corrupción, el desgreño administrativo, la carencia de políticas y planes de largo plazo como evidencia de improvisación, son también fenómenos generales. La inauguración de este Mundial Sub-20, por ejemplo, recibe a delegaciones y visitantes con grandes obras públicas inacabadas y con sus responsables en la cárcel o con un pie en ella. Esto en especial ocurre en la capital del país donde no pocos comentaristas han considerado al escenario urbano como una especie de Líbano en ruinas, pero no por el efecto de una guerra.   

En el plano específico, los escándalos han rodeado los planes y las obras licitadas para la remodelación y adecuación de varios de los estadios que son escenario de la justa mundialista. Incluso uno de ellos aún no estaba concluido a pocas horas del inicio de los partidos. En ese plano el panorama es menos auspicioso de lo que podría esperarse aunque, claro, es esa una ropa sucia conocida pero que en los momentos previos al inicio del torneo es mejor dejar su lavado para después, excepto que se produzcan nuevas aristas de escándalo.  

En  los últimos años ha aumentado la sensación de inseguridad del ciudadano común tanto en la capital del país como en varios de los otros centros urbanos importantes. En contraposición, el país sigue alentando el crecimiento económico y su inserción en los grandes circuitos económicos y de la producción internacional. En ese mismo sentido la inversión extranjera crece y se estimula la acción del Estado y de sus empresarios por los acuerdos de libre comercio. 

Es cierto, y como ya se expresó, que éstos no son fenómenos nuevos del país, simplemente ocurre que este Sub-20 es el primer Mundial que realiza Colombia y esos estigmas que han acompañado su historia moderna aumentan su peso simbólico por la coyuntura y la exposición mediática de los 8 escenarios urbanos que están en la programación de tres semanas. Pero así como la historia reciente no acompañaba las prevenciones iniciales para que Colombia cristalizase su aspiración de ser escenario de un Mundial, también es cierto que la reciedumbre espiritual del país es capaz de superar cualquier dificultad que se le presente.   

Esa costumbre inveterada del colombiano luchando contra la adversidad es una característica de esa sociedad en lo individual y en lo colectivo. Todos han visto a deportistas con minusvalía subiendo como montañistas cumbres nevadas de primera magnitud. También se ve a sus soldados emerger de las selvas y luego de años de secuestro mantener la convicción e intención de lucha para seguir defendiendo los valores que sostienen a esa sociedad.  

La cuestionada clase política del país también muestra ejemplos permanentes de sacrificio y ofrenda, incluso de sus vidas y seguridad familiar para que el país no se desmadeje. Lo mismo ocurre con jueces y periodistas que luchan para que se reconstruya y fortalezca el estado de derecho, a despecho de las frecuentes amenazas y riesgos. La capacidad y tenacidad de los colombianos para remontar las corrientes negativas es reconocida y es por eso nadie podría dudar de que tarde o temprano sería escenario de una cita de esta magnitud. Tampoco nadie podrá poner bajo sospecha que serán superadas las dificultades puestas por los mismos colombianos para empañar el desarrollo de su justa orbital. Así es como siempre lo han hecho: con altas perspectivas de éxito, con actitud “chévere”, como dirían ellos mismos de manera coloquial (aresprensa).        


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