A 10 AÑOS DE LAS TORRES / DOXA / ACTUALIDAD

Publicado el 10 de septiembre de 2011 / 11.40 horas, en Bogotá D.C.

A 10 AÑOS DE LAS TORRES 

Fue tan rápido como el impacto sobre las torres: los Estados Unidos y toda su maraña de protección y previsión de ataques que incluye a las agencias de inteligencia, fue golpeada de tal manera que hicieron un ridículo sólo superado por la misma tragedia. Los cuatro aviones secuestrados por los terroristas árabes cambiarían para siempre la historia posterior a la Guerra Fría, al impactar sobre la estructura emblemática del Pentágono, las dos torres gemelas de New York y el cuarto que cayó sobre la foresta de Pensilvania en los contornos de Washington y a sólo veinte minutos de vuelo de la capital norteamericana. Este último, se supuso siempre, estaba destinado a golpear la Casa Blanca. Todo el simbolismo del poderío militar y económico de la civilización occidental se vio impactado y mellado de manera irreversible.   

Desde los tiempos de la Alemania nacional socialista y de la Guerra Fría con su amenaza sobre el uso de misiles nucleares, nadie había pensado en la posibilidad de un ataque devastador por vía aérea sobre una o más grandes ciudades de los Estados Unidos. Los alemanes habían diseñado un avión bombardero a reacción, de seis turbinas BMW -el Arado E555- con capacidad para atacar a ese país americano y regresar a Europa. 

La Unión Soviética, por su lado, siempre estuvo en posibilidad de ejercer acción retaliatoria u ofensiva mientras la tensión entre las dos grandes potencias de la postguerra se mantuvo por el control del mundo. Pero jamás se cumplió ese designio fatalista que alentaba la presunción de invulnerabilidad y autoestima de esa nación preeminente que se impuso y surgió del desastre universal que fue la Segunda Guerra Mundial.  

Los alemanes terminaron cediendo como botín de guerra la tecnología de alta gama de sus aviones y misiles,  lo que terminó enriqueciendo la balística y capacidad aérea de los estadounidenses en el postconflicto. Los rusos se derrumbaron por el atraso tecnológico e la incapacidad financiera que les hizo abandonar sus planes hegemónicos de ultramar. 

Pero esto fue diferente, hasta hoy siempre se ha dicho que la acción del extremismo musulmán pudo penetrar la sigilosa barrera de inteligencia preventiva que Occidente mantiene a las amenazas potenciales, con sospechosa impunidad que va más allá de la simple negligencia o el criminal descuido. Pero, y peor aun, lo más probable es que todavía no se conozca y jamás se pueda conocer, toda la trama de lo que aconteció en el 2001.  

A partir de la infausta jornada de aquel otro septiembre negro, el presidente norteamericano del momento, George Bush, pasó a considerarse como mandatario de un país en guerra no declarada contra lo que entendió era el origen de la agresión. El recuerdo de lo que ocurrido en 1941 en Pearl Harbour y el imaginario consecuente de sociedad agredida y legitimada para la respuesta violenta, sostuvieron las acciones posteriores en Irak, Afganistán y la puesta en relieve de los apremios ilegales como recurso para alimentar la información de inteligencia.  

Esto estimuló además la amenaza constante para el mundo de la acción militar extraterritorial y preventiva. El despliegue que acabó en Pakistán con la vida de Osama Bin Laden es una evidencia de esa disposición por parte de los Estados Unidos, como consecuencia de lo ocurrido hace una década.  A partir de entonces fue legítimo y abierto para los norteamericanos el violar soberanías y derechos humanos. Todo el mundo es sospechoso o puede serlo bajo cualquier circunstancia, después de lo ocurrido en septiembre de 2001.  

Algo que deteriora de manera significativa y constante aquella imagen repetida al infinito de que son los Estados Unidos los abanderados que, después de la segunda contienda global, estaban destinados a imponer en el mundo los valores de la libertad, la autodeterminación y los derechos elementales por los cuales un ser humano lo es como simple y básico ejercicio de dignidad. Esa locomotora simbólica ya se había salido de carriles con las bombas atómicas sobre el Japón, el bombardeo ordenado por Douglas Mc Arthur sobre la población filipina de habla española en Manila -en 1945- y también los bombardeos con fósforo sobre población civil en Dresde y Hamburgo. Tal como lo fue a posteriori la acción devastadora de los Estados Unidos en Vietnam. 

Sin embargo, la imagen de los Estados Unidos como defensor de la vida, las libertades y la dignidad humana seguían en alto, a pesar de aquellas atrocidades. Incluso todos olvidan que los perseguidos de hoy fueron reivindicados primero como “luchadores de la libertad” y ese fue el caso de Osama Bin Laden mientras combatió contra los soviéticos que invadieron Afganistán y el Irak de Saddam Hussein durante su guerra con Irán. También se olvida que la mayoría de los musulmanes no son extremistas y que en general esos pueblos son seculares y separan o rechazan la relación de comunión entre religión y política.  

Tampoco nadie puede ignorar ni olvidar que la familia Bin Laden tuvo y tiene fuertes inversiones en el país agredido con los hechos de hace una década, que hoy se recuerdan con aprensión y rechazo. Incluso debe señalarse que una parte de los fondos que sostuvieron a la organización celular internacional a la que siempre se consideró como responsable del ataque, salieron de las cuentas de parte de la dirigencia y nobleza saudí, aliadas de los Estados Unidos. 

El ataque a la población civil desdice de manera radical cualquier argumento civilizado y deja en pie de igualdad la irracionalidad de las banderas de los contendientes, poniendo por encima una perversa “razón de guerra” y dejando de lado las llamadas “leyes de la guerra” que se hicieron para poner límites a lo injustificable. El ataque a las Torres Gemelas de Nueva York fue contra los civiles, de la misma manera como lo fueron en el pasado las acciones señaladas contra Japón y Alemania.  

Nada en esta descripción justifica el ataque masivo de septiembre de 2001 pero sí pone en evidencia la complejidad de los argumentos y contradicciones en los que se desenvuelve un conflicto que aún no ha concluido y cuyas consecuencias se prolongan sin solución de continuidad. El hecho de que algunos países que se encuentran en la periferia de las mejores consideraciones internacionales hayan accedido al manejo de arsenales nucleares o estén en los umbrales de obtenerlo, incrementan la sensación de inestabilidad generalizada.  

En efecto, en la actualidad se mantiene el riesgo de un nuevo ataque a los Estados Unidos o a cualquiera de los países de Occidente a los que se considera como ofensivos al Islam. Esta vez el temor se incrementa por la posibilidad de que en algún momento se use material radioactivo, químico o biológico cedido o robado en esos estados sospechosos. Si a esto se agrega un panorama conflictivo en el Mediterráneo no cristiano y una inestabilidad económica internacional cuya deriva y consecuencias se ignoran, debe decirse que este décimo aniversario no se conmemora con los mejores augurios y esperanzas (aresprensa).

EL EDITOR 

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  • La columna "Doxa" refleja la posición editorial de la Agencia de Prensa ARES. 


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