HEBE de BONAFINI: LA SAL QUE SE CORROMPE / ACTUALIDAD

Publicado el 22 de septiembre de 2011 / 21.15 horas en Bogotá D.C.

HEBE de BONAFINI: LA SAL QUE SE CORROMPE 

No eran nuevas las sospechas sobre los pasos equívocos del emblema en vivo de los derechos humanos en la Argentina. Ya en las redacciones de los medios de comunicación en ese país, incluso los de izquierda y de visiones alternas, circulaban desde hace más de un año rumores y también documentos creíbles sobre la degradación de los propósitos humanitarios de la Fundación Madres de Plaza de Mayo y de la responsabilidad, al menos política, de la señora Hebe de Bonafini en los ilícitos que ahora ya se conocen con extensión.  Ilícitos en términos de corrupción generalizada de la institución que lidera y tolerancia cómplice por parte de esa cabeza emblemática, con nombre y leyenda propios, que por ese mismo simbolismo tenía acceso a cualquier puerta y apoyo. En especial, el apoyo del Estado y el acceso a los recursos públicos, es decir de todos los argentinos. 

Escribe: Rubén HIDALGO 

El conjunto humano e institucional hoy bajo sospecha y acusación aparecía así alentado por un sensorium de impunidad y arrogancia. Todo arropado en una idea peregrina de no imputabilidad que hacía intocable al señalado emblema vigente. En ese marco de sumatoria de actitudes y acciones perversas todos callaban, incluso a pesar de que su constante apoyo político –verbal hasta donde se sabe- y de arenga persistente en apoyo a los grupos terroristas de toda laya y hacia sus crímenes, bien podían haber hecho pensar mucho antes que el mencionado estandarte en vivo de la lucha por los derechos humanos tenía un ángulo sombrío.  

El estallido del escándalo vulnera de manera definitiva la presunción impoluta e intangible que ostentaron durante más de 30 años esas matronas que en su hora de aparición salieron a la calle de manera pacífica y a veces muda, para condenar y protestar contra los gobiernos militares de la Argentina. La organización que dirige doña Hebe de Bonafini y el gobierno que la sostiene navegan ahora en el fétido mar de las lacras sociales que ellos mismos le han señalado a otros en el pasado reciente.  

Aun cuando hoy, ya en los estrados de la justicia los presuntos culpables -evidentes responsables ante la opinión argentina e internacional- se cargan culpas casi exclusivas entre sí pero sobre todo al operador y mano derecha de Bonafini, Sergio Schoklender, es innegable que la culpabilidad principal recae en la cabeza del grupo empresarial en problemas, surgido éste de la inicial lucha desinteresada en favor de los derechos humanos. En definitiva, el escándalo de corrupción y la inculpación concreta por apropiación indebida de recursos públicos alcanza en estos días a la organización no gubernamental de ayuda a necesitados que encabeza Bonafini. 

UNA LARGA HISTORIA 

Madres de Plaza de Mayor se denomina de manera genérica al grupo de mujeres que desde mediados de los años 70 presionó, de manera persistente, a la Junta Militar argentina para se determinara el paradero de los desaparecidos. Esto ocurrió durante la vertical represión a los grupos armados ilegales que habían ensangrentado previamente a la sociedad argentina. La señalada represión con métodos condenablestambién alcanzó a los sectores y actores políticos sospechosos o proclives de estar apoyando a quienes en ese tiempo combatían al Estado con el terror indiscriminado. 

La historia de las Madres de Plaza de Mayo no exige mayores precisiones sobre su inserción en la saga reciente del país argentino y la repercusión de su accionar en el mundo contemporáneo. No sólo fueron factor determinante en el desprestigio y posterior caída de los militares en su última gestión al frente del país rioplatense, sino también en su posterior enjuiciamiento y en la disolución de la legislación que se montó para tender cercas de protección jurídica hacia todos los que participaron en la señalada e indiscriminada represión de lo que se denominó los “años de plomo”, hasta principios de la década de los 80. 

Fueron protagonistas también en la búsqueda de anónimas sepulturas de esos desaparecidos reclamados y determinaron en buena medida la promulgación internacional del delito de “desaparición forzada”, a través de las Naciones Unidas. Mucho se le debe a ese grupo de mujeres, algunas anónimas aunque distinguidas por esa pañoleta sobre la cabeza, de evocación inmigrante y campesina. Es cierto que no hubo en Argentina 30 mil desaparecidos y eso lo han dicho los propios jueces que llevaron a la cárcel a los responsables de la represión en la sombra, pero también es cierto que un solo desaparecido en esas condiciones daba lugar para todo lo que sucedió después en la búsqueda de justicia. 

No obstante, esa cifra mentirosa siguió circulando en el mundo y dio mérito para que la desaparición forzada se convirtiese en delito de lesa humanidad y perseguido por la comunidad internacional. También sirvió para comenzar poner máscaras a la lucha por los derechos humanos: la afirmación falsa y la impunidad hacia las otras formas de criminalidad fueron algunas de las derivaciones protervas de la mendaz aseveración pionera sobre los desaparecidos. 

SERGIO SCHOKLENDER
HEBE de BONAFINI

Esa es la escuela que siguieron las llamadas Madres de Plaza de Mayo, como queda en evidencia con el escándalo surgido. Es el neogorilismo de estos tiempos, que recoge todas las lacras del gorilismo primigenio y las potencia. Es el reino del pensamiento único, la negación de la diferencia, la idea de que el mejor enemigo es el enemigo muerto, es la creencia de labios para adentro de que lo antidemocrático es lo mejor del pensamiento “popular” y, sobre todo, es la vocación para acercarse a las mejores fuentes de recursos, sobre todo si son de la hacienda pública. Si la izquierda gorila e hirsuta tiene alianzas con el poder, se puede suponer lo que resulta de esa yunta.  

Esa aureola de intangibilidad amparada en el retaceo a “toda la verdad” ha sido motor en contra del escándalo, tanto de la condena por parte de la opinión pública argentina como de la expectación con algo de estupor e incredulidad por parte de la consideración internacional. No es para menos, puesto que el dedo acusador de Bonafini y su grupo para señalar la presunción de ilegitimidad del adversario político a quien ella siempre llamó “enemigo” con el fin precipitar su descalificación, debió haber tenido también -en algún momento- acotaciones como para pensar en la necesaria pausa y autocrítica. 

Esa necesaria reflexión e inflexión siempre fue inexistente para ella y para los grupos fundamentalistas que alienta y que también la defienden. La autoridad moral de la señora Bonafini era su mejor defensa y es hoy su mayor debilidad construida a partir de sus oscuras alianzas políticas, realizadas durante años de impunidad autorreferida, y de sus destempladas descalificaciones.  

APOYO A LA BARBARIE 

Esta señora ha sido explícita con suficiencia sobre el desconocimiento raso y craso de las torturas y vejaciones que, por ejemplo, hacen las FARC en Colombia, aparte de su culpable omisión a condenar el reclutamiento forzado de menores, el fusilamiento sumario de secuestrados indefensos y el ataque constante y colectivo a la población civil de ese país andino, por parte de la señalada organización armada. Para Bonafini este tenebroso grupo colombiano, simplemente, “no es terrorista”, sino que está formado por combatientes –presuntamente heroicos- que luchan por la liberación de su país. Esa es la torva realidad conceptual que vive y pretende extender como verdad única el personaje de referencia.  

Ella, claro está, no es una excepción y opera en esa lógica tal como lo hacen otros voceros de organizaciones no gubernamentales que son “frente de superficie” -y con garantía del Estado al cual impugnan con intención de disolución- de organizaciones armadas ilegales e ilegítimas.  Todos los crímenes de lesa humanidad que cometen a diario los grupos impugnadores del Estado de Derecho, tanto en Colombia como en otras latitudes, son los que la señora Bonafini de manera olímpica y arrogante ignora, niega, desconoce y trata de silenciar o atenuar e incluso encubrir.  

La dialéctica entre los presuntos “héroes” que defiende Bonafini y el señalamiento de que sólo existe una única línea de criminales –los que defienden al mencionado Estado de Derecho- es insostenible tanto como es imborrable la mancha de corrupción que hoy la envuelve y de la que ella es primera responsable. El actual gobierno argentino -que la ampara, estimula y protege- a veces pareciera coincidir con los desatinos afines al terrorismo de esta vocera oficiosa de los grupos que de manera sistemática atentan contra los derechos humanos de la población civil tanto en Colombia  como en otros países. Así también lo hicieron las siniestras bandas armadas argentinas que Bonafini tanto defiende y a las que alguna vez, hace poco, Cristina Fernández llamó “juventud maravillosa”.   

La apología al terrorismo -el viejo y el vigente- ha sido una constante de esa inefable mujer que desprecia el reclamo que le hacen los trabajadores abandonados a su suerte por parte de la Fundación que preside. Eso es lo que hace ella, la primera defensora de los derechos humanos en la Argentina y la mimada por la administración de la Casa Rosada, en Buenos Aires.   

La expresión contestataria contra la represión ilegal de los 70, se desdibuja por la evidencia de corrupción en el manejo de las multimillonarias cuentas, locales y en el exterior, con fondos derivados del Estado argentino que posee la Fundación  representada por Bonafini. Nada se puede soslayar en el análisis de su responsabilidad en esas graves evidencias que corroen de manera definitiva su historia, su imagen y credibilidad. Si Borges viviese debería incluirla en la historia universal de la infamia. 

Esto aparece sumado al ya señalado desprecio manifestado por Bonafini a los reclamos de los humildes trabajadores de sus entidades, por las cuentas atrasadas o impagas de ayuda social, mientras uno de sus subalternos, alto ejecutivo de su emporio económico-empresarial, desviaba dineros para la compra de vehículos de alta gama y otros lujos de “hedonismo burgués”, en una verdadera orgía de despilfarro y malversación. Si a esto se suman las constantes alabanzas a la monstruosa barbarie de grupos terroristas como las FARC es poco lo rescatable en Hebe de Bonafini como cierre de cuentas para su historia personal y la de su añeja causa inicial de impugnación generalizada. 

La mostruosidad descrita ni siquiera deja espacio para el análisis mesurado. Es excluyente de cualquier consideración y nada podría salvar de un repudio profundo a esta mujer y a sus maximalistas seguidores. Eso es lo único que puede surgir hacia quien apaña a violadores sistémicos y sistemáticos de los derechos humanos como lo son los hombres y mujeres de las FARC o la ETA. El neogorilismo latinoamericano es otra forma de fascismo y Hebe de Bonafini es uno de sus mejores exponentes (aresprensa).  


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