ACTUALIDAD/ Este artículo fue publicado en inglés y portugués, entre noviembre de 2005 y junio de 2006. Aunque algunas de sus previsiones ya han sido superadas por los acontecimientos, sus líneas maestras en prospectiva siguen vigentes y, por ello, ARES ha decidido publicarlo en español, lengua en la que fue escrito el original. 
 Publicado el 15 de mayo de 2007 

EL EJE CASTRO-CHÁVEZ:

LA NUEVA AMENAZA DEL HEMISFERIO

Colombia podría esperar una agresión armada venezolana en un futuro próximo, alentada por justificaciones ideológicas, políticas y, de manera velada,  también geoestratégicas. El actual plan de rearme de Caracas –según lo expresa el general  en retiro del Ejército de Colombia- apuntaría en esa dirección por cuanto un enfrentamiento con los Estados Unidos es impensable, dada la desproporción de fuerzas, y Cuba que era su otra hipótesis tradicional de conflicto es hoy aliada de Venezuela. Colombia, habría expresado el mandatario de Caracas, es la cabeza del monroísmo en Sudamérica.

Escribe: Néstor RAMÍREZ MEJÍA*

Es evidente que el presidente de Venezuela está destruyendo la institucionalidad de su país. Para eso cuenta con el aval de unas presuntas mayorías que se expresaron en las urnas y contaron con el apoyo político internacional de los expresidentes Carter y Gaviria.

La  política de desarticulación del tejido democrático –tal como se concibe en la visión de mundo moderna y occidental- ha tenido sus más fuertes expresiones en la depuración de la fuerza armada y la consecuente quiebra en la cadena de mandos, que es sagrada para la sensibilidad y mentalidad de cualquier militar. Ha seguido con la burocratización militante del actual proceso político en el ente petrolero, PDVSA, y en el aparato de la justicia. Medidas de purga que permiten en el corto plazo captar recursos para la compra de adhesión y en la criminalización de la disidencia vigente o potencial.

En un plazo mediano, alrededor de un millón y medio de milicianos –90.000 provistos de fusiles rusos AK-47- serán los encargados de garantizar la estabilidad del régimen y forzar un equilibrio de poder con la institución militar legítima mediante el  que en términos técnicos es un nuevo dispositivo armado paramilitar, creado por el Estado. Para el largo plazo, el aseguramiento de ese nuevo panorama político se pretende afianzar a través del control estatal sobre los programas educativos, desde el preescolar en adelante. Para ello se está produciendo el escalonado, pero rápido, relevo de 110.000 educadores por docentes afectos que, a través del discurso en el aula, aspiran al adoctrinamiento ideológico de la juventud.

El apoyo estratégico a la gigantesca operación está representada en la presencia en Venezuela de unos 60.000 asesores cubanos. Ellos dinamizarán el trasvasamiento de la revolución cubana a Venezuela. Una situación semejante es poco envidiable. De igual forma, es poco lo que los amigos tradicionales de ese país pueden ayudar en una problemática que atañe a los venezolanos, tal como lo estipula el artículo primero de la Carta de las Naciones Unidas, cuando se refiere a la autodeterminación de los pueblos.

GLOBALIZACIÓN DE LA REVOLUCIÓN

 Sin embargo, el problema venezolano que debiera ser interno, comienza a afectar al Continente. El ex ministro venezolano Fernando Ochoa Antich, en su conferencia “Revolución, subversión y seguridad hemisférica”, cita apartes de un discurso del mandatario de Caracas que dejan en claro las intenciones de su horizonte político: “se han venido definiendo dos ejes contrapuestos: Caracas, Brasilia, Buenos Aires. Ése es el eje sobre el cual corren fuertes vientos de cambio...Existe otro eje formado por Bogotá, Quito, Lima, Santiago, ese eje está dominado por el Pentágono...claro que nuestra estrategia debe ser la de quebrar el eje monroísta**  y conformar la unidad suramericana”.

Esa visión y actitud ligada es contrapuesta a las tendencias ambiguas que, en los años 90,  por un lado alentaron fortalecimientos democráticos ante los totalitarismos de izquierda y populismos de derecha, pero que, por el otro, incrementaron la brecha de la pobreza abonando el terreno para la regerminación actual de los populismos de izquierda.  El más sólido de estos últimos, hoy, es el cubano con su veterana revolución ahora  recostada en un discurso “bolivariano”, que está beneficiado con los altos precios del petróleo.

La vigente propuesta contestataria que avanza desde el Caribe oriental, no es otra cosa que una renovada combinación de los métodos de lucha. El listado de evidencias es elocuente: por una parte, se ha conformado en Venezuela la Coordinadora Continental Bolivariana (CCB), con el fin de crear estructuras en cada país que se encarguen de expandir el ideario llamado “bolivariano”, en la también llamada –así lo definía el lenguaje militante de los años 60- “nueva patria latinoamericana”. Por otro lado, la aparición en Venezuela de la iglesia “ Misión Cristo” está reviviendo la vieja y conocida teología de la liberación, que avala a los movimientos guerrilleros como “violencia legítima” y al marxismo como la praxis del cristianismo.

En ese mismo sentido es bien conocida la afinidad ideológica de Chávez con las FARC de Colombia, los Sintierra del Brasil, los movimientos socialistas de Bolivia y Pachakutik deEcuador; a todos éstos se les debe sumar, en el mismo recipiente, a los piqueteros de la Argentina y a los frentes indigenistas del Perú.

El discurso de Chávez concibe a la unidad de América Latina en el orden político más que en el plano económico. Esto, según el criterio de Ochoa Antich, significa el tratar de imponer  “ideologías de izquierda radical que, a su vez, exigen regímenes revolucionarios que comprometen la seguridad hemisférica”.

Para financiar la estrategia, el eje Chávez-Castro ha creado un fondo común alimentado y envuelto en la exportación de 87.000 barriles diarios de petróleo a Cuba, de los que este país apenas consume 40.000 barriles. El excedente es revendido en condiciones favorables a los países de Centroamérica y el Caribe.

INJUSTIFICADO ARMAMENTISMO

Aunque cualquiera pudiese considerar que la compra de armas por parte de Venezuela es una renovación natural, lógica y necesaria para quitar de inventario al equipo obsoleto, no se puede entender cuál es la amenaza que Caracas pretende neutralizar con la adquisición de 120 aviones de combate, 4 corbetas misilísticas, submarinos convencionales clase kilo, 200 tanques AMX-30, 10 helicópteros de ataque y l00.000 fusiles AK-47.

Para establecer un comparativo sobre las dimensiones de la situación actual en ese punto, es bueno recordar que cuando la Argentina desafió a Gran Bretaña en Malvinas, puso en la contienda al grueso de su fuerza aérea, la cual no superaba los 50 aparatos dispuestos para el combate con una de las grandes potencias históricas, vencedora en dos guerras mundiales. El potencial aéreo argentino de ese momento no era demasiado diferente al que tenía en disponibilidad para enfrentar a Chile en 1978, durante  el conflicto del Beagle.

En aquel momento el país del Plata podía ser considerado una potencia militar de la región y se acercaba a tener capacidad tecnológica y de infraestructura para fabricar una bombaatómica y transportarla en  misiles propios de mediano alcance. Tanto la Argentina como Brasil, a mediados de los 80, renunciaron a una posibilidad de desarrollo nuclear que les permitiese alcanzar armas estratégicas con ese ingrediente devastador, y accedieron a firmar el tratado internacional para la no proliferación de ese tipo de armas. Esto puso a la América Latina a salvo de una amenaza semejante, hasta ahora.

La masa crítica que se propone en la actualidad para la fuerza aérea de Venezuela triplicaría a la de la Argentina, en estado de guerra hace dos décadas. En realidad, con la sola repotenciación y actualización de sus aviones F-16, los tanques medianos AMX-30 y la flota que ya posee, Venezuela incrementaría de manera ostensible la ya marcada asimetría de poder de fuego a su favor con respecto a Colombia, que es su principal y tradicional hipótesis de confrontación bélica.

 

Cuba ha sido la segunda amenaza hipotética de Venezuela, pero hoy es su aliada y un enfrentamiento armado con Estados Unidos no sólo es impensable, no obstante las circunstancias actuales, por la desproporción abismal de fuerzas entre ambos países. Esta última situación hipotética es tan absurda como lo es la actitud provocadora de Caracas contra la gran potencia del norte continental, unida a una intención de negociar material nuclear que, en caso de que se lleve adelante,  colocaría al país en lo que se denomina “eje mundial del mal”.

  

EL FUTURO INMEDIATO

La autodenominada “revolución bolivariana” se consolida en Venezuela con rapidez. Sin embargo, su prolongación depende en buena medida de la inyección económica permanente y, a su vez, de la operación populista integral basada en  los altos  precios del petróleo. El economista Pedro Carmona ha señalado que el punto de quiebre del proyecto mesiánico podría estar en los US$ 40.oo por barril, cuadro de situación que no se vislumbra hacia el inmediato futuro y que daría por sentada una onerosa hipoteca sobre varias generaciones de venezolanos.

 

El único contrapeso de la bonanza petrolera de Venezuela, que podría en algún momento afectar la gobernabilidad,  es la creciente corrupción que, por tradición, ha acompañado a casi todas – si no a todas- las experiencias populistas de América Latina, y una pobreza que también crece más allá de los desbordes verbales en favor de los necesitados. Otra contracorriente posible a la pretensión hegemónica “bolivariana”  es la rivalidad que se anida ante  el Brasil, por el liderazgo regional. El Estado brasileño se considera a sí mismo un poder emergente de influencia mundial y no parece posible que esté dispuesto a renunciar a sus aspiraciones históricas, ante un desafío que bien podría considerarse como algo pasajero y sujeto tan sólo a la contingencia aleatoria, el folclorismo y la personalidad exaltada que, por accidente histórico, han surgido desde Caracas.

Los gobiernos del hemisferio, en particular los de izquierda moderada y contrario a lo que acontece con Venezuela, requieren más de los organismos internacionales

de crédito y apoyo que de izquierdas radicales y de petróleo con contraprestaciones ideológicas, que incluyen alianzas sujetas a la coyuntura y el chantaje abierto o velado. Para el Continente el pronóstico es claro: la expansión de la “revolución bolivariana” no pasará del “refrito” nostálgico en el inicio del siglo XXI, el cual evoca a la utopía mellada por el fracaso en el siglo XX.

No se producirán en la estructura de las sociedades las “grandes mutaciones impulsadas por la fuerzas productivas”, como lo previó el marxismo interpretado por Lenin. Pero sí se estimulará el tropicalismo de una imaginación individual o colectiva proclive a salidas que incluyen el sacrificio ritual propio y ajeno, vía ejercicio irregular armado, el cual es típico de la mentalidad premoderna.

 Detrás de esa vocación trágica están el reflotamiento de las  consignas revolucionarias ya conocidas hasta el cansancio, la persistente intención de algún grupo activista por insistir en la ilegitimidad armada e irregular  y, como marco de fondo, todo tipo de movimientos sociales que, más allá de la justicia de sus reivindicaciones, terminan en no pocos casos siendo involuntarios “frentes de masa” de los extremismos.

El vecino, Colombia, podría ser el mayor damnificado de este sombrío panorama por ser, en la calenturienta visión de la actual dirigencia venezolana, la avanzada del presunto eje monroísta y, en consecuencia, un objetivo estratégico que abre expectativas a la agresión justificada en el sustrato ideológico y para la que no faltarán pretextos y recursos económicos o bélicos.

También podría ser Bolivia la damnificada debido a su infortunada y tradicional debilidad institucional, incrementada ésta por  confrontaciones étnicas  que, al tiempo,  están atravesadas por radicales, excluyentes y ancestrales consideraciones de clase e intención marcada de disgregación territorial que, incluso, podría amenazar la paz continental pues la disolución de la inestable debilidad territorial boliviana podría poner otras vez en primer plano las rivalidades geopolíticas políticas del  cono sur.

Por otro lado, en el llamado “país del altiplano” después de la elección de Evo Morales, parece haber terreno abonado para la consolidación de un régimen que exprese la vigencia de una autodenominada nueva izquierda, la cual pretendería remozar el utópico metarrelato de la patria latinoamericana. Esta concepción convertida en razón de Estado, en forma simultánea , daría pie en la región a un  tercer régimen de Guerra fría.  Anacronismo este último que se suponía  superado de manera definitiva .

Los países libres del Continente están en condiciones de producir un viraje en la inquietante corriente. Pero, mientras surgen los correctivos, bien vale la pena comenzar a romper una dialéctica hegeliana con derrotero perverso, que antepone a los populismos de izquierda unos populismos de derecha, o una democracia ineficiente.

 Los líderes de la Región deberán diseñar una vía alterna, una tercera opción que, como en el caso de  la India o la China por ejemplo, han roto su repliegue mediante el estímulo a la educación y el desarrollo tecnológico, con apertura al mundo. Pero, ante todo, los dirigentes de América Latina deberán eliminar las cadenas de corrupción e impunidad que anidan de forma reiterada en democracias, por eso mismo, siempre frágiles.

Lo contrario es seguir girando en el círculo vicioso que une el pasado con el caos y expone a nuestros países a salidas peligrosas y regresivas como la que propone el eje Chávez-Castro, que se ha convertido en la nueva amenaza del hemisferio (aresprensa.com).

*General en retiro del Ejército de Colombia

**Relativo a la llamada “Doctrina Monroe”


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