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Publicado el 2 de abril de 2007 / Archivado el 22 de junio de 2007

MALVINAS: 25 AÑOS DE UNA GESTA

Se ha cumplido un cuarto de siglo de la acción armada que el Estado argentino inició para recuperar su soberanía sobre las islas del Atlántico Sur, las cuales  había arrebatado Gran Bretaña de la misma manera, en la tercera década del  siglo XIX. Fue una gesta y aunque haya derivado en un resultado negativo para sus ejecutores no deja de ser eso: una gesta. Entre otras cosas, la acción de las fuerzas armadas del país del Plata demostró que los argentinos no son un pueblo que “…como una empanada cualquiera pueda llevarse a la boca…”, tal como lo señaló José de San Martín cuando elogió la defensa del río de la Plata por parte de Juan Manuel de Rosas, frente a otra flota franco británica, al promediar los años 40 del siglo ya referido.

 La Argentina nunca había dejado de reclamar sus derechos sobre las Islas desde el momento de la usurpación británica y nunca había sido escuchada hasta 1966, cuando las Naciones Unidas, por voto mayoritario, instaron a los ingleses a abrir las conversiones que tampoco dieron resultado para los reclamos del país despojado en 1833. No puede decirse entonces que fue una acción precipitada por el negativo balance que exhibía la administración militar que incluía, entre otros, la violación de los derechos de sus opositores como política de Estado. 

La reivindicación de soberanía sobre esas islas estaba por encima de las circunstancias, graves por cierto, que vivía la Argentina por esos años y era una prioridad permanente para el país más allá de las coyunturas. En un contexto de Guerra Fría y a pocos años de expirar el Tratado Antártico, previsto entonces para 1999, la Argentina se jugaba buena parte de su proyecto histórico como nación de importancia en el escenario geopolítico mundial.  

No cabe duda que la recuperación de esa porción del territorio insular y el conflicto previo con Chile, en 1978, eran parte de un mismo proceso de control del paso entre continentes y la apuesta a una preeminencia a la que la Argentina nunca había renunciado y a la que aspiraba desde el momento mismo de su constitución como nación independiente. Pretensión que, una y otra vez, se había visto postergada a partir de la fractura del virreynato del Río de la Plata, la pérdida de sus costas sobre el océano Pacífico con la segregación del Alto Perú que inclinó Simón Bolívar y la posterior pérdida del control de ambas márgenes del Río de la Plata y de los cursos superiores de los ríos Paraná y Uruguay. Esto último vía independencia, tanto de la República Oriental del Uruguay  como del Paraguay. 

La intervención de Chile en ese escenario merece un párrafo aparte pues no sólo fue un aliado activo de los británicos, más allá de su declarada neutralidad, en el desarrollo del breve enfrentamiento, al incidir en la reducción del esfuerzo de guerra argentino, generándole bajas humanas y de equipo militar. Además, en la actualidad, la población chilena en Malvinas es la segunda después de la británica, hecho que abre nuevas incógnitas y sospechas de generación de tensiones, dado que una de las razones que precipitó la crisis del Canal de Beagle fue el hecho de que el arbitrio británico de 1977 dejaba al país de la estrella solitaria en condiciones de reclamar soberanía sobre el Atlántico y con condición bioceánica en desmedro de su vecino.   

Por todo esto debe decirse ahora que el conflicto no ha concluido y, por momentos, parece enconarse y no debe considerarse por fuera de razón que la Argentina mantenga como política de Estado el reencuentro con un camino positivo a su aspiración centenaria. El desconocimiento de Londres a los derechos argentinos, que son irrenunciables mucho más ahora que la sangre y las tumbas de sus soldados sirven de testimonio a la exigencia histórica, no hace más sino mantener el riesgo y la tensión en una zona que nunca ha estado exenta del peligro de nuevas confrontaciones en cualquier momento futuro.

 El panorama tiene agregados otros elementos preocupantes: entre otros, la intención manifiesta de provocar un proceso de autodeterminación, que la señalada y permitida  inmigración chilena podría profundizar, junto con las concesiones de explotación de pesca e hidrocarburos sobre el mar adyacente que también la Argentina reivindica como propio. Los esfuerzos argentinos por aproximarse a la población kelper del archipiélago han sido infructuosos y las contradicciones de un proceso de autodeterminación que es, en verdad, un callejón sin salida y una trampa jurídica hacen que el panorama sea muy poco auspicioso en el futuro cercano para una salida que aleje las sombras existentes. La trampa está en el hecho de que una autodeterminación fomentada desde Londres sólo sería un puente para que la presencia británica se mantuviese al infinito en el Atlántico Sur (aresprensa.com). 


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