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TROPEZÓN POLÍTICO DE SANTOS EN VI CUMBRE / ACTUALIDAD

Publicado el 16 de abril de 2012 // 17.40 horas, en Bogotá D.C.

Futuro de estos encuentros: en veremos 

TROPEZÓN POLÍTICO DE SANTOS EN LA VI CUMBRE  

La cara de Cristina Fernández lo decía todo. Esto fue durante el  discurso de apertura de la Cumbre de Cartagena, pronunciado por el presidente colombiano, y la recriminación consecuente al terminar su intervención. Era la síntesis de la inconformidad mordida y contenida que ya había asomado en los dos meses previos de la cita, a partir de las posiciones del ALBA, y de las derivaciones de esas posiciones. La ausencia definitiva, para la ocasión, de varios países y el retiro antes de tiempo de otros, además de la negativa para firmar una declaración conjunta como un resultado inaudito y negativo para el final de la Cumbre de las Américas realizada en Cartagena, hablan de un incidente manejado de manera diplomática pero que no oculta las fuertes diferencias de posición de los países en la región. Diferencias que, se anticipa, se proyectarán en el tiempo. Esto no obstante que el país anfitrión obtuvo buenos resultados de coyuntura para sus apuestas de ocasión y que tienen que ver más con sus intereses internos, de corto y largo plazo, que con el ambiente y las distancias que tiene con varios de sus vecinos. Colombia queda en una situación difícil en el entorno, pero muy bien con las hegemonías mundiales y en especial con los Estados Unidos y Gran Bretaña. Esta última ganó su difícil posición desde la distancia y sin necesidad de riesgos de imagen ni de apuestas directas en la mesa de debates de Cartagena.  

Escribe: Rubén HIDALGO 

El tinglado y la belleza de la inauguración no ocultaban los entretelones que con razón se han supuesto tormentosos y poco ocultos en las maneras diplomáticos que se usaron, en particular por los anfitriones. Ya la ausencia de Rafael Correa era el aviso de lo que se venía y la sumatoria de ausencias que aportaron Nicaragua y Venezuela, en lo que hace a protagonismos presidenciales, dejaron ver todas las aristas de la situación en el momento de la apertura de deliberaciones, el sábado 14 de abril. 

La omisión intencionada del presidente Santos sobre el tema Malvinas, en el inicio de sesiones, desató las intenciones de deserción que se precipitaron en las horas siguientes. El enojo de Cristina Fernández, la primera afectada, fue evidente y evitó cuantas veces pudo el aplauso a las palabras del anfitrión.  

El primer tropiezo de Santos se produjo cuando enfrentó a la presidenta argentina al concluir sus palabras y recorrer el camino para los correspondientes y protocolarios apretones de manos entre sus colegas. La recriminación de la cabeza de la delegación argentina fue de alguna manera el abandono del lenguaje y modales diplomáticos como primera consecuencia, lo demás se precipitaría por peso específico.  

Esa omisión de Santos en su discurso de partida y la vía muerta que tomó la posibilidad de fortalecer la posición argentina frente al archipiélago bajo cobertura colonial, tenía una oposición de peso radical: Canadá. El país norteamericano llegó con una actitud fuerte en el sentido de favorecer la posición británica en la región y eso bloqueó cualquier posibilidad posterior de abordar con energía la problemática que se agita cada vez con mayor intensidad desde el Atlántico Sur.  

El tema  de Cuba y las tensiones sobre las nuevas estrategias contra la cadena del negocio de las drogas fueron los otros dos temas de controversia. La cuestión cubana se prolonga así hasta un tiempo futuro indeterminado y eso, junto con lo de Malvinas podría agriar y frustrar las posibilidades de estas cumbres, a pesar de las buenas intenciones y de la necesidad de que los problemas de la región se debatan de manera plenaria, paritaria y abierta, tal como es cierto que se hizo en esta ocasión. 

Eso fue lo que planteó el presidente Juan Manuel Santos en el cierre de sesiones y le sirvió de argumento fuerte para maquillar la frustración. Los temas candentes y recurrentes no eran parte de la agenda oficial pero fueron el eje de todos los conciliábulos y discusiones oficiales, aunque lo puntual pasaba por otras listas temáticas. 

La posición de Brasil, en el sentido de enrostrar a los Estados Unidos el impacto   negativo que le genera a las economías de la región la “inundación” de dólares con su consecuencia revaluacionista, fue un complemento de los disgustos de los latinoamericanos con las hegemonías presentes. También Dilma Rousseff se retiró antes de tiempo y las disculpas de agendas nacionales que obligaban al pronto regreso no alcanzaron para ocultar otras razones de peso que justificaron el darle de manera simbólica un portazo a la reunión de Cartagena.  

Algo similar hizo Evo Morales y también el presidente del Perú. Ambos, al igual que sus países, siempre solidarios con los reclamos argentinos. Aunque debiera considerarse una torpeza de Santos -considerado un hábil y mañoso representante de la alambicada tradición política bogotana- lo cierto es que la manifiesta omisión de la mención a la situación del archipiélago malvinense, reclamado con largueza por Buenos Aires, también fue intención del presidente colombiano el no quedar preso de la agenda del ALBA y de Rafael Correa. Éste, de alguna manera, se dispuso a amargarle a Santos su florida reunión internacional y, también de cierta manera, lo logró.  

Pero el rédito de oportunidad que buscaba la estrategia colombiana se alcanzó: asegurar el inicio de acciones en su TLC con los Estados Unidos, el afinar -tal como es línea constante de su diplomacia- sus nunca disimuladas preferencias por las líneas maestras de las estrategias de hegemónicas occidentales y obtener de ello beneficios inmediatos. Eso lo pone, al menos en discurso, en la posibilidad de ser un pivote entre aquellos países que ejercen su disciplina en esta parte del mundo y quienes los confrontan. Es natural que ese ascenso en la importancia de Colombia en tales intercambios de influencia generase la incomodidad de Brasil, quien se considera el vocero natural de ambas instancias de intercambio. 

Los escenarios de diálogo entre los empresarios, la vocería de los contestatarios, trabajadores y marginados en la llamada “Cumbre de los Pueblos”, así como el resto de la programación en su contexto ampliado, tenían por objetivo también el disminuir los riesgos por las tensiones previas que se veían venir antes de producirse el gran encuentro, y la eventualidad de las derivaciones negativas que en efecto se presentaron. Eso, además de afirmar lo alcanzado por su impacto en los objetivos internos: ampliar las expectativas de inversión, afirmar las políticas de inclusión y el impacto político consecuente. Todo eso se logró. 

Los éxitos, rechazos y desaires deben dejar a los anfitriones un sabor agridulce. Pero si la diplomacia colombiana se afina más de lo que ha demostrado saber hacer, no debe dejar de tener en cuenta que el país trae un pesado “karma” desde 1982, por su papel y actitud durante el conflicto del Atlántico Sur que expuso el fallecido expresidente Julio César Turbay Ayala. Tal carga histórica no le deja mucho juego como interlocutor de primer rango en los conflictos geopolíticos que se mantienen en el continente. En otras palabras, ese pasado reciente no brinda demasiado espacio para nuevas y mayores torpezas (aresprensa).


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