ESTALLA BURBUJA ARGENTINA / ACTUALIDAD

Publicado el 18 de julio de 2012 / 13.55 horas, en Bogotá D.C.

ESTALLA BURBUJA ARGENTINA 

No cualquiera desde afuera puede entender con facilidad el complejo panorama político y social argentino. Siempre ha sido así, desde mediados del siglo XX, a partir de la aparición de la colectividad política que fundó Juan Domingo Perón y María Eva Duarte. El peronismo “ese fenómeno maldito del país burgués”, como decía John William Cooke -aquel dirigente y militante extremo de ese movimiento histórico argentino, aún vigente aunque dividido- en su compleja trama nubla muchos enfoques de observación y los hunde en la incomprensión. Porque, ¿cómo entender el tropical y a veces delirante discurso en acción de la presidenta Cristina Fernández?, ¿tropical y mimético a la venezolana?, tal como pudo haber germinado el fruto de esa amistad con el termocéfalo y ahora apocado caudillo de Caracas. ¿Cómo entender que el movimiento de los trabajadores, siempre mayoritario en su apoyo al peronismo le vuelva caras a la actual administración que llegó con esas banderas, las del peronismo, a su última elección de fines del año pasado?, precisamente con el voto de esos trabajadores que ahora salen a la calle a protestar por el rumbo y el trato displicente e incluso el maltrato que les dispensa la Casa Rosada.  El gobierno ha tratado de “golpistas” a los sindicatos y a sus fuerzas, algo impensable y peligroso dentro de las muchas cosas de riesgo que es capaz de enarbolar en palabras y acción de manera permanente, la titular del poder ejecutivo de Buenos Aires y sus vasallos de turno. 

Escribe: Néstor DÍAZ VIDELA  

Las movilizaciones de trabajadores frescas en el tiempo revelan una sintonía del sentir vigente de los argentinos que votaron a la actual administración -son más de diez de años de régimen kirchnerista-  y que sienten que están en el borde de una nueva crisis siempre grave, entre las recurrentes que afectan a los argentinos. En realidad, la crisis ya está presente y avanza.  

No es para menos, la Argentina con una cota de crecimiento histórica en la década pasada, es ahora uno de los países con mayor inflación en el mundo –alrededor de un 25 por ciento- con una desinversión galopante que incluye a los que huyen de un país inseguro en lo jurídico y también a los que no invierten por los mismos factores. La estampida por el control cambiario golpea no tanto a los grandes capitales sino a los pequeños ahorristas que se acostumbraron a pensar en dólares.  

Ellos entienden que las medidas del último semestre en su persecución violan derechos fundamentales y, lo que es peor, la ofensiva del gobierno  ataca a los efectos y a las víctimas de la agitación por los indicadores económicos, desde hace tiempos con marcas negativas. Son índices en caída no por casualidad sino por la acumulación de dislates y mal manejo de la administración continua entre Néstor Kirchner y Cristina Fernández, sobre todo de esta última. Esa dinámica encadenada de desaciertos que los titulares de las palancas del gobierno rioplatense llaman  “el modelo”, con sospechosa arrogancia.   

El hueco sin fondo de la aerolínea bandera del país, el desabastecimiento energético, la profundización de la brecha de extrema pobreza y desnutrición de un país que sigue siendo rico con pobres que siguen siendo muy pobres, son una sumatoria parcial de un panorama grave que se profundiza. Todo esto a despecho de los voceros áulicos del gobierno y la sordera autorreferida del poder ejecutivo que no escucha nada diferente a lo que aplauden y gritan sus propios corifeos. 

Un gobierno con alardes cada vez más autoritarios que hace bandera de posiciones radicales con evocación extremista y de convocatoria a noveles expertos, presuntos o reales, en militancia. Un gobierno que ataca a los medios de comunicación y a una parte de sus empresas, pero con pretensión de aunar voces favorables con fondos de todos los argentinos y el secreto parcial de acallar las expresiones de oposición, indispensables para cualquier democracia que se precie de tal. 

Este conjunto dentro de un espectro enrarecido por el desaire al margen de la ley que le hace al poder judicial al no cumplir con sus fallos y tratar de cooptar de manera permanente a ese poder del Estado. Esto, incluso con amenazas indirectas a esa rama de regulación y administración de justicia en cualquier país moderno, o directas de voceros oficiosos de la administración Fernández, tal como lo es Hebe de Bonafini. Ese es el conjunto perverso que ha logrado polarizar, fracturar y lastimar de nuevo a la sociedad argentina.  

Es provocador, obsceno y por fuera de constitucionalidad que fuese su hija quien le colocó la banda presidencial  en el momento de su posesión, fundiendo el interés privado con el público y con desdén incluso hacia las formalidades constitucionales. Episodios circenses y de desprecio a la institucionalidad, que se han prolongado en acciones y omisiones.  

Aquel bochornoso episodio de su posesión fue un anticipo de lo que se avecinaba en la degradación de lo institucional y la instalación de una corte, en lugar de un grupo de colaboradores, para mover lo que debe mover el estado, cualquier estado: el bien común. Ese es el panorama general que ofrece hoy una Argentina pauperizada como Estado que cumple con las normativas y que hace mucho dejó de ser un país creíble en presencia y en perspectivas de futuro fiable. Eso es lo que están sembrando aquéllos que alguna vez Borges llamó “incorregibles” (aresprensa). 


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