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AQUEL DÍA DE TERROR EN NEW YORK / ACTUALIDAD

Publicado el 10 de septiembre de 2012 // 12.40 horas, en Bogotá D.C.

AQUEL DÍA DE TERROR EN NEW YORK 

Hace once años, cuando dos aviones se estrellaron contra las torres gemelas del centro de poder simbólico y económico de los Estados Unidos, el mundo cambió y pareció que se daba pábulo a la teoría de Samuel Huntington sobre el “choque de civilizaciones”. Un polémico concepto que fue negado en su momento y lo es todavía, después de más de una década de guerra contra el extremismo musulmán que considera demoníaco el concepto moderno y occidental de modernidad, al tiempo que es parecida la imagen que proyectan en el imaginario de Occidente esos guerreros barbados con cabeza siempre cubierta y dispuestos al sacrificio supremo, de manera similar a como lo hacían los pilotos japoneses al final de la Segunda Guerra Mundial.  

En lo simbólico, el efecto trágico de aquel día fue poco menos importante que el material: la sensación de que nada en Occidente estaba ya a salvo de la furiosa respuesta del Islam extremista y de que tampoco lo están los Estados Unidos, esa vanguardia aceptada a regañadientes de lo que Occidente creó y amasó desde el nacimiento del cristianismo y de su unión con el imperio romano. Tanto y en sentido inverso como sí lo fue en dos guerras mundiales y en los posteriores conflictos de baja intensidad que le permitieron mantener su preeminencia durante todo el siglo XX.  

Nada a salvo, no sólo en los Estados Unidos, nada en cualquier parte de Occidente. Así se puede demostrar por lo ocurrido en Europa, España o Gran Bretaña, que han sido ya blancos, leves si se quiere o relativamente leves, pero el aviso dado significa que los golpes pueden ser mayores. Eso quedó comprobado en la Argentina, hace casi 20 años con la voladura de la sede de AMIA, entidad civil judía en Buenos Aires, de lo que se culpó al gobierno iraní y de lo que hasta hoy no hay resultados palpables de investigaciones judiciales posteriores, en un caso que sigue abierto y revela una impunidad rampante.   

Hasta ahí las acciones de terror amplias o aisladas, que tienden a crear zozobra porque afectan sobre todo a la población civil y son indiscriminadas. El terrorismo islámico entiende que los civiles son parte del conflicto porque pagan impuestos con los que se arman los ejércitos y los servicios que los sirven en el contorno. Para ellos mismos los daños colaterales generados con sus acciones son siempre salvados por el metarrelato religioso, que es superior a cualquier consideración inmediata.  

Una década de presencia militar tanto norteamericana como de la OTAN en la amplia región del mundo de donde se supone que surge la agresión y la muerte de Osama Bin Laden después de una larga búsqueda, no ha logrado reducir el sensorium de una cierta impotencia ante los riesgos generalizados por la amenaza latente y presente. Es cierto que la estructura de la organización Al-Qaeda aparece ahora disminuida y descontrolada, pero las concepciones que les dieron origen siguen  vigentes.  

La presencia de fuerzas armadas occidentales en los puntos geográficos sagrados del Islam son disparadores que impiden controlar lo que pasa en las mentes de quienes se sienten profanados con esa presencia. Aun si no fuesen esos los motivos del rechazo impugnador del islamismo fundamentalista, aparecerían otros motivos en una confrontación que toma el perfil de lo permanente. 

Es por eso que la inquietante situación sobreviniente puede derivar en la posibilidad del uso de armas nucleares en el algún punto del planeta y como aviso de que el imperio y la vigencia de que lo que impuso la civilización judeo-cristiana aún está vigente y mantiene fortaleza como para una respuesta contundente, cuando considere que es necesario.  Nada menos auspicioso para la presunción humanista que surgió en el Renacimiento y se afirmó con la Ilustración, en sociedades que pretenden ser y afirman ser democracias con libertades y derechos para los hombres que aceptan esos principios que se suponen universales.  

Los procesos inmigratorios que niegan derechos a la diferencia cultural en abierta contradicción con los principios libertarios de la modernidad llevan a una aporía, un camino sin salida, para un mundo sobre el que Occidente ejerce hegemonía y que junto con los problemas de abastecimiento de energía y de cierre de convergencias hacia el ideal primario del progreso indefinido, se encuentra en una situación fronteriza, en la cual los problemas a controlar se vuelven incontrolables. La economía global es otro de esos factores en los que las decisiones políticas intervinientes han surtido poco efecto y desestabilizan a sociedades sobre las que están pendientes las amenazas de los conflictos del inmediato futuro. 

El hecho de que el país abanderado en esta concepción amplia, los Estados Unidos, hayan sido vulnerados tal como lo fueron hace 11 años, muestra las vías cerradas de la situación que no mejora y, como en la paradigma de la “ley de Murphy”, tiende a empeorar. Esta década transcurrida desde el ataque a las Torres Gemelas no presenta un mejor panorama que aquél que dio razones a los operadores del terror para perpetrar y ejecutar sus planes de generar nuevos holocaustos (aresprensa).             


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