VENEZUELA: INDECISOS DEFINIRÁN EL RUMBO / ACTUALIDAD

Publicado el 04 de octubre de 2012 // 16.20 horas, en Bogotá D.C.

VENEZUELA: INDECISOS DEFINIRÁN EL RUMBO 

Los indecisos, cuya sumatoria alcanzaría más de un 10 por ciento de la masa de votantes, definirían las elecciones presidenciales de Venezuela en este octubre de 2012. Este detalle, que genera una mayor cota de ansiedad, se precipitará en un país con extrema polarización, para establecer si seguirá transitando la senda del controvertido Socialismo del Siglo XXI, con el que Hugo Chávez comprometió el destino venezolano hace casi tres lustros. El actual mandatario de Caracas planea y plantea –así lo afirma en sus discursos- mantenerse en el solio de Miraflores hasta más allá de las dos décadas de gestión. El estilo de gobierno de quien aspira a ser otra vez reelegido, recuerda a los viejos caudillos latinoamericanos y también, cada vez más, a los acostumbrados dictadores que han vestido la literatura de Iberoamericana. Los excesos de folclorismo y prepotencia hacia  sectores nada despreciables de la sociedad han restringido su discurso de esperanza por un mayor equilibrio social y éste ha girado hacia un marcado sectarismo y prejuicio en contra de lo que de manera general se señala como “burguesía”. Sesgo que afecta a otros sectores de la población que no podrían ser tildados de “burgueses”, tal como son los pequeños propietarios y lo que de manera extensa se denomina clase media. La sombra de la grave enfermedad del presidente, en apariencia curada, no deja de pesar en el imaginario de una buena parte del electorado que decidirá.   

En ese proceso la actual conducción venezolana ha recorrido peligrosos caminos en lo que hace a su presencia internacional. Ha propiciado, por ejemplo, el apoyo del grupo regional del Alba al dictador sirio Bashar al-Assad,  quien no se detiene en la continuada masacre contra su pueblo. Mantuvo además, hasta el final, su respaldo al libio Muamar Gadafi y sostiene unas sospechosas relaciones con el régimen teocrático de Irán, al cual también el presidente venezolano considera “revolucionario”.  

Esto último no obstante las visiones medievales de Teherán hacia los derechos de las mujeres y de las minorías, al tiempo que se fusiona en la cosmovisión de los persas a lo religioso con el interés del Estado y a éste con la vida cotidiana de los iraníes. Eso es exactamente lo opuesto a cualquier mira revolucionaria, entendida ésta como parte de los valores de la modernidad sobre el mundo y sobre la propia sociedad. El entender lo revolucionario como el retorno al origen impregna y atraviesa la visión de Caracas, tal como lo demuestran de manera reiterada los ideólogos -¿ideólogos?- de la Venezuela vigente.   

Pero ya se sabe que la administración de Caracas se enternece y amenaza a la diferencia con una concepción anacrónica de la justicia social y de la manera de producir las reformas que esa sociedad pide y que desde el poder se alienta a los vulnerables con un generoso asistencialismo que parece prodigalidad franciscana -en ejercicio de la caridad del cristianismo primitivo- gracias a la riqueza petrolera a la que consideran casi como un maná inacabable. Una prodigalidad inmediatista que también se riega por fuera de las fronteras de Venezuela para el apoyo geopolítico y las votaciones favorables en los foros internacionales.

Esa es también, para la administración de Caracas, una de las mayores debilidades a la hora de rendir cuentas públicas ante los señalamientos y la exigencia de que los recursos venezolanos se reinviertan de manera plena en la sociedad que los genera, en lugar de ir a alimentar la visión fáustica en el exterior del propio caudillo que busca mantenerse en el poder de manera casi indefinida. Hasta los Estados Unidos, ese “miserable imperio”, han recibido dólares de la prodigalidad petrolera que se alienta desde la direccionalidad caraqueña.  

Dentro de ese esquema, la infraestructura de la casa flaquea. Las condiciones logísticas y de coyuntura para la buena marcha de la administración, la operación de sus grandes centros de producción, sobre todo los petroleros, y de los que tienen que ver con la salud y la educación se restringen, no obstante el esfuerzo económico y el discurso. El desgreño administrativo es otro de los lunares de este proceso que se inició en los años 90, siempre llamado “revolucionario”.  

En efecto, la pobreza y la marginalidad se siguen manteniendo como una lápida sobre la mayoría de los venezolanos y la exigencia del llamamiento polarizante que emiten las usinas del oficialismo, en especial del presidente, no alcanzan ya para ocultar que en tanto tiempo de manejo del país la acusación de la causa de los males a factores tanto externos como conspirativos y de infaltables espejos retrovisores, son  insuficientes para encubrir el fracaso de la gestión.  

Más allá de esas posibilidades salvables con una buena planeación de largo plazo y un “buen gobierno” que aleje la sombra siempre viva y presente de la gigantesca corrupción que envuelve no sólo a Venezuela sino a varios de sus vecinos de patio, el tema de la inseguridad es otra debilidad protuberante que el gobierno del comandante en retiro parece impotente para solucionar. Tan impotente como pudo haber quedado el antes enérgico presidente después de sus recientes, prolongados y graves padecimientos de salud que él mismo sostiene haber superado, sin que se conozcan partes médicos oficiales y acreditados que no arrojen dudas. Olvidando además que la enfermedad de un presidente es un problema de Estado y no de particulares.  

Esos dos grandes problemas en mora de solución como son, la seguridad interior y la inflación, sumados a la desinversión, son un dolor de cabeza para el mandato vigente. En efecto, junto con la inflación, Venezuela exhibe los más altos índices mundiales en tasas de criminalidad. En el caso de la desbordada degradación del signo monetario nacional, comparte tristes lugares de privilegio con su socio de Mercosur, la Argentina, en tanto este último país es también un campeón de la inflación negada por la voz oficial en una afinidad alocada que, en principio, sólo era asimilable a cierta comunión de ideas. Tanto la inflación como la inseguridad golpean, en ambos casos, a los sectores más vulnerables que, en la palabra, son la clientela de ambos gobiernos.  

Más allá de todo esto y a contrapelo de esa porfiada realidad que se arraiga y mantiene en las redes cotidianas de interacción entre venezolanos, lo más probable es que se imponga el caballo del oficialismo en la carrera por la presidencia. La sorpresa sería que el resultado favoreciese al opositor Henrique Capriles Radonski. Ello no obstante que este rival de peso ha superado las limitaciones casi crónicas de la oposición venezolana, frente a Hugo Chávez Frías: logró unificar a los disconformes, le impuso una agenda política al cercado presidente y le gana en el esfuerzo de recorrer el país, aprovechando la disimulada disminución de la capacidad física del reaspirante presidente. 

Lo ganado por Carriles parece no alcanzar para deteriorar de manera irreversible la capacidad de respuesta del oficialismo. Es cierto que esa resistencia al chavismo ya hace tiempo que perdió el miedo. También es cierto que se sigue apostando a que la parábola del socialismo del siglo XXI se agote enredada en sus propios desaciertos y contradicciones. Además, se sigue suponiendo que más allá del manejo de escenario y del efecto mediático, la salud del presidente sigue siendo una amenaza a su continuidad, aunque ganare esta puja electoral. 

Pero esa oposición pretende ignorar que en todo este tiempo que los chavistas han ocupado todo el horizonte político y han dejado una huella y un imaginario que resiste a otras opciones. La expresión latinoamericana de que lo malo es bueno por conocido puede jugarle en la contingencia una mala pasada a la ahora vigorosa oposición. Además, juega también en la memoria de rechazo de los venezolanos, la profunda promiscuidad para el asalto a la hacienda pública que jugaron los partidos tradicionales, antes del advenimiento de Chávez y a esa sombra y amenaza acude el presidente con  frecuencia en sus discursos de batalla, que son todos.  

Muchas de esas angustias y dudas generan tremores en la conciencia de los venezolanos. Es por eso que los indecisos, sobre todo los jóvenes que no han conocido en su vida casi nada diferente del chavismo, decidirán un eventual cambio de rumbo y por ellos se han jugado las campañas en los últimos días. Para Capriles ha sido natural apuntarle a esos votos. A Chávez le ha resultado más difícil y la presunción de frescura y de perfiles juveniles que han intentado presentar sus estrategas de campaña, no han podido separarlo del folclorismo y ciertos rasgos patéticos de la imagen presidencial. 

Aunque ese despliegue parezca extraño visto desde el exterior, a la larga esto puede favorecer a Hugo Chávez, pues el ridículo público e internacional nunca ha estado lejos de la escenografía que maneja el pintoresco mandatorio. Después de todo, nadie olvida que hasta un rey lo mandó alguna vez a callar y él siguió impávido reinando en Miraflores (aresprensa).                     


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