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30 AÑOS DEL NOBEL COLOMBIANO / LETRAS / PATRIMONIOS CULTURALES / A-P

Publicado el 28 de octubre de 2012 // 10.25 horas, en Bogotá D.C.

30 AÑOS DEL NOBEL COLOMBIANO 

Fue un golpe de representatividad mundial que le llegó a Colombia en 1982, durante uno de los periodos más álgidos de su historia en el siglo XX. Eran tiempos de auge incontrolable del narcotráfico y cuando comenzaba una guerra mortal entre esas fuerzas tenebrosas y el Estado. Confrontación que había estado precedida por otras violencias y, sobre todo para la época, la de las fuerzas que también confrontaban con las armas en lo ideológico y que después también se untarían, hasta hoy, de narcotráfico. La obra del Nobel colombiano no fue premiada por hacer un fresco inmediato de ese caldo social y antropológico colombiano, origen de todas las contradicciones y violencias aunque también de todas sus virtudes. Gabriel García Márquez hizo una alquimia en texto de una mentalidad propia del país cafetero y, por extensión, de América Latina que se llamó de muchas maneras: realismo mágico y literatura real maravillosa, entre otras. En cualquiera de los casos el trabajo literario del Nobel colombiano fue parte de una saga en letra que se convirtió en bandera y mensaje al mundo sobre la manera de ser de los pueblos del subcontinente, una mentalidad que no siempre es para el orgullo. A veces también es un retrato de la vergüenza: por ejemplo, sigue siendo Colombia uno de los países más inequitativos del mundo, tanto como lo era antes y lo ha sido siempre. Es y ha sido después de más de dos siglos de independencia y de haber intentado construir una modernidad a medias en lo institucional, económico y político. Pero no es un mal ejemplo por sí sola, es apenas un caso en un mosaico continental en el cual las cosas no son demasiado diferentes.  

La vida misma del Nobel colombiano ha sido icónica, no solo en literatura, también en la política y en su íntimo deseo hoy amansado por un merecido y tácito retiro de la vida pública, al encabezar causas nobles para los suyos, su gente, y para otros pueblos de la América Latina a los que sirvió como espejo a través de su prosa. El premio incontrastable le llegó al escritor colombiano para poder disfrutarlo a plenitud y también para acompañar el gozo largo de su país, hasta hoy, con ese único  galardón obtenido en el escenario del Nobel. 

También la crítica le llegó, a veces con mayor acritud que la que entre dientes se le hacía antes del reconocimiento de la Academia Sueca. En efecto, una parte de los círculos literarios colombianos y de otras partes del continente, que lo habían resistido, debieron rendirse ante las evidencias del mérito puesto sobre la mesa por parte de él mismo y de quienes lo aceptaron desde el primer momento en que empezaron a publicarse sus obras en Buenos Aires. 

Esto, porque debe decirse de una vez por todas: el primer público que lo admiró como un escritor universal no fue su propio público, el de su sangre, su herencia y destinatario de sus relatos -al tiempo tan folclóricos como fantásticos- sino el lector argentino que poco tenía que ver con sus experiencias y relatos. Esos que se reflejaron en “Cien Años de Soledad” y “El Coronel no Tiene quien le Escriba”. La Editorial Sudamericana fue determinante en ese reconocimiento, después universal, que se le negaba de fronteras para adentro en Colombia.  

Sus novelas, publicadas en el sur del continente, se agotaban en la primera semana de aquellos tiempos, al promediar la década de los años 60. De allí hasta el Nobel hubo un solo trayecto unidireccional y con pocos sobresaltos. En ese sentido también debe decirse que parte de la personalidad del laureado escritor reside en eso, en devolver el desdén a veces embozado con el que se lo trató en parte de su carrera, la cual no fue meteórica sino amasada en el tiempo largo y con celo profesional. 

JORGE L. BORGES  GABRIEL GARCÍA M. MARIO VARGAS Ll.

Nunca ha reconocido García Márquez lo que significó para él la Argentina en el comienzo de la hoy afirmada aceptación como escritor de talla mundial. Ese rasgo de la personalidad de García Márquez, que a veces le ha jugado malas pasadas, él suele achacarlo más a su esposa, Mercedes Barcha, a quien considera una suerte de  “gerente de mezquindades”. El humorista colombiano Jaime Garzón, si viviera, podría dar testimonio de ello.  

Tampoco ha podido ocultarse ni dejar de ponerse en evidencia en el despliegue que se ha dado a este aniversario de las tres décadas, la sinuosidad de las fuerzas internacionales que promovieron de manera acelerada el otorgamiento del galardón al colombiano, para alargar la espera por la muerte de aquél que en ese tiempo, todos señalaban como el primero en la lista para ganarlo, entre los escritores de habla española: Jorge Luis Borges. Ya antes de García Márquez, en 1971, otro hombre de las filas de las izquierdas mundiales, se había interpuesto en ese destino que señalaba al argentino como opcionado indiscutible al magno premio.  

En efecto, un Pablo Neruda también con merecimientos propios, había sido acompañado en el logro del reconocimiento por el “lobby” de los sectores contestatarios del mundo que maniobraron para impedir que fuese Borges, “ese reaccionario”,  quien llegase a alzarse con el galardón. Es esa una sombra que acompañará más que a esos dos grandes hombres de las letras sudamericanas que alcanzaron el Nobel, a la misma Academia sueca y a las asociaciones, a veces oscuras, que determinan a los ganadores.  

Esa misma circunstancia hace aun más encumbrado al último Nobel sudamericano de literatura, el peruano Mario Vargas Llosa, quien al recibirlo en el año 2010 hizo el reconocimiento correspondiente a Borges y, en ese giro, una alusión indirecta a la injusticia y al complot contra el escritor rioplatense, marginado del logro por sus ideas políticas. Algo que las izquierdas internacionales, que suponen ser propietarias de la justicia universal, les niegan a sus adversarios (aresprensa).                  


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