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CÁDIZ: SOMBRAS EN LA VÍSPERA DE CUMBRE IBEROAMERICANA / LENGUA ESPAÑOLA EN F ILIPINAS / ACTUALIDAD

Publicado el 15 de noviembre de 2012 // 17.00 horas, en Bogotá D.C.

CÁDIZ: SOMBRAS EN LA VÍSPERA DE CUMBRE IBEROAMERICANA 

Es el inicio de dos jornadas previstas para la cumbre de países de habla española y portuguesa, que se ha previsto realizar en Cádiz en coincidencia con la celebración del bicentenario de la primera constitución española, que vio la luz en esa ciudad peninsular que fue punto de vínculo con el imperio de ultramar durante más de tres siglos. Pero el encuentro y la conmemoración llegan en el centro y en el momento de la gran crisis que sacude a Europa y a la misma España anfitriona. Además, con la sombra de que se repitan ahora las ausencias prominentes que en la Cumbre anterior de Asunción fueron numerosas, 11, y sobre todo porque varios de los miembros invitados tienen diferencias con Madrid, acompañadas por el ambiente generado en las expropiaciones a empresas españolas, entre ellas las realizadas en Argentina, Venezuela y Bolivia. Una mezcla de situaciones incontrolables que le echan un ambiente de inseguridad corporativa a la magna reunión e incluso ponen entre paréntesis la continuidad misma de la Cumbre. La reunión magna y disminuida se llevará a cabo entre el 16 y el 17 de noviembre.   

Son circunstancias lamentables y en algunos círculos latinoamericanos se plantea la existencia de un cierto desdén tanto ideológico como económico al viejo continente y a las que fueron metrópolis del mundo iberoamericano, porque de esa totalidad no se puede excluir a Portugal.  Es el sino de los tiempos y de cierta injusticia con quienes prodigaron inversiones en las dos décadas anteriores y ahora están sometidos al ajuste, el recorte y cierto halo de pobreza, como aquella que los estigmatizó al final de la última gran guerra y durante buena parte del siglo XX.  

Lo certero es que el rey del mundo hispanohablante, aquél que acumuló tanto prestigio durante su reinado de la estirpe Borbón, hoy ya no tendría autoridad para callar a alguno de los asistentes, dado que él mismo debe hacer mutis frente a las cosas que suceden en su entorno inmediato. El papel descollante y convocante de esa España que inauguró con brillo el nuevo siglo, comienza a ser un recuerdo no deteriorado al extremo pero sí con una mengua de su poder de convocatoria.  

Aquellos bancos que eran poderosos y tanto vanguardia como retaguardia de las inversiones y el poderío español, que sirvieron para plantarse en los extensos territorios que fueron parte de su Imperio, se han retirado con bastante premura frente al azote de la crisis y de otros capitales regionales, entre ellos chilenos, colombianos y brasileños que han comenzado a ocupar el espacio que dejan los ibéricos. Son relativos buenos tiempos para América Latina y no lo son en la Península. 

Este tema de la asimetría económica con rol preeminente en la Cumbre no es una simple metáfora porque en verdad estas reuniones se han aprovechado desde su inicio y como tantos otros foros similares, para hacer relaciones y abrir expectativas de negocios traslado de capitales. Pero en verdad los propósitos iniciales de la Cumbre no eran sólo eso, también se pretendía mantener viva la expectativa posible de una especie de “Commonwealth” de habla española que tantas satisfacciones y tantos favores propició para la corona inglesa y lo hace todavía. 

Si ahora son equívocos los anudamientos económicos también los culturales tienen una cierta carga de aura gaseosa. El Instituto Cervantes, que ha sido abanderado de la intención de mantener vigentes los nexos -sobre todo los lingüísticos- con aquellos países que tienen memoria de presencia española, aún no acusa el golpe de la crisis que campea en la Península pero nada indica que la difícil situación española no lo afectará en el futuro inmediato.  

El escenario elegido para esta XXII Cumbre no es casual, Cádiz fue hace doscientos años la ciudad en la que se intentó una reforma al sistema organizativo del Estado español, incluyente con las colonias del imperio que se deshacía en el comienzo del siglo XIX, y dispuesto a reconstruir unas relaciones que apuntaban de manera tempranera a la hoy pretendida comunidad de ultramar. Esa Constitución de corte liberal fue conocida como “La Pepa”, no sólo por la presencia contemporánea del gobierno “afrancesado” de José Bonaparte, sino además por la sorna que a través del sobrenombre le endilgó la resistencia española de aquel tiempo. 

 Esas formas de reconocimiento incluían de manera implícita la vigencia de una lengua universal y que se perdió en algunos puntos del viejo imperio borbónico. Esa fue la situación que se produjo en las anteriores provincias del norte mexicano, hoy estados de la Unión Americana, Filipinas y las posesiones insulares en la Micronesia y el resto del Pacífico oriental (Guam –Guaján en español- Saipán y las demás islas de los archipiélagos de Marianas y Carolinas) los que terminaron entrando en la órbita de Estados Unidos, entre 1898, 1899 y de manera definitiva desde la Segunda Guerra Mundial. La turbulenta situación económica convierte a las intenciones simbólicas de la historia y la lengua en una pluma al viento.  

De hecho, ninguna intención propositiva al respecto han mostrado países poderosos integrantes de la aspirada comunidad, salvo México, que de manera tímida le propuso a Filipinas enviarle maestros de español, en la débil intención de ese país asiático por volver a insertar la enseñanza del idioma en la educación media. Son malos tiempos para la Cumbre puesto que, incluso en Puerto Rico, de manera sibilina y desde su gobierno republicano, se está intentando reemplazar el español por el inglés con un sospechoso bilingüismo que todo el mundo sabe en qué podría terminar (aresprensa). 


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