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PUGNAZ NEGOCIACIÓN EN COLOMBIA POR EL SALARIO MÍNIMO / ACTUALIDAD

Publicado el 11 de diciembre de 2012 // 21.55 horas, en Bogotá D.C.

PUGNAZ NEGOCIACIÓN EN COLOMBIA POR EL SALARIO MÍNIMO 

Todas las sesiones preliminares de los sectores interesados, que abordaron aspectos como la productividad, tuvieron un telón de fondo que era insoslayable por la evolución del proceso que precedió a estas conversaciones tradicionales sobre el salario: la reforma tributaria y toda la crítica generalizada que fue creciendo alrededor de la propuesta oficial en distintos marcos del país y que se desbordó. La sensación de que el plato servido con supuesta candidez por parte del gobierno a las fuerzas del empresariado, fue un revulsivo que marcó a las discusiones internas del sector del trabajo. Es una larvada pugnacidad por ese esguince de un gobierno con una propuesta programática de equidad, que trata de imponer una reforma tributaria que, de manera clara, apareció como lesiva para los sectores medios y asalariados. Así lo expresaron los representantes de los actores laborales en la mesa de concertación, la cual aparece siempre como un escenario de visibilidad amplia pero que en realidad poco incide en decisiones definitorias. La presencia en Colombia de la directora del Fondo Monetario Internacional en el momento en que se iniciaba en el Congreso la recta final en la discusión por la aprobación de la criticada reforma tributaria que alienta el presidente Juan Manuel Santos, aumentó la desconfianza de los dirigentes hacia las intenciones reales del Ejecutivo. Al tiempo, entraba también en escena y en vigor el nuevo TLC con la Unión Europea, lo que sumó sospechas en las fuerzas del trabajo. Sobre todo porque los nuevos ajustes parecen dirigidos a aceptar marcos de presión internacional que alivien las condiciones de aquellos países que están hoy en aprietos, más que a las demandas de un mayor margen de inclusión y equidad para la población colombiana. 

Escribe: Néstor DÍAZ VIDELA 

La sombra de la idea de que el país está inmerso en lo que se denomina “enfermedad holandesa” campea en los criterios opuestos a la reforma tributaria y a lo que se considera su eslabón inmediato: el ajuste salarial que regirá en el año próximo inmediato.  Estos voceros del sector del trabajo han considerado una verdadera burla el que la representación empresarial ofrezca un magro 3.5 por ciento de incremento salarial para el año que viene, cuando tiene en perspectiva incrementar su “bolsa de ganancias” en un 13 por ciento, una vez que entre en vigor la reforma tributaria si ésta se aprueba

Esto del saco de beneficios que preparan los empresarios no es una simple metáfora. Se trata de un gigantesco bocado que puede llevar en un plazo mediato a la desaparición de dos entidades emblemáticas del Estado para aliviar la desigualdad social: el SENA y el ICBF, al eliminarse los parafiscales que garantizan su existencia desde hace medio siglo. La desaparición de la carga tributaria al sector empresarial por estas exigencias, como voto para morigerar las tremendas fracturas sociales que aquejan de manera crónica a Colombia, se hace sin contraprestaciones.  

Esto es: dejar librado al voluntarismo de la decisión de cada empresario, que ese 13 por ciento de carga tributaria que desaparece vaya a incrementar sus utilidades o disponerse para reducir la informalidad e incrementar su planta laboral. En eso se fundamenta el nudo crítico de la propuesta programática del gobierno de Santos por la equidad social. Mientras tanto, la producción industrial decrece, se incrementa de manera escandalosa el margen de utilidad del sector financiero, en cuyo marco comienzan a asomar nuevos estallidos y escándalos, al tiempo que se estimula el sector monoextractivo, sobre todo en minería, sin que asomen con claridad las políticas de exportaciones con valor agregado y aporte tecnológico. 

En la puja y en un comienzo, tampoco las centrales del trabajo se pusieron de acuerdo sobre un tope para poner en la mesa, en disposición para la confrontación por el salario mínimo. Mientras la CUT lanzó en la discusión interna de los trabajadores una exigencia contestataria del 10 por ciento, la CGT propuso el criterio de un porcentaje “realista”, para hacer viable la negociación: 7 por ciento. La CTC, por su lado, buscó las aguas calmadas del punto promedio y se plantó en un 8 por ciento, para incrementar ese salario mínimo que sigue siendo uno de los más bajos en la región.  

Pero esos fueron los escarceos iniciales de la discusión interna de los trabajadores, a menos de tres días de que se tomen decisiones definitivas, cuando todo esté sobre la mesa. No son las únicas contradicciones que deben superar, en difícil trance ante sus adversarios, quienes orientan a los asalariados. Hace pocos días fracasó una movilización de las centrales sindicales, en oposición a la urticante reforma tributaria que, parece, se precipitará hacia la aprobación antes de que termine el año. Un hecho que si bien no anestesia la oposición a la mencionada reforma, en la coyuntura, sí le resta poder de interlocución

Esta discusión que vincula tanto a reforma tributaria como al inminente salario mínimo tiene una nuez filosófica de fondo, entre quienes tienen una mirada restringida para hacer efectiva la intención abrir horizonte a la declamada equidad: el creer que el salario mínimo, que hoy en Colombia apenas supera los 300 dólares mensuales, atenta contra las posibilidades de crecimiento. Esto en contraposición con la idea que comienza a surgir en los países emergentes, que es en sentido inverso y plantea la necesidad de cambiar el  rumbo, virando hacia el estímulo e incremento del consumo interno, como aporte para que las sociedades salgan del atraso y la pobreza. Esta última es una suerte de visión remozada de un Keynes para el siglo XXI, que está viva en la discusión académica actual de los países desarrollados.  

No carece de argumentos esta posición que alientan los trabajadores en el sentido de que “es la demanda la que alienta la producción”. Ya los Estados Unidos, la China, el Brasil, Uruguay e Indonesia la han puesto en marcha. Ni el gobierno colombiano ni su dirigencia empresarial parecen haber tomado debida nota de ese cambio en el mundo, que se impulsa, sobre todo, en el país espejo en el cual siempre se miran para imaginar qué hacer (aresprensa).


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